Bienvenido a la Cruzada Oldicus
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Carne Muerta
Estaba sentado en mi trono, como siempre lo he estado, rodeado de la decadencia que es el reflejo de mi propia existencia. Mi palacio, construido a partir de la gigantesca carcasa de un Harridan en descomposición, era el emblema de mi poder: una fortaleza de hueso, carne en descomposición y miedo. Los pasillos resonaban con ecos de antiguas miserias y mi mirada, oculta tras la oscuridad de mis capuchas, se perdió en las sombras que danzaban a la luz de las antorchas, que parpadeaban como si se burlaran de mí. Cada chispa que se apagaba era como una sinfonía de desdicha.
El hedor a muerte y podredumbre se filtraba en mi nariz, algo que, de alguna manera, me reconfortaba. Nada más acorde con mi ser que este ambiente de deterioro eterno. Pero entonces… entonces algo cambió. El aire se volvió pesado, y un murmullo en las sombras hizo que mis sentidos se alertaran. Una figura encapuchada, que no lograba distinguir completamente, apareció en la entrada del palacio, cojeando, arrastrando un pie de manera perturbadora, como si la misma tierra le rehusara la existencia.
¿Qué diablos…?
Era una presencia que me incomodaba, esa sensación helada que me recorría la espina dorsal. Sin pensarlo, mis ojos se alzaron de su habitual estado de desdén, y un leve movimiento de cabeza fue suficiente para que mis guardias, los temidos Guardias del Sudario, se movieran al instante.
Ellos eran mis guerreros más leales, envueltos en oscuros sudarios que parecían absorber la luz. Eran la cúspide de mi poder, y en su presencia, ni el más pequeño resquicio de duda me tocaba. Pero al ver cómo avanzaban hacia la figura encapuchada, algo se rompió en el aire, como un suspiro del abismo mismo.
En un parpadeo, ya no había cuerpos. Mis guardias, que un momento antes estaban listos para defenderme, cayeron como muñecos rotos. No hubo lucha, no hubo resistencia, solo silencio. Un silencio absoluto. Y luego… la oscuridad. Una oscuridad que cubrió cada rincón del palacio, apagando todas las llamas y dejando a los pasillos sumidos en la penumbra.
Solo había una cosa, o más bien, una presencia que se materializaba ante mis ojos.
Sus ojos, brillando con una luz descomunal, destellaron en la negrura. Aquellos ojos eran como dos soles abrasadores, y con cada centella que emitían, mi existencia misma se veía como un frágil espejismo. Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondió. Estaba paralizado. Algo más allá de mi control me dominaba. No era miedo. Era terror puro. Terror a ser borrado, a ser desvanecido de la existencia.
Los ojos fulgurantes se posaron en mí, y la voz… esa voz… resonó en lo profundo de mi mente, penetrando mi ser de manera que no pude evadir. Era profunda, gutural, como el crujido de las estrellas muriendo. Me heló hasta los huesos, pero no pude apartarme.
"Pandemius…" resonó, retumbando en las paredes de mi alma. "Tu oscuridad es poderosa, pero aún insuficiente. Los planes están en marcha. Y tú… tú cumplirás tu papel, aunque no lo entiendas."
Mi mente se retorció ante esas palabras. Algo en mi ser, algo en mi núcleo, se quebró. Yo que había visto el devenir de las eras, yo que había manejado la muerte y la desesperación con solo un chasquido, sentí por primera vez el peso de la vulnerabilidad. Algo en mi interior me decía que esa energía, esa esencia de oscuridad pura, podía aniquilarme en un abrir y cerrar de ojos. Podía desaparecerme, hacerme nada.
Pero antes de que pudiera dar forma a cualquier palabra, la figura se adelantó, y de la nada apareció un libro en sus manos. El Liber Demonicus. El mismo códice que había perdido en la toma de Xanatar, cuando mi ascensión a príncipe demonio parecía casi asegurada. El códice, mi mayor tesoro, mi conexión con los oscuros secretos del abismo, me fue entregado en silencio, como si la entidad supiera lo mucho que lo necesitaba. En sus páginas se encontraba el poder para remodelar la realidad, para desterrar o liberar a quienes osaran desafiarme.
La entidad me miró una vez más, como si pudiera ver hasta lo más profundo de mi alma, y su voz volvió a hablar, esta vez más fría, más distante.
"Tómalo, Pandemius. Pero recuerda, este es un regalo. Un obsequio para que juegues tu parte. Porque si no lo haces… no habrá nada que pueda salvarte de lo que se avecina. Y si fallas… serás olvidado."
Antes de que pudiera reaccionar, la oscuridad se disipó tan rápido como llegó, y me encontré nuevamente en mi trono, solo, rodeado de la putrefacción que había sido mi palacio. El Liber Demonicus reposaba en mis manos, su presencia abrumadora. La marca de la entidad seguía ardiendo en mi pecho, una advertencia de lo que vendría.
Mis guardias caídos… ¿era todo parte del juego de esa entidad? ¿Un recordatorio de su poder? No lo sabía, pero sí sabía algo con certeza: mis planes habían cambiado. Ahora tenía que seguir el camino que esa sombra me había señalado, no por miedo, sino por pura necesidad. No podía fallar, no sin arriesgarlo todo.
El futuro estaba marcado. Y no me daría el lujo de fallar.
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