La entidad 1: Los Ojos en la oscuridad.

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Los ojos en la oscuridad

Los ojos en la oscuridad

Respiro profundamente, llenando mis pulmones con el aire reciclado y metálico de la barcaza de combate Sanguine Tempest. Por primera vez en meses, sentí que podía respirar sin el peso de Xanatar aplastando mi alma. La recuperación había sido larga, dolorosa… pero necesaria. Cada cicatriz en mi cuerpo hablaba de las interminables pesadillas que había soportado en aquel mundo maldito. Y, sin embargo, ahora, aquí, a bordo de la nave, con la promesa de regresar a la batalla, sentía algo que creí perdido para siempre: alivio.

Había pasado noches enteras sufriendo visiones de muerte, rostros sin ojos que gritaban mi nombre desde la oscuridad. Pero ninguno había sido tan persistente como el de él: Sir Mordred, el hermano caído, el caballero que alguna vez fue un faro de virtud entre nosotros, pero que ahora era un espectro de traición y condena. Durante semanas después de abandonar Xanatar, lo veía en cada esquina, en cada sombra, su figura ennegrecida por el odio y los fuegos de la herejía, sus ojos brillando como soles moribundos. Pero, con el tiempo, esas visiones comenzaron a desvanecerse.

Había hecho las paces con él, o al menos eso me decía a mí mismo. Había aceptado que la muerte lo había reclamado y que su alma, en su agonía, buscaba atormentarme. Sin embargo, ahora, ese tormento parecía pertenecer al pasado. Me sentía libre. Por primera vez desde Xanatar, me sentía completo.

Mientras me ajustaba la armadura en la penumbra de mi cámara privada, observé las cicatrices en mi pecho reflejadas en el espejo gastado. Cada una de ellas era una lección, un recordatorio de mi deber, de la sangre que debía derramarse en nombre del Imperio. Pero en ese momento, un escalofrío recorrió mi columna, tan abrupto que solté el respirador que estaba ensamblando.

Algo estaba mal.

El silencio del compartimento me golpeó como un mazo. Los zumbidos constantes de los sistemas de soporte vital y las vibraciones de la nave parecían haberse desvanecido. Me giré lentamente, instintivamente buscando mi bólter. La luz parpadeante de las luminarias del techo proyectaba sombras danzantes en las paredes. Me dije que no era nada, que los sistemas de la nave a veces sufrían fluctuaciones. Pero entonces lo vi.

Dos puntos de luz en la oscuridad.

Dos ojos brillantes, como soles rojos a punto de extinguirse.

Mi corazón se detuvo. La respiración se hizo pesada, como si un yunque invisible aplastara mi pecho. Allí estaba él, recortado entre las sombras al final de la estancia, una figura alta, oscura, como un caballero surgido de una pintura maldita. Sir Mordred.

"¿Creíste que podías escapar, Valentín? ¿Creíste que nuestras cuentas estaban saldadas? Yo no busco redención. Yo busco sangre."

El suelo pareció ceder bajo mis pies, y mi mente se llenó de las imágenes de Xanatar: cuerpos desmembrados, gritos de aliados y enemigos por igual, y la risa fría de Mordred mientras arrancaba vida tras vida. Había logrado sobrevivir a ese infierno, pero ahora entendía que la verdadera batalla no había terminado.

Su figura avanzó un paso, y las luminarias chispearon y estallaron, sumiendo la habitación en una oscuridad rota únicamente por los dos soles ardientes de sus ojos. Mi mano tembló al levantar el bólter, apuntando al espectro.

"¡No eres real!"

Las explosiones de los disparos iluminaron la estancia, pero Mordred no se movió. No hubo impacto, no hubo resistencia, como si la materia misma no pudiera tocarlo. Entonces, en un instante, estuvo frente a mí, su rostro a apenas unos centímetros del mío.

"La muerte no es el final, Valentín. Es el principio."

Sentí sus garras heladas cerrándose alrededor de mi garganta, y el mundo se desmoronó. Mi visión se tornó negra, salvo por esos dos ojos que parecían arder más brillantes que nunca, y una última palabra escapó de mis labios antes de que la oscuridad me reclamara.

"Mordred…"

Epílogo

Me desperté en la enfermería, jadeando, cubierto de sudor frío. Las luces blancas y esterilizadas de la sala eran un contraste abrumador con las sombras en las que había estado. Un apotecario me miró con curiosidad.

—Capitán, ¿está usted bien?

—No lo sé…

Pero mientras me incorporaba, juré que, en el reflejo de una pantalla apagada, vi dos ojos rojos brillando en la distancia, observándome, esperando. Mordred no había terminado conmigo. La muerte aún me cazaba.

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