Muerte en las calles, Ciclo 1 - Alastor - Capítulo 3:

El Eco del Pasado

La trampa


El núcleo de memoria está ante mí, desnudo y patético.

Las placas de circuito chisporrotean mientras ajusto, desmonto, y vuelvo a ensamblar las partes fallidas de El Retorcido. Cada movimiento está impregnado de frustración. Este anciano artefacto, este miserable despojo de nuestra gloria pasada, no solo ha fallado, sino que casi me cuesta mi vida. Una emboscada orka, de todas las cosas. ¡La humillación que habría supuesto! Y ahora, mientras intento dar sentido a su mal funcionamiento, mi mente vuelve a ese momento…


El campamento orko se extendía como un vertedero infinito.

Efigies deformes dedicadas a esa parodia de deidad que llaman "la Beztia" se alzaban entre los restos destartalados de vehículos improvisados. Las primitivas máquinas echaban humo negro, como si fueran un insulto directo al arte tecnológico de mi especie. Estúpidos orkos… ¿cómo pudieron los Ancestrales crear algo tan absurdamente defectuoso? Un experimento fallido, una burla grotesca a la perfección.

Caminé por el campamento con mi séquito de espectros canópticos, estudiando todo a mi alrededor con el desprecio propio de un ser que ha trascendido la mortalidad. Mi conciencia estaba absorta, mis pensamientos vagando por las grandes maquinaciones que se sucederían una vez obtuviera lo que había venido a buscar: el Obscurum. Una reliquia perdida, cuyo poder podría ser la clave para desbloquear secretos más antiguos que las propias estrellas.


Pero entonces... lo sentí.


Demasiada calma.

El campamento estaba vacío, demasiado vacío para los estándares de esas bestias. Solo algunos gretchins correteaban, y un par de orkos murieron con facilidad bajo las cuchillas de mis espectros. ¿Dónde estaban los rugidos? ¿Los vehículos atronadores? ¿Las brutales miradas de odio que siempre acompañan a esas criaturas?

Entonces lo vi. El Obscurum.

Ahí estaba, posado sobre un pedestal improvisado, como un regalo grotesco dejado por un dios menor. A la vista, al alcance de mis manos… y sin vigilancia real. Fue entonces cuando mi consciencia, tan superior y avanzada, me gritó una única palabra: trampa.


La emboscada llegó como un trueno.

Una marea de pieles verdes emergió de la nada, rugiendo, disparando, cargando. Los orkos me rodearon en segundos, un muro de carne y violencia que amenazaba con aislarme y aniquilarme. En ese momento, todo se redujo a microsegundos. Activé los protocolos de exterminación, ordené a los destructores abrir fuego indiscriminado, y teletransporté a parte de mis tropas fuera del cerco.

Lo peor fue que casi pierdo el control. Una fracción de segundo más, y mi magnífica mente se habría apagado bajo la brutalidad de esas criaturas. Si eso hubiera ocurrido… oh, las risas de Trazyn resonarían por milenios. Ese maniaco nunca habría dejado de recordarme cómo caí ante unos bufones con garrotes y gritos ensordecedores.


Sin embargo, lo que más me enfurece, lo que me carcome ahora mientras trabajo en El Retorcido, es que ese viejo inútil no hizo nada para evitarlo. No solo no reanimó a las tropas, sino que incluso desmembró a varias de ellas con sus torpes intentos de reparación.


Mi paciencia está al límite.

Mientras reviso su núcleo de memoria, busco el origen del fallo. Sus circuitos están intactos, su cepo mental inquebrantable… y sin embargo, hay algo más. Algo que no puedo definir. Algo que se mueve en las profundidades de su programación, como un eco distante de una voluntad que no debería existir.

No puedo permitirme que recuerde. No ahora. Aún no.


Dejo las herramientas sobre la mesa con un golpe seco. Mis dedos metálicos emiten un chasquido al soltar las placas de El Retorcido. Estoy agotado de trastear con este anciano despojo. Uno de mis Aprenteks toma mi lugar, continuando la labor bajo mis órdenes estrictas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario