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En las entrañas de Ferrum
El aire era denso y fétido en las profundidades del Underhive de Ferrum, un laberinto interminable de pasillos oxidados y húmedos donde la muerte y el caos se aferraban con uñas y dientes. Cada paso resonaba como un eco lejano, un testigo incorpóreo de su avance. Enoc caminaba con cautela, sus pensamientos arremolinándose como un torbellino dentro de su mente.
Gehemna se mantenía a pocos pasos detrás de él, una imponente figura de puro instinto y destrucción, su silueta inconfundible entre las sombras del corredor. Gehemna no era un arma, sino algo mucho peor: un Prime Tiránido, un guerrero formidable entre una raza de pesadillas. Pero este no era un tiránido común, no del todo. Estaba bajo el influjo de Enoc, controlado por el poder de su mente, sometido a su voluntad. Un experimento peligroso que bordeaba el abismo entre la genialidad y la locura.
Sin embargo, Enoc sabía que no era más que un delicado equilibrio. Una fina línea separaba su dominio del caos absoluto.
—Gehemna… —murmuró para sí, con un leve temblor en la voz—. No dejes que el hambre te domine.
El Prime no respondió, pero su presencia era como un fuego vivo que ardía detrás de él. También estaban los otros: un par de guerreros tiránidos más pequeños que seguían su estela, sometidos por el vínculo psíquico que Enoc había forjado. A pesar de su control, nunca podía confiar del todo en ellos. La naturaleza de la colmena no permitía traiciones, pero si su dominio flaqueaba, se volverían contra él sin dudarlo.
Ferrum había sido testigo de muchas atrocidades, pero ahora, incluso en sus entrañas, los rumores hablaban de algo peor. Algo más antiguo, más oscuro, acechaba en la profundidad. Enoc lo sentía, como una presión constante en su mente, como si alguien —o algo— lo estuviera observando.
El suelo bajo sus pies crujió débilmente, pero él no prestó atención. Estaba demasiado perdido en sus pensamientos.
—No hay descanso aquí, —se dijo a sí mismo mientras avanzaba. Las luces parpadeaban y las sombras parecían moverse con vida propia. Entonces, sin previo aviso, el metal oxidado cedió.
Enoc perdió pie.
El suelo se desmoronó bajo su peso, y con un grito ahogado, cayó varios metros, chocando contra el duro suelo del nivel inferior. Las luces parpadeantes no alcanzaban esa profundidad; la oscuridad lo envolvió por completo.
—¡Maldita sea! —jadeó, intentando incorporarse mientras sentía un dolor agudo en el costado.
No estaba solo.
El rugido ensordecedor de uno de los guerreros tiránidos le heló la sangre. Había caído con él, y ahora lo acechaba como una bestia liberada. Pero peor aún, Gehemna también había caído. El Prime se encontraba de pie, inmóvil, pero algo en su postura había cambiado.
Enoc sintió la tensión psíquica romperse como una cuerda vieja.
—No... —murmuró, horrorizado.
Gehemna giró lentamente hacia él, su mirada carmesí brillando con un hambre desatada. El control de Enoc se había quebrado. No era una rebelión, no del todo; era como si algo externo, algo mucho más poderoso, hubiera desgarrado el vínculo entre ambos.
El primer guerrero tiránido se lanzó hacia él, y Enoc apenas tuvo tiempo de esquivar el golpe. A pesar del dolor en su costado, su mente se afiló con instinto de supervivencia. Desenfundó su lanza-vara, un arma diseñada tanto para combatir como para amplificar sus habilidades psíquicas, y descargó un golpe directo que atravesó el cráneo de la criatura.
El cuerpo del tiránido se desplomó, pero no hubo tiempo para respirar. El segundo guerrero ya se abalanzaba hacia él con un rugido, sus garras destellando bajo la tenue luz. Y detrás, Gehemna avanzaba, su figura imponente y su mirada cargada de pura destrucción.
—¡Controla tu mente, Gehemna! —gritó Enoc, intentando restablecer el vínculo psíquico. Pero no funcionaba. Algo se interponía, algo que parecía reírse de sus esfuerzos.
El segundo guerrero lanzó un golpe brutal que Enoc apenas logró esquivar, su lanza interponiéndose para desviar las garras de la criatura. Pero esta vez no había tiempo para una contraofensiva. El tiránido era implacable, sus ataques incesantes lo forzaban a retroceder, cada vez más cerca de la pared.
Y entonces, ocurrió.
El guerrero se detuvo en seco, sus movimientos congelados como si una fuerza invisible lo hubiera encadenado. Un instante después, comenzó a convulsionar violentamente, lanzando un grito inhumano. Enoc lo miró, atónito, sin comprender lo que estaba sucediendo.
De repente, el cuerpo del guerrero explotó en un estallido visceral, cubriendo a Enoc con sangre negra y fragmentos de hueso y quitina. El impacto lo lanzó contra el suelo, jadeando y cubierto por los restos. Aturdido, intentó levantarse, pero algo lo detuvo. No era físico. Era una presencia.
Dos ojos brillantes, como soles abrasadores, emergieron de las paredes mismas, atravesando la oscuridad.
—No… no puede ser… —susurró Enoc, su voz apenas un susurro.
Gehemna, por primera vez desde que cayó, se había quedado inmóvil. El Prime parecía paralizado, como si la misma fuerza que había destruido al guerrero lo hubiera contenido.
La voz llegó a su mente, no a sus oídos. Un torrente de palabras llenas de furia, condena y algo más... algo que no podía nombrar.
*"¿Perder pie, aquí, Enoc? ¿Permitir que tu voluntad sea rota por meros insectos? Qué decepción. No tendrás otra oportunidad."*
—¿Qué eres? —logró preguntar, su voz temblando.
La figura sombría, si es que podía llamarse figura, pareció hacerse más grande, y los ojos ardieron con intensidad.
*"Soy lo que siempre está, observándote, evaluándote. Pero aún no eres digno. Si deseas sobrevivir en este juego, Zoat, te sugiero que viajes a Xanatar. Allí encontrarás a alguien que te será de utilidad. Pero no olvides esto: te observo, y no te concederé otra oportunidad."*
El eco de las palabras resonó en su mente incluso después de que la figura se desvaneciera. La oscuridad volvió a envolverlo, pero el silencio no trajo consuelo.
Gehemna se movió lentamente, un rugido bajo y confuso emanó de su garganta, pero su mirada ya no estaba perdida en la furia. Estaba bajo su control, una vez más. La conexión psíquica había regresado, pero ahora Enoc sabía lo frágil que era.
Los restos del guerrero estaban por todas partes, prueba de que aquello había sido real. Enoc se puso de pie, tambaleándose. Estaba confundido, herido, pero más que nada, estaba asustado.
—Xanatar… —murmuró.
Fuera lo que fuese esa entidad, sabía que no tenía elección. Con el rostro endurecido, Enoc se giró y comenzó a avanzar, mientras los ecos de la voz resonaban en su mente. La sombra había hablado. Y su advertencia era clara.
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