Muerte en las calles ciclo 1 - Pandemius - Capítulo 2: Nieve purulenta
Diario de Guerra de un Marine de Plaga
Fecha: 25 de diciembre del 422.M41
El campo de batalla era un caos absoluto, una mezcla de nieve, sangre y luces de colores. En el centro de todo, los muñecos de nieve explosivos reinaban como inesperados heraldos de destrucción. Nadie sabía quién los había creado ni por qué, pero eso no importaba; cuando uno de ellos estallaba, no hacía distinción entre Tiránidos, Necrones, Orkos, Marines Espaciales o Ángeles Sangrientos. Todo lo que tocaban quedaba reducido a pedazos congelados y sangrientos.
En medio del pandemónium, nuestros zombis habían logrado lo imposible: se habían apoderado de un muñeco de nieve sin que este explotara. Lo levantaban con torpeza y lo llevaban hacia las líneas enemigas, tambaleándose como una burla viviente. ¿Cómo lo habían conseguido? Nadie lo sabía. Y nadie preguntaba.
Cypher, un dudoso aliado inesperado, parecía disfrutar del caos y con una pistola en cada mano, había acabado con dos marines… de nuestro propio ejército. “Accidentes estratégicos”
, diría más tarde. Pero en el momento nadie lo discutió, ya que había demasiado lío como para culpar a un solo hombre de la carnicería.
Una de las cosas que nunca olvidaré de este despliegue de locura es el momento en el que dos marines enemigos, en vez de enfrentarse a nosotros, habían comenzado a pelearse entre ellos. Uno acusaba al otro de haber robado su munición, mientras el resto observaba incrédulo. Fue entonces cuando el líder Orko, Lanzagrapas, o algo así, señaló cómo un muñeco de nieve rodaba cuesta abajo, acumulando más nieve y escombros a medida que avanzaba. La bola de nieve se hizo más grande… ¡la bola de nieve, JEJEJEJE!
, gritó, riéndose como un loco mientras disparaba sin rumbo fijo.
Para más inri, desde el cielo ennegrecido por el humo, cayó un turrón gigante. Su impacto fue tan estruendoso que hizo temblar el suelo, dejando un cráter humeante en el centro del campo de batalla.
Nadie sabía si era de yema tostada o blando, pero el jefe de los Ángeles Sangrientos no perdió tiempo en aclarar sus intenciones. Con un grito que resonó por encima del estruendo: ¡AL TURRÓN!
y cargó al frente con su guardia sanguinaria.
Nuestros zombis, no impresionados por los gritos heroicos, hicieron lo suyo y aniquilaron a una unidad completa de Orkos Boiz que se les cruzaron en el camino. Mientras tanto, los Deathshroud, con su imponente presencia, chocaron contra los Meganobz en una pelea que parecía un duelo entre titanes. Los golpes resonaban como truenos, y al final, los Deathshroud prevalecieron, dejando al Warboss de las grapas como el único superviviente.
Pero su victoria fue efímera. Typhus, con su guadaña llena de pestilencia, entró en escena como un espectro de muerte. Sin esfuerzo aparente, acabó con el Warboss y, poco después, eliminó a la Guardia Sanguinaria.
Mientras tanto, el goblin de la Navidad, un ser pequeño y odioso que aparecía y desaparecía como una pesadilla recurrente, fue destruido por nuestras fuerzas. Pero, para nuestra desgracia, volvió a aparecer, riéndose de forma maníaca mientras lanzaba una lluvia de decoraciones navideñas explosivas.
La batalla continuaba, una mezcla de absurdidad y horror. Cada explosión de los muñecos de nieve, cada grito de ¡AL TURRÓN!
, y cada aparición del maldito goblin hacía que la línea entre la guerra y la locura se desdibujara más.

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