La Máquina, las Voces, y el Pilón.
El olor a aceite quemado y metal recién pulido llena mis fosas nasales, un aroma embriagador que me devuelve a la vida cuando mis manos se deslizan sobre la superficie reluciente del nuevo vehículo. Tecnología de repulsión, un milagro de ingeniería nacido del sudor y la sangre de generaciones perdidas. Y aquí estoy yo, Temure, el encargado de ajustar cada cable, de afinar cada sistema, de convertir un simple transporte en una obra maestra, lista para el destacamento de Valentín O'Rossi.
Mis manos trabajan automáticamente, casi como si fueran independientes de mi cuerpo. Mi mente, en cambio, está lejos de aquí. No puedo dejar de oír las voces.
“El día se acerca.”
Parpadeo, intentando ignorarlas. La herramienta que sostengo en mi mano tiembla ligeramente, no por un fallo mecánico, sino por la tensión en mi cuerpo. Sé lo que quieren decir. Sé a qué se refieren. Y eso me asfixia, incluso mientras intento concentrarme en los sistemas de repulsión.
—No ahora, —murmuro entre dientes, dirigiéndome tanto a las voces como a mí mismo. No ahora.
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El vehículo está casi listo. Un ajuste aquí, un calibrado allí. Pero mi mente no está en lo que estoy haciendo. Las voces se cuelan entre los engranajes de mi cordura, arrancándome de la realidad con susurros que se convierten en gritos.
"Temure, debes estar allí. Cuando el Pilón se active, todo dependerá de ti."
Mi mandíbula se tensa, y dejo caer la herramienta con un ruido metálico. Mi respiración es rápida, errática. Me aparto del vehículo y me recuesto contra una pared de acero frío. Intento controlarme, pero las palabras resuenan en mi cabeza como un martillo golpeando un yunque.
"Alastor hará el trabajo sucio. Él abrirá la puerta. Tú tomarás los mandos."
Las palabras son un eco constante, un mantra sin fin. Alastor. Siempre Alastor. Su nombre es como una llave que abre una jaula dentro de mi mente, liberando pensamientos que nunca quise tener. Él es la chispa, el motor detrás de todo esto, el arquitecto de la locura que se avecina. Pero yo… yo soy el conductor. Soy el que debe estar allí, en el momento exacto, para tomar el control.
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El Pilón.
Esa palabra me quema como un hierro candente. Su sola mención me llena de una mezcla de anticipación y terror. Nadie entiende lo que realmente significa, lo que puede hacer. Incluso yo apenas lo comprendo. Pero las voces lo saben. Oh, ellas lo saben, y me lo repiten sin cesar.
“La puerta se abrirá. Lo que hay al otro lado debe ser controlado.”
Intento razonar conmigo mismo, buscar un punto de lógica entre el caos. Pero no hay lógica en esto. Todo está envuelto en sombras, en secretos que no deberían ser revelados. El Pilón no es solo un arma o un artefacto. Es… es una llave. Una entrada a algo más grande, más antiguo. Algo que ni siquiera Alastor comprende del todo.
Mis dedos se cierran en un puño, las uñas clavándose en mi palma. Debo estar allí. No por Valentín O'Rossi, no por Alastor, no por nadie más que por mí mismo. Porque si fallo… si no tomo los mandos cuando llegue el momento… el universo mismo podría desmoronarse.
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Vuelvo al vehículo, mi mente dividida entre la realidad y el abismo que me llama. Ajusto un panel de control, observando cómo las luces parpadean con un brillo azul tenue. Es perfecto, una máquina diseñada para deslizarse por cualquier terreno sin esfuerzo. Pero incluso mientras me maravillo de mi propio trabajo, las voces no me dejan en paz.
"El día se acerca, Temure. Ellos lo intentarán. Y tú serás la clave."
—¡Basta! —grito, golpeando el capó del vehículo con toda mi fuerza. El sonido resuena en el hangar vacío, pero no hay nadie para escucharlo. Nadie salvo las voces.
Me inclino sobre el vehículo, jadeando. Mi reflejo en el metal pulido me devuelve la mirada. Mis ojos están inyectados en sangre, mi rostro está demacrado. Apenas reconozco al hombre que veo. ¿Soy yo? ¿O soy lo que ellos quieren que sea?
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El tiempo se agota. Lo sé. Y aunque mi cordura está pendiendo de un hilo, una cosa está clara: debo estar allí. Cuando Alastor active el Pilón, cuando las puertas de lo desconocido se abran, yo tomaré los mandos. Porque nadie más puede hacerlo.
La pregunta que me atormenta no es si estaré allí. Es si sobreviviré para ver lo que viene después.
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