Enoc, Antiguo Emisario de la Mente Enjambre.

Muerte en las calles - Ciclo 1

Personalidades de Cifrus Secundus - Dramatis personae V

Enoc, antiguo emisario zoat

El suelo bajo mis pezuñas resuena con el eco amortiguado de mis pasos. La colmena Ferrum es una construcción de humanos: primitiva, llena de desperdicios y materiales inservibles. Sin embargo, entre estas paredes corroídas por el tiempo y la ignorancia de sus antiguos ocupantes, sé que se ocultan secretos de épocas pasadas. Una arkeobóveda, tal vez… objetos de poder y tecnología perdida, ocultos en las sombras como si esperaran mi llegada. El pensamiento de lo que puedo encontrar aquí acelera mis pulsos, y una vieja sensación de propósito vuelve a encenderse en mí.

Silencio.

Mis criaturas se mueven en la penumbra a mi alrededor, obedientes y carentes de voluntad propia. Un enjambre de hormagantes me sigue de cerca, moviéndose en sincronía, como una sombra extendida de mi propia voluntad. Son una mezcla de cuerpos y mandíbulas, de músculos y placas quitinosas, herramientas sin mente, sometidas al hambre y la obediencia. Antes, estas criaturas habrían sido solo extensiones de la Mente Enjambre, servidores mudos de un poder insaciable, de un odio y hambre infinitos. Pero ahora… ahora son míos.

¿Quién habría pensado que un zoat, una criatura creada como esclavo, podría doblegar a estas bestias para su propio beneficio?

Mi mente viaja atrás en el tiempo, a los primeros días después de mi ruptura con la Mente Enjambre. Recuerdo el dolor, el vacío, el eco desgarrador en mi mente. Romper los lazos no fue fácil; fue como arrancar de raíz una parte de mí mismo. Durante mucho tiempo, vagaba perdido, atormentado por la falta de propósito, por la ausencia de esa voz omnipresente que me había atado durante años a una voluntad ajena.

Pero el dolor se convirtió en fuerza, y el vacío, en un hambre propia. Era libre. Y en esa libertad, encontré mi propia voz, mi propio propósito: el conocimiento, el poder, y sobre todo, la arkeotecnología.

De repente, el suave chirrido de un grupo de Rippers que se escabullen entre los escombros me saca de mis pensamientos. Estos pequeños carroñeros son útiles, aunque no me respetan, no como los hormagantes y los guerreros. Sus diminutos cerebros no pueden comprender mi voluntad, solo el hambre que los impulsa. Pero puedo aprovechar su naturaleza para explorar las zonas de la colmena donde ni siquiera yo puedo entrar. Mientras se dispersan, ya sé que encontrarán algo útil en las profundidades de este lugar.

—Avanza, pequeño enjambre —murmuro para mí mismo—. Trae lo que sea de valor. Y no dejes que las criaturas humanas te vean.

Mi voz suena extraña en la oscuridad. No la escucho a menudo. Desde que escapé de la Mente Enjambre, he tenido pocas razones para hablar en voz alta. Mi comunicación es una mezcla de voluntad y dominio psíquico, un residuo de mi antigua conexión, ahora solo mío. Me gusta pensar que puedo dominar a estas criaturas tiránidas por algo que quedó en mí de ese vínculo, algo que la Mente Enjambre no ha podido arrancarme por completo. Es un tipo de poder que nadie podría entender, y menos esos miserables humanos.

Pienso en los humanos que habitaron esta colmena, en sus patéticos intentos de defenderse de la infestación tiránida. Pobres criaturas, con sus armas rudimentarias y su tecnología limitada. No podrían siquiera imaginar lo que yo soy capaz de lograr aquí, entre sus ruinas, con los restos de sus máquinas y los fragmentos de conocimiento que dejaron atrás.

Mi pequeño ejército crece lentamente. No es mucho, pero suficiente. Mi siguiente proyecto: un grupo de Guerreros Tiránidos. Los he observado desde la distancia, y he estado tanteando sus mentes, notando que su resistencia es fuerte. Son tercos, casi conscientes, pero a falta de un nexo sináptico, están fragmentados, vulnerables, como astillas de una mente rota. Me acerco lentamente, con cautela, y siento sus miradas ciegas, llenas de desconfianza. Mis propios pensamientos se mezclan con los de ellos, como una sutil caricia que se convierte en un lazo irrompible. Siento la resistencia inicial, pero mi voluntad se impone.

Pronto, se arrodillan.

—Mírenme —digo, como si las criaturas fueran capaces de entenderme de verdad—. Yo soy su amo ahora. Yo soy el que les da propósito.

Mi ejército ha crecido lo suficiente, pero todavía no es suficiente para abrir la arkeobóveda. Me pregunto qué maravillas aguardan ahí dentro. Me intriga imaginarlo: artefactos capaces de romper la mente de un psíquico, de manipular la misma realidad, de controlar una horda de estas criaturas, de replicar lo que la Mente Enjambre intentó hacer conmigo. O tal vez, la capacidad de desafiar ese enjambre, de mostrarle que no soy solo una aberración en su mente, sino algo más.

Los pensamientos me dan energía, y avanzo con mi ejército en las sombras. Las criaturas tiránidas deambulan sin rumbo en Ferrum; muchas están a la deriva, desesperadas, incapaces de orientarse sin la voluntad de la Mente Enjambre para guiarlas. Eso me da ventaja. Puedo usar ese caos para capturarlas y aumentar mis filas, consolidar mi poder.

Todo se mueve según mi plan.

Miro a los hormagantes y guerreros que ahora me rodean, cada uno de ellos atado a mí como yo alguna vez estuve atado a la Mente Enjambre. Me pregunto si sienten algo en sus mentes: un rastro de su vida anterior, alguna noción de lo que soy para ellos. Me pregunto si saben que estoy haciendo lo que su antigua ama hizo conmigo.

Pero no importa. La arkeobóveda es mi destino. Y con cada paso, con cada criatura capturada, estoy más cerca de romper los cimientos de este universo. Porque sé que dentro de esas reliquias antiguas está el poder para doblegar al Enjambre… o destruirlo.

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