Valentín O’Rossi. Acto IV, Capítulo III: Explosión de furia y un regalo del Omnissiah
La colmena Ferrum es un paraje repleto de múltiples enemigos. Orkos, tiránidos y herejes campan a sus anchas en lo que otrora fuera un lugar próspero y hostil. Ya que los Ángeles Oscuros parecen tener otros propósitos, los Ángeles Sangrientos somos la última esperanza de la humanidad en estas tierras.
Nuestros exploradores localizaron una fortaleza, cuya putrefacción hacía adivinar que era propiedad de las huestes de Nurgle, situada en una ubicación estratégica crucial. “Debemos recuperarla a toda costa, por Baal y por Sanguinius.” – le dije a mis tropas.
Decidimos realizar un bombardeo inicial con el propósito de debilitar al enemigo antes del brutal choque que se avecinaba. Para mi sorpresa, no se escuchó nada. Ni un solo grito del enemigo, solo el silencio provenía del interior de la estructura.
Nos aproximamos poco a poco, sin vislumbrar rival. Pensando que, quizá, las fuerzas de Typhus ya no se encontraban allí, nos introdujimos en la plataforma. Y fue, cuando todos estábamos dentro de la fortaleza, que nos dimos cuenta del error. Un grupo de zombis se abalanzó sobre los hermanos con retrorreactores, comenzando el combate. Nos habían tendido una trampa.
El enemigo se encontraba escondido en cada esquina, en cada sala, preparado para la emboscada. Se desató una pelea ensangrentada, en la que balas y espadas volaban en ambas direcciones. Mis hermanos peleaban contra los marines de Nurgle, eliminándolos poco a poco. El Ballistus, en un ejercicio de inusitada puntería, logró derribar al mortero enemigo. Los exterminadores Deathshroud ofrecieron una verdadera resistencia, hasta llegaron a herirme de gravedad, pero finalmente cayeron ante la lluvia del bólter.
En una de las salas se encontraba el temido Pandemius, rodeado de cadáveres desmembrados de hermanos de asalto. Por lo que cuentan mis tropas, el joven capitán Raldeo Seth, lejos de intimidarse, se lanzó de cabeza gritando furiosamente contra el príncipe demonio y, haciendo honor a su estirpe familiar, lo derribó tras una jauría de cientos de espadazos ejecutados en cuestión de segundos. Dicen que el resto de tropas de Nurgle allí presentes, tras ver semejante despliegue de destrucción, huyeron despavoridas.
Y entonces Typhus, que aprovechó el caos para escabullirse, activó el protocolo de autodestrucción de la fortaleza. Todos los accesos se sellaron, dejándonos encerrados. Todo se comenzó a derrumbar y llenar de gas y putrefacción. En cuestión de minutos esa fortaleza se vendría abajo, matándonos a todos. Debíamos hacernos con el control simultáneo de todos los nodos de energía para detener la autodestrucción, o todo nuestro esfuerzo habría acabado en muerte. Con la aniquilación del enemigo, pensábamos que lo teníamos, pero el protocolo no se detenía: faltaba un nodo.
El principal escollo era Cypher, quien tenía la capacidad de poder transportarse entre los diferentes nodos, y dificultarnos el control de los mismos. Afortunadamente, fue Raldeo quien logró hacerle frente y detenerlo. Nos hicimos con el control de la fortaleza, o al menos de lo que quedaba de ella.
Unos días después de concluir la contienda, el Archmagos Tremure, habitualmente absorto en sus pensamientos, se dirigió hacia mí: “Has demostrado tu valía, Capitán O’Rossi, y por eso te traigo un regalo. En las profundidades de la fortaleza hereje he encontrado unas antiguas piezas, desconocidas por la humanidad desde hace milenios. Estas permiten reconstruir una rara tecnología antigravitatoria descubierta por el tecnoarqueólogo Arkhan Land, en una de sus expediciones al Librarius Omnis en Marte. Con ella podré modificar tus tanques y hacer que leviten, consiguiendo así una mejor maniobrabilidad por estos terrenos ruinosos. Sin embargo, solo he conseguido suficiente material para adaptar un vehículo, así que confío que sabrás elegir sabiamente sobre cuál quieres que trabaje.”
De repente, el Archmagos Tremure dejó de hablarme. Dio media vuelta y se marchó. Parecía estar conversando con otra persona, pero en el pasillo no había nadie más.
Diario de batalla de Valentín O’Rossi, Alto Capitán de los Ángeles Sangrientos.

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