Cypher, La voz de El Emperador.

Muerte en las calles - Ciclo 1

Personalidades de Cifrus Secundus - Dramatis personae IV

La Voz del Emperador

Mi historia comienza, como tantas otras noches, encerrado en mi despacho en El Anillo, sumido en el trabajo interminable que es administrar esta sección del Imperio. El ronroneo de las máquinas y el parpadeo de las luces eran la única compañía en la soledad de esa hora. De repente, una extraña inquietud recorrió mi columna vertebral, como si una presencia invisible estuviera acechando en las sombras.

Antes de poder reaccionar, sentí un golpe seco, y luego... nada.

Desperté confuso, con un dolor punzante en la cabeza y el frío de unas ligaduras apretadas que cortaban la circulación en mis muñecas y tobillos. La penumbra se cernía alrededor de mí, densa y tangible, como una neblina enfermiza que contaminaba el aire. Miré a mi alrededor y, entre las sombras, distinguí una figura alta y robusta, cubierta en una capa oscura y con una armadura que apenas lograba percibir bajo la penumbra. Era una silueta imponente, moviéndose con una sigilosidad y precisión imposibles. Sabía de inmediato que se trataba de un Marine Espacial, un guerrero de los Ángeles Oscuros.

No hubo palabras, solo un tirón que me arrastró hacia una tierra desconocida. No sé cuánto tiempo estuvimos en aquel viaje, pero me parecía una eternidad. El suelo bajo nosotros se transformó en un paisaje grotesco y blasfemo, un mundo moribundo donde cadáveres putrefactos y restos de máquinas oxidadas se mezclaban como si fueran parte de una misma carne en descomposición. Las sombras parecían cobrar vida, girando a nuestro alrededor con formas que se retorcían, deformadas por una oscura y siniestra energía.

A lo lejos, a medida que avanzábamos, vi una estructura descomunal que se alzaba en el horizonte, algo que podría haber sido, en otro tiempo, un titán de la colmena tiránida. Pero ahora, el colosal biotitán se encontraba en avanzado estado de descomposición, sus fauces abiertas como si fueran las puertas de un templo profano, una parodia macabra de un palacio imperial. Los retorcidos restos de huesos, tejidos y metales oxidados formaban arcos y torres, como si el titán se hubiese convertido en una burla dantesca de la gloria imperial.

Cypher continuó su marcha implacable, arrastrándome con él. En silencio, me condujo a través de los corredores oscuros de aquel abominable "palacio". No escuché ni una palabra, ni una explicación. El hedor era insoportable, un olor nauseabundo de putrefacción y bilis que envolvía cada rincón de aquel lugar. Criaturas horrendas, engendros de pesadilla del propio reino de Nurgle, reptaban y se deslizaban en cada esquina, apenas notándonos.

Finalmente, llegamos al salón central, un lugar que parecía un tribunal de pesadilla, iluminado por una luz verdosa que emanaba de las paredes, pulidas y relucientes de corrupción. En el centro, un trono gigantesco de carne enferma y metal oxidado dominaba la estancia. Sentado en él, Pandemius, el heraldo de Nurgle, con su rostro macilento y decrépito observando el vacío con la sonrisa enfermiza de quien goza de la descomposición misma.

Sin mediar palabra, Cypher me arrojó a los pies de aquel trono, dejándome postrado ante el demonio. Antes de que pudiera intentar una súplica o formular una pregunta, el Marine desapareció, fundiéndose con las sombras, dejando tras de sí el silencio pesado y los murmullos de la carne viva que nos rodeaba.

Pandemius, lentamente, volvió sus ojos podridos hacia mí, y su sonrisa se ensanchó, como si mi presencia fuera justo lo que había estado esperando.

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