El Retorcido, la sombra de lo perdido.

Muerte en las calles - Ciclo 1

Personalidades de Cifrus Secundus - Dramatis personae VI

El Retorcido, el dos veces quebrado

Camino lentamente por las galerías profundas del mundo necrópolis bajo Ferrum, mis pasos resonando en la quietud sepulcral de estas antiguas cavernas metálicas. Las paredes emiten un leve brillo esmeralda, pulsando al ritmo de las energías que aún fluyen por los circuitos ancestrales. Hace siglos que este lugar no ve la luz de ninguna estrella, y, sin embargo, aquí la oscuridad parece viva, vibrante, rebosante de secretos antiguos y poder latente. Aquí, donde los silencios son tan profundos como el vacío entre galaxias, encuentro el único espacio que siento casi… familiar.

¿Familiar? Extraña palabra. Extraña, porque todo aquello que un día pude llamar hogar ya no existe, consumido hace eones, perdido en el tiempo y desmoronado en el polvo cósmico. A veces, en estos corredores interminables, creo recordar mi nombre, aunque sea solo un eco lejano en mi mente corroída. Pero no importa; hace tanto que soy conocido simplemente como "El Retorcido" que cualquier nombre mortal parece insignificante. Tal título, sin embargo, es adecuado, una especie de burla sin malicia. Mi cuerpo se encorva bajo el peso de los milenios y los secretos que resguardan mis circuitos y mis fragmentados recuerdos. Mis sistemas de soporte vital ya no son lo que eran; cada paso que doy está acompañado de un leve crujido, un chirrido que sería indeseado para otros de mi casta. Yo, en cambio, lo considero una melodía personal.

A medida que avanzo, mis pensamientos regresan, como siempre, a aquel momento que me definió: la transición de los necrontyr a los necrones. Recuerdo las primeras pruebas en un lugar como este, en cámaras secretas como las de aquí en Ferrum. Aquellos cuerpos primitivos, burdos, de metal y alma rota… ah, qué crudas y frágiles eran las primeras formas, cada una un maldito amasijo de acero con restos de carne, gritando en silencio dentro de sus nuevas prisiones. Pero ese era el precio de la eternidad, ¿verdad? Eso fue lo que nos ofrecieron los C’tan, y lo que yo, como maestro de la biotransferencia, perfeccioné a sangre y acero.

¡Los C’tan! Puedo sentir cómo la rabia fría resuena en mis circuitos cada vez que pienso en esos dioses estelares. Cuando llegó el momento de nuestra venganza, de partir sus esencias y someterlos a nuestras voluntades, fui yo quien tuvo el honor —no, la responsabilidad— de desmembrar a Lady T’ymë. Aún siento en mis matrices el susurro de su voz, los ecos de su grito eterno cuando la dividí en fragmentos, cuando extraje de ella el Misterium y el Obscurum. Aquella era de rebeldía y poder absoluto… fue, sin duda, mi época dorada.

Pero hoy, mis días de grandeza están enterrados en estos túneles, y mi propósito ahora se entrelaza con el de Alastor, el líder entre los Tecnomandritas y peón del Astra Concilium. Él confía en mi conocimiento, en mi habilidad para tejer los secretos de la criptecnología y mantener las llamas de la biotransferencia ardiendo con el mismo fervor que al principio de todo. ¿Es respeto lo que siento por él? Tal vez. Su propósito es claro, y su ambición es algo que incluso un alma antigua como yo puede admirar. No obstante, mi servidumbre a Alastor no significa que mis objetivos estén olvidados. Sigo siendo El Retorcido, y el tiempo, mi querido aliado, me asegura que, en algún momento, podré recuperar las piezas de Lady T’ymë y completar mi obra inacabada.

Entonces, un pensamiento... El recuerdo de Trazyn el Infinito surca mi conciencia. Ese degenerado, ese miserable coleccionista, que ha osado tocar y exponer mis creaciones, profanándolas sin la más mínima comprensión del arte y la devoción que yacen detrás de ellas. En la red intrincada de mis antiguos circuitos, solo una sensación se asemeja a la memoria: odio. Sí, odio por ese ladrón ignorante que osa jugar con artefactos que nunca debería tocar. Si algún día recupero el Misterium y el Obscurum, esos fragmentos de Lady T’ymë que él ha exhibido como trofeos, mi venganza será un arte de paciencia y perfección.

Y así sigo avanzando, descendiendo cada vez más en esta necrópolis subterránea. Unas luces débiles parpadean en la oscuridad, revelando estructuras de ingeniería ancestral que incluso yo, con todos mis conocimientos, apenas puedo entender en su totalidad. Alabo en silencio las sombras del panteón, lo único que siento constante sobre mí. Oigo susurros, ecos en mi mente, voces que me instan a seguir adelante, a no detenerme en la búsqueda de la perfección.

Soy un arquitecto de la muerte, un escultor de cuerpos inmortales, y las entrañas de Ferrum, este mundo plagado de muerte y olvido, guardan aún secretos que pueden servir a mi propósito.

Las reliquias arcanas que se encuentran aquí, bajo los pies de esa colmena de humanos, serán un día desenterrados y usados para construir algo más grande. Para eso sirvo a Alastor y, en última instancia, para eso existo.

Mientras mis pasos resuenan en el vacío, siento que el tiempo mismo se retuerce junto a mí, una antigua danza entre mi figura encorvada y el peso inmemorial de mi pasado. Yo, El Retorcido, soy un ser que no pertenece ni al tiempo ni a la eternidad. Soy algo más, una criatura nacida de la ciencia y del horror, y mientras mis recuerdos se desvanecen en esta oscuridad sin fin, mi propósito brilla con una intensidad que ningún dios ni ningún mortal puede apagar.

Un día, quizás, lo que soy será completamente revelado. Un día, los secretos que guardo en esta mente rota se manifestarán en algo que el universo jamás ha visto. Hasta entonces, sigo caminando.

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