Muerte en las calles, Ciclo 1 - Alastor EXTRA - Capítulo 3:

Muerte en las calles - Ciclo 1

La reunión del Astra Consilium


El eco de las puertas al cerrarse resonó como un trueno en la inmensa sala de la reunión. El Consilium no se había convocado de esta manera en más de 400 años, desde aquel día en que la Arkeobóveda implosionó y condenó a Cifrus Prime a la eternidad de su colapso. La atmósfera era densa, cargada de tensión, de sospechas y secretos a punto de desbordarse.

Mis dedos giraban mecánicamente sobre la desgastada medalla de la Senda del Agua, un recuerdo de tiempos más simples. Miré a mi alrededor, fijándome en cada rostro, cada figura reunida en torno a esta hoguera de intriga y desconfianza.

Elroth, el Cantor de Marfil, estaba sentado a mi derecha, su máscara tallada de hueso aeldari reflejando la tenue luz de la sala. Aeda Oseo, del mundo astronave Altansar, permanecía en un silencio inquebrantable, una presencia tan fría y distante como las estrellas. Frente a ellos, Ildrath, el corsario drukhari, lucía una expresión de diversión cruel, como si todo esto fuera un juego y él simplemente estuviera esperando su turno para mover las piezas.

El Orko ke Ve estaba sentado a un lado de la sala, su masiva figura inclinada hacia adelante. Con su vara chamánica hecha de restos de vehículos destartalados y huesos alienígenas, su mirada amarillenta y penetrante recorría la sala, como si entendiera mucho más de lo que cualquiera esperaría de un orko. A su lado, la figura amenazadora de El Cruel, el Ángel Oscuro. Su presencia siempre imponía respeto, pero hoy parecía particularmente tensa.

Entonces estaba Dominicus el Pío, con su sonrisa calculadora, su voz siempre dispuesta a lanzar discursos grandilocuentes, aunque su mirada delataba la maquinaria política que constantemente trabajaba detrás de esa fachada de santidad. Kunturi, el cazador kroot de los círculos de caza, se mantenía en las sombras, sus ojos de depredador observando todo con aguda precisión.

Lady Helena, la representante de la hermandad votann de minería de Valaya, se mantenía en su asiento con una mezcla de indiferencia y desdén, como si estuviera aquí solo por obligación, no porque realmente lo deseara. Y Enoc, el hombre de hierro, como siempre, se manifestaba solo a través de un holograma, su voz resonando con una frialdad artificial que siempre ponía a todos en alerta.

Y entonces… él.

Cypher. El Hombre Sin Nombre, estaba allí, apoyado contra una columna con una tranquilidad perturbadora, jugueteando con una de sus pistolas con la destreza de un artesano. Nadie lo había invitado. Nadie lo esperaba. Y, sin embargo, allí estaba, como si siempre hubiera pertenecido a este selecto grupo.

La presencia de Cypher era como un cuchillo en el aire. Sabía que molestaba profundamente a El Cruel, cuya tensión se reflejaba en sus puños cerrados y su mirada clavada en el misterioso astartes renegado. La animosidad entre ambos era palpable, pero nadie se atrevía a mencionarlo.

Fue Sir Percibal, el antiguo regente de Cifrus, quien finalmente rompió el silencio. Su voz resonó en la sala con un tono solemne:

Hermanos. Me encuentro en la tesitura de convocar al Concilio porque ha llegado a mis oídos que Alastor está siguiendo su propia agenda.

La sala, ya tensa, pareció endurecerse aún más con esas palabras. Percibal continuó:

—Todos nosotros, sin excepción, nos debemos al principio máximo que guía al Astra Consilium: la erradicación de la disformidad. Todos conocemos el mal que nos acecha. Todos, en mayor o menor medida, hemos sentido la mácula del Caos. Pero Alastor… ese viejo loco ha cruzado un límite que no podemos tolerar.

Elroth inclinó la cabeza ligeramente, interesado. Los ojos de Ildrath brillaron con una chispa de malicia. Dominicus sonrió de forma apenas perceptible.

Percibal hizo una pausa, calibrando sus palabras.

—Pretende activar el pilón bajo Ferrum. Pretende liberarla… a ella.

Las reacciones fueron inmediatas. Los murmullos estallaron como un incendio. Lady Helena frunció el ceño, inclinándose hacia adelante como si hubiera escuchado mal. El Orko ke Ve dejó escapar una risa gutural que resonó como un trueno en la sala. Kunturi, sin embargo, se mantuvo en silencio, con los ojos entrecerrados, mientras calculaba algo en su mente.

Pero el más afectado era El Cruel. Su voz cortó el aire como un látigo.

—Esto es herejía, pura y simple. Si esto es cierto, Alastor no solo ha traicionado al Consilium, sino a todo lo que juramos proteger.

El ambiente se tornó aún más caótico. Las voces se alzaban, los argumentos cruzaban la sala como dardos envenenados. Dominicus comenzó a hablar con palabras llenas de dramatismo, mientras Lady Helena discutía acaloradamente con Ildrath sobre las implicaciones estratégicas de lo que Percibal había dicho.

Y Cypher… permaneció en silencio. Su sonrisa era apenas visible bajo la penumbra de su capucha, pero sus ojos parecían observarlo todo, como si estuviera juzgando cada palabra, cada movimiento.

Finalmente, no pude soportar más el desorden. Me levanté, la medalla de la Senda del Agua aún en mis manos, y di un paso al frente.

¡Silencio!

Mi voz resonó por encima del tumulto, y la sala quedó en un silencio sepulcral. Incluso Cypher dejó de jugar con su pistola, aunque su expresión seguía siendo inescrutable.

—No estoy aquí para defender a Alastor. Tampoco para condenarlo. Pero permitidme que os cuente algo que quizás os ayude a comprender la gravedad de esta situación.

Relaté, con voz firme, mi encuentro con el mal que asola este universo. La disformidad, ese susurro que corrompe todo lo que toca. Les hablé de cómo el Bien Supremo que una vez defendí como maestro de la Senda del Agua no era más que una ilusión, una cadena que nos ataba a ideales imposibles.

—Alastor… ha olvidado esto. Ha olvidado por qué estamos aquí. Sus acciones ya no están guiadas por la necesidad de proteger este universo, sino por su obsesión personal. Y eso, mis hermanos, no podemos permitirlo.

El silencio que siguió fue denso, cargado de decisiones que cambiarían el curso de nuestras vidas. Uno a uno, los líderes comenzaron a votar.

Cuando llegó el turno de Cypher, no dijo nada. Simplemente levantó una mano, señalando su voto con un gesto silencioso.

Finalmente, la decisión estaba tomada. Alastor ya no era uno de nosotros.

Cuando las puertas se cerraron tras nosotros, supe que esta no era la última vez que su nombre se mencionaría. Las sombras de la disformidad seguían acechando, y algo me decía que este era solo el principio de un nuevo desastre.

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