Muerte en las calles, Ciclo 1 - Pandemius EXTRA - Capítulo 3:

Muerte en las calles - Ciclo 1

El Testigo.


El hedor que impregna mi catedral es mi orgullo y mi burla. Un perfume dulce de podredumbre y decadencia que danza con la viscosidad de las sombras. Me acomodo en mi trono, un retorcido amasijo de huesos y carne marchita extraída del coloso que una vez fue un biotitán tiránido. Ahora, su cadáver inmenso se ha convertido en mi templo, un testamento a la fragilidad de la vida y a la eternidad del festín que Nurgle nos ofrece.


Pero incluso aquí, en este pútrido santuario, mi mente está inquieta.  


Desde mi encuentro con "La Entidad", mis pensamientos no han hallado reposo. Había algo en ella que… que no debía existir. Algo fuera de lugar, ajeno incluso al Caos mismo. He visto a dioses y demonios desgarrarse entre sí por milenios, y ninguno de ellos jamás me provocó esa sensación de vulnerabilidad, de fragilidad absoluta. No era miedo lo que sentía… no. Era algo más antiguo, un eco de algo primigenio que resonaba más allá de la Disformidad, más allá de los dioses. Su presencia me recordó que incluso el panteón del Caos no está tan seguro de su eternidad como quiere hacer creer.


Era familiar.  

Pero no podía precisar de dónde. O cuándo.


---


Mi rencor burbujea en mi interior como un caldo pestilente mientras miro las grietas de esta parodia de catedral. ¿Por qué no puedo dejar de pensar en ella? ¿Por qué me siento como si… como si me hubiera enfrentado a algo que no debía ver? La voz de Nurgle, siempre reconfortante, parece distante. Y aunque mi trono vibra con las almas torturadas que lo conforman, no puedo disfrutar de su dulce sinfonía de sufrimiento como antes. Hay algo más… algo presente.  


Es entonces cuando lo siento.  


Un cambio en el aire.  


El hedor habitual de la catedral se mezcla con algo nuevo, algo diferente. La viscosidad de mi trono se endurece ligeramente, y las sombras en las esquinas comienzan a moverse de formas que no deberían.  


Y allí está.  


Una figura encapuchada, sin rostro, sin presencia, pero absolutamente allí. No escuché sus pasos, no sentí su entrada, y sin embargo ahora está de pie frente a mí, como si siempre hubiera estado esperando.


---


—¿Quién osa profanar mi dominio? —gruño, levantándome con lentitud. Mi voz reverbera en el aire, mezclándose con los gemidos de mi catedral.


La figura no responde de inmediato. En su lugar, cambia. Su forma se retuerce, distorsionándose como un reflejo en un espejo roto. Un momento parece un humano encorvado, luego una silueta alada, después un rostro conocido que no logro identificar. Su constante metamorfosis es nauseabunda incluso para mí, y he visto cosas que destruirían la mente de cualquier mortal.


Finalmente, habla. Su voz no es una, sino muchas, como un coro de tonos que chocan entre sí.  


—Pandemius. Pestilente heraldo del abuelo. Te he observado.  


El tono no es de amenaza ni de reverencia. Es… curioso, como si el hecho de estar aquí frente a mí fuera para esta criatura una simple formalidad.  


—¿Y qué pretendes, criatura? ¿Qué puede desear un espectro que aparece sin anunciarse en mi presencia?  


La figura se ríe. O al menos, eso creo. Su "risa" es un sonido indescriptible, como el crujir de ramas secas mezclado con un murmullo distante.  


—No soy espectro. Soy Testigo.  


La criatura da un paso adelante, aunque su movimiento es errático, como si se deslizara entre dimensiones. Su capucha cae por un instante, revelando un rostro que cambia demasiado rápido como para ser comprendido. Veo rostros familiares, otros alienígenas, otros que parecen imposibles de describir. Veo un titán de la Gran Cruzada, un Eldar perdido en su orgullo, un mortal desconocido lleno de miedo. Todos ellos. Ninguno.  


—Te he observado, Pandemius, porque tú también has observado. Tú sabes que lo que viste no es lo que debía ser. La Entidad te marcó, aunque no lo sepas. Y ahora estoy aquí para ofrecerte mi ayuda.


Sus palabras hacen eco en mi mente como un veneno sutil. Lo que más me inquieta no es su afirmación, sino el hecho de que algo dentro de mí sabe que dice la verdad. Fui marcado.


—¿Qué clase de ayuda puede ofrecerme un engendro de la disformidad? —mi tono es defensivo, pero detrás de mi burla hay una sombra de duda.


La figura sonríe. Es la sonrisa de todos y de nadie, el gesto de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.  


—No soy de la disformidad, aunque la entiendo. No soy del Caos, aunque lo comprendo. Estoy aquí porque quiero ser testigo de lo que ocurre. Quiero ayudarte a comprender lo que viste, porque incluso los dioses no pueden enfrentar lo que viene.  


Mis entrañas se revuelven. Un eco de lo que dijo resuena en mi mente. "Incluso los dioses no pueden enfrentarlo".  


—¿Por qué debería confiar en ti? —pregunto, intentando ignorar el nudo en mi pecho.


La figura cambia nuevamente, ahora tomando una forma vagamente parecida a la mía, como un reflejo retorcido. Me mira con ojos que no tienen alma, pero sí algo más antiguo, más profundo.  


—No tienes por qué confiar. Solo tienes que aceptar. Si no lo haces, el juego continuará sin ti. Soy un Testigo, Pandemius. Pero si lo deseas, puedo ser tu asistente. Puedo ayudarte a navegar en lo que viene. O puedo quedarme aquí, viéndote caer como tantos otros antes que tú. La decisión es tuya.


---


La criatura no se mueve. Solo espera. El aire en mi catedral es más pesado que nunca, y por primera vez en milenios, siento algo que casi podría describir como… miedo.  


¿Aceptar? ¿O rechazar? Mi mente se tambalea, pero una cosa es segura: esto no es el final. Es solo el principio.  


La decisión, por ahora, la guardaré para mí. Pero el Testigo sabe. Oh, él siempre sabe.

No hay comentarios:

Publicar un comentario