Muerte en las calles - Ciclo 1 - Alastor
Capítulo 1: Los ojos del canóptico
Desde la penumbra de mi trono en la cámara de visiones, mis pensamientos se proyectan a través de la frágil pero eficaz estructura de un escarabajo canóptico. Sus zumbidos metálicos y chirridos constantes resuenan en mi mente mientras recorre el campamento de esos brutos verdosos. A través de sus ojos hexagonales y prismáticos, observo la escena con una claridad implacable. Allí, el grotesco ser que llaman "El Ezkurridor" gesticula y vocifera, rodeado de un caos organizado de metal oxidado y carne verde. Por momentos, me resulta fascinante la manera en que estas bestias logran imitar el orden, aunque de una forma brutal e irracional. Son primitivas, y aun así, en su torpeza, albergan una extraña eficacia.
Pero mis pensamientos pronto regresan a la razón por la cual estoy aquí, observando a través de este pequeño y sigiloso artefacto. El Obscurum. Un fragmento esencial de la Dama del Tiempo, un trozo de aquello que trascendió el flujo temporal en su fragmentación. Una clave, una pieza del rompecabezas, el nexo que podría ayudarme a desentrañar las respuestas que otros necrones han considerado prohibidas o, peor aún, "irrespetuosas" hacia nuestra orden.
Y mientras estudio cada rincón del campamento, no puedo evitar que mi mente divague hacia recuerdos que preferiría dejar sepultados. Mi odio, helado y eterno, hacia un nombre: Trazyn el Infinito. El recuerdo de sus colecciones repugnantes, su obsesión por acaparar conocimiento sin propósito, por preservar sin experimentar, por coleccionar sin comprender. Todo aquello que nosotros, los tecnomandritas, habíamos jurado hacer avanzar y mejorar, él lo reduce a simple espectáculo. Para él, todo es un trofeo; para mí, es un desperdicio.
Mi relación con el Astra Concilium y la casa de los tecnomandritas me exige preservar el conocimiento, pero también me exige avanzar. Trazyn es la antítesis de esta misión. Su forma de actuar no es nada menos que un insulto a nuestra antigua grandeza. Me carcome la certeza de que él ya posee el Misterium, el otro fragmento de Lady T'ymë. Sé que lo guarda en algún rincón de sus repulsivas colecciones, a resguardo, como un insecto embalsamado en ámbar. Un crimen hacia nuestra civilización.
Mientras el escarabajo canóptico se desliza hacia una estructura improvisada en el campamento, las visiones de mi pasado se entremezclan con el presente. Veo a mi yo antiguo, aún con carne y hueso, discutiendo con fervor en las cámaras de conocimiento de los tecnomandritas. Mis objetivos siempre fueron claros, incluso antes de ser encadenado a esta forma inmortal de metal. Yo creía en una expansión del conocimiento, en el progreso, no en la preservación sin sentido. Por eso, al ver a Trazyn mutilar nuestros logros con sus colecciones inertes, siento que la rabia burbujea como una tormenta encerrada en mi pecho vacío.
El Ezkurridor, esa criatura desdentada y repulsiva, continúa moviéndose en su campamento. Sin darse cuenta, en sus manos podría estar el segundo fragmento, el Obscurum. Esa reliquia es tan mía como lo es de nuestros antiguos dioses, y no permitiré que nadie más la toque. Su simple posesión le confiere un valor incalculable, pero para mí representa la pieza que necesito para elevar mi legado por encima de todos, por encima de Trazyn, por encima de los necrones que nos menosprecian por experimentar con conocimientos prohibidos.
Observo cómo el escarabajo canóptico se desliza más cerca, atravesando las sombras del campamento. Mi plan ya ha comenzado a ejecutarse, y esta misión es tan sólo el primer paso. Al recuperar el Obscurum, podré liberar los secretos contenidos en la Dama del Tiempo. Y cuando finalmente lo haga, no habrá nadie en esta galaxia que pueda detener mi avance.
Con una orden silenciosa, el escarabajo detiene su movimiento, su pequeña carcasa de metal quedando inmóvil como un vigilante eterno entre los desechos orkos. Mi mente regresa a mi cuerpo, y mi visión se oscurece mientras mis pensamientos vuelven a agitarse.
—Pronto, Trazyn —susurro en la soledad de mi cámara—. Pronto, conocerás el precio de tu avaricia.

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