Muerte en las calles, Ciclo 1 - Pandemius - Capítulo 3:

Muerte en las calles - Ciclo 1

 Diario de Guerra de un Marine de Plaga


Fecha: 18 de Enero del 423.M41


La fortaleza pestilente, ese bastión sagrado que habíamos consagrado al Padre Nurgle con siglos de corrupción, fue asediada por los Ángeles Sangrientos de Valentin O’Rossi. Su resplandor carmesí era una blasfemia ante el cielo ennegrecido por nuestras miasmas. Ellos buscaban purgar el mundo, arrancar de raíz la bendición del Padre de la Plaga y destruir nuestros nodos de corrupción, puntos vitales que mantenían la podredumbre extendiéndose por el planeta.


Desde el principio, algo en esta batalla no se sentía correcto. Las defensas estaban en su lugar, los Deathshroud permanecían firmes junto a Typhus, y nuestras esporas y nurgletes acechaban en cada rincón de la fortaleza, pero la presencia de Pandemius, nuestro supuesto líder en esta campaña, fue… un susurro en el viento. Apenas se dejó ver tras el inicio del ataque. Su desaparición, si bien intrigante, fue un hecho que todos aceptamos como parte de los caprichos de la voluntad del Padre Nurgle.


Los Ángeles Sangrientos, como fanáticos, no tardaron en tomar el nodo este. Sus movimientos eran precisos, implacables, lo que debería haber sido un enfrentamiento prolongado se desmoronó rápidamente. Nuestra unidad apostada en esa zona fue barrida con una rapidez que ni siquiera las moscas lograron frenar. La fuerza de Rossi y sus hombres era abrumadora, pero no estábamos solos. A lo largo de la batalla, una sombra se movía entre los disparos y las explosiones: Cypher.


El traidor, siempre presente en los lugares más inoportunos, apareció como si su mera presencia fuese parte del diseño de esta derrota. Nunca supimos si luchaba con nosotros o contra nosotros. Los disparos de su pistola iluminaban tanto a los Ángeles Sangrientos como a nuestros propios hermanos, y su figura parecía estar en todas partes y en ninguna. Fue Cypher quien tomó el nodo norte, ese que habíamos asegurado con gran esfuerzo, arrebatándolo, al parecer, tanto a los Ángeles como a nuestras propias tropas. Su traición o estrategia —¿quién puede entender sus motivos?— sellaría el destino de la fortaleza.


Typhus, por su parte, luchó con la ferocidad de una enfermedad desatada. Él y sus Deathshroud pararon golpe tras golpe de Rossi y sus jinetes motorizados, anclando la línea defensiva en cada paso que los Ángeles intentaban avanzar. Desde el centro de la fortaleza, su guadaña se alzaba como una baliza de muerte, y por un momento, parecía que la corrupción prevalecería. Pero incluso él, el Heraldo de la Plaga, no podía compensar las grietas que se formaban en nuestras líneas.


Cuando todo terminó, Rossi y sus hombres se retiraron, exhaustos pero victoriosos. Habían purgado la fortaleza, reclamando cada nodo de corrupción, pero su victoria no fue completa. El hedor de la plaga persistía en el aire, y los cadáveres de los caídos, tanto de su bando como del nuestro, comenzaban a hincharse con las esporas de Nurgle.


De Pandemius no hubo señal. Su presencia fue apenas un rumor en esta batalla, y su ausencia una sombra que se cernía sobre nosotros. ¿Fue esto un fallo de su liderazgo o parte de un plan más amplio? Sólo el Padre Nurgle conoce las respuestas.


Para nosotros, los defensores, la derrota no es más que otro paso en el ciclo eterno de la podredumbre. Pues incluso en la derrota, la corrupción persiste. Las semillas de Nurgle ya han echado raíces en este mundo, y ningún resplandor carmesí podrá detener lo que crece en la oscuridad.

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