Muerte en las calles ciclo 1 - Pandemius - Capítulo 1
Fecha: 28 de mayo del 422.M41
Nuestro ejército, una alianza improbable y tensa entre la Death Guard, los Ángeles Sangrientos y los Orkos de El Eskurridor, se encuentra en el corazón de un mundo consumido por la guerra. Enfrente, el enemigo formado completamente por criaturas de genes tiránidos.
Pandemius, siempre envuelto en su silencio calculador, reunió a sus fuerzas con un objetivo oscuro que nadie más conocía: llevar una bomba biológica cargada con las bendiciones de Nurgle hasta las fronteras más profundas del enemigo. Era una creación abominable. Un arma de desesperación… y ambición.
Pero el plan se torció desde el principio. Mientras nuestras filas se alineaban y las primeras oleadas de Tiránidos caían sobre nosotros, Valentin O’Rossi, siempre impetuoso y arrogante, tomó la bomba con sus propias manos y la aseguró en su moto. "La llevaré yo mismo", gritó, sin entender la verdadera naturaleza del artefacto. Con un rugido de sus motores, se lanzó hacia el frente de batalla, rodeado de sus Ángeles Sangrientos.
Lo que siguió fue un caos absoluto. Los Tiránidos se abalanzaron con una ferocidad inhumana, y el Culto Genestealer con sus tanques imperiales atacaba nuestras líneas por sorpresa. Los Ángeles Sangrientos, desesperados por proteger a su comandante, luchaban con la furia característica de su capítulo, mientras nosotros conteníamos la marea como podíamos. Los Orkos, siempre impredecibles, se lanzaron al combate con gritos de júbilo, pero su desorden y brutalidad sólo añadían al caos.
Mientras los Orkos cargaban, Valentin continuaba su camino con nuestro artefacto, pero fue derribado. La bomba llegó a su destino, pero aún no era nuestra, no podríamos activarla.
Nuestro verdadero objetivo estaba ahora fuera de nuestro alcance, y la muerte de Valentin parecía inevitable. Fue entonces cuando Pandemius, en su fría sabiduría, tomó una decisión inesperada. Envió emisarios a los Orkos con una propuesta: la bomba sería entregada a cambio de un trofeo que ellos deseaban ardientemente… la motocicleta de Valentin O’Rossi.
El trato fue cerrado en medio del fragor de la batalla. Los Orkos, fascinados por la idea de poseer la brillante máquina, lucharon con una ferocidad renovada.
Instantes antes, Pandemius, que había liderado la batalla desde la retaguardia, comenzó a cambiar. Sus movimientos se volvieron espasmódicos, y una risa profunda y gorgoteante brotó de su garganta. Su carne podrida comenzó a expandirse, deformándose y creciendo en tamaño, mientras sus armaduras se rompían, fusionándose con su carne y hueso y un cuerno retorcido perforó su cráneo. Su voz, ahora resonante y profunda, proclamó su ascenso.
"¡Por la gloria de Nurgle, hoy renazco! Soy Pandemius. Este era mi destino… y vosotros mis instrumentos."
La batalla continuó alrededor de él, pero el foco ya no estaba en los Tiránidos, Genestealers, tanques o titanes. Incluso los Orkos, temerosos pero emocionados por la visión de su nueva "divinidad", rugieron de júbilo.
Con la plaga desatada y su ascensión completada, Pandemius dejó el campo de batalla. Nosotros, los que quedamos, entendimos al fin: cada derrota, cada alianza rota, cada plan aparentemente fallido, había sido parte de su diseño.
El mundo ardía, pero la plaga de Pandemius ahora se extendía más allá de lo imaginable. Su objetivo no era simplemente ganar esta batalla… era trascender la carne y convertirse en el heraldo eterno de la muerte.
Y lo había logrado.

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