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"El Día que Rugió Metallorca"
La noche era oscura en los yermos de Cifrus Secundus. Una hoguera improvisada crepitaba en el centro de un círculo de gretchins, sus sombras parpadeando en la roca áspera mientras miraban con atención al viejo grot conocido como Skraga el Chismoso. El pequeño, encorvado por años de escapadas y trabajos sucios, sostenía un palo ardiente como si fuera un cetro, listo para relatar uno de sus cuentos más esperados.
—¡Esto fue hace un par de Waaaghs, antes de que el Varon Rojo hiciera sus locuras! —empezó Skraga, haciendo una pausa dramática mientras los otros gretchins tragaban saliva.
—Estábamos en un campo de batalla grande como mil chatarraz, rodeaos de humos y explosiones. Los grandulonez se daban porrazos a lo grande contra unos zumbaz metálicos raros. ¡Necronez, creo que les llamaban! Pero pa’ nosotros, los pequeños, todo era correr por la chatarra, esquivando balas y tropezando con las tripas de los que no lo lograban.
El grupo de gretchins soltó un "oooh" en coro. Skraga alzó el palo y continuó.
—Y entonces, ¡pum! La tierra se abrió como si Gork y Mork hubieran decidido que ahí era el escenario perfecto pa’ algo épico. La niebla roja empezó a salir de los cráteres, y desde el horizonte... ¡se escuchó un zumbido! Al principio pensaba que era un gargante arrancando, ¡pero no, era más potente!
—¿Era un cañón? —interrumpió un joven grot con ojos desorbitados. —¡Mejor aún, mocoso! —rugió Skraga con entusiasmo—. ¡Era una guitarra gigantezka hecha por los mismísimos mekánikos de Mork!
El sonido venía de un gran camión akorazado, con un montón de parlantes y luces brillantes, y sobre él... ¡apareció Jomork Orkfield!
Un jadeo colectivo escapó de los gretchins.
—Jomork —continuó Skraga con reverencia—, llevaba su armadura negra llena de pinchos y calaveras, su guitarra grandota colgando del hombro, ¡y un hacha que brillaba como si tuviera llamas de verdad! De pie, a su lao, estaban los noblez de Metallorca, una banda de loz más grandulonez que he visto. Unoz tenían tamborez enormes que sonaban como relámpagos, otros llevaban más guitarras, y había un grot loco con una caja de botonez que hacía ruidos que nos volaron las orejillas.
¡BOOM, BAM, ZRRRAAAANG!
—¡Cargaron, muchacho! Pero no solo con sus hachaz y armas, ¡con la música! El camión seguía avanzando, disparando chispas y humo, mientras Jomork arrancaba el primer riff. Los noblez de Metallorca sincronizaban los ritmos como si fueran un equipo de guerra. Los necronez empezaron a retroceder, ¡porque no soportaban el ruido!
—Y ahí estaba yo, escondido tras un pedazo de chatarra, viendo cómo Metallorca encendía la pelea. Los orkoz, que ya estaban medio cansados, empezaron a rugir con más fuerza, al ritmo de la música. ¡Era como si los hubiera poseído un Waaaagh nuevo!
—¡Y cuando llegó el gran final, Jomork alzó su guitarra, la convirtió en un lanzacohete, y disparó directo al jefe necron! ¡KA-BOOM!
Skraga se recostó, satisfecho, mientras los otros gretchins murmuraban emocionados, imaginando a los imponentes rockeros orkoz y su música atronadora. El viejo grot sonrió para sí mismo. La historia, como todas las buenas historias orkas, había crecido un poco con cada repetición, pero, ¿quién era él para detener una buena Waaagh... o un buen riff?
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