Muerte en las calles, Ciclo 1 - El Ezkurridor EXTRA - Capítulo 3:

Muerte en las calles - Ciclo 1

“La Rabia del Ezkurridor”



¡Malditoz todoz! ¡Todititoz! ¡Maldito el nombre de Alastor y to’a zuz lataz de metal brillantez! ¡Ziempre en mi camino, ziempre robándome lo que ez mío! ¡El Obscurum! ¡MI Obscurum! ¡Y ahora lo ha tomado!  


Mi guarida está hecha un desastre, igual que mi cabeza. Estallo de rabia, arrancando paneles oxidados de las paredes y pateando las montañaz de chatarra que antes me hacían sentir grande. El zumbido de los generadorez de energía se mezcla con mi propio rugido. Todo lo que intenté, todo lo que tramé… y zólo he ganado derrota.  


"¡AHHHHH!" Golpeo una mesa de trabajo, lanzando piezas de hierroz en todas direccionez. "¡Ezto ez una burla! ¡Yo zoy el Ezkurridor, el ma’z grande estratega de loz Verdez, y he zer robado por un necrón zarnoso y zuz epectroz zarnosoz!”  


El eco de mi voz retumba por la sala, pero no calma el fuego que siento en mi interior. Camino de un lado a otro, pateando un barril medio lleno de aceite que explota y salpica en todas direcciones. No importa. ¡Nada importa! Lo único que importaba, lo único que me haría rey entre los míoz, me fue arrebatado.  


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Mientras maldigo y escupo, escucho pasos pesados acercándose, seguidos de un chirrido de ruedas. Al principio pienso que alguno de mis muchachos viene a pedirme algo. Mejor que no lo hagan, o…  


Pero cuando la puerta cruje, lo veo: el Doktork Grapadora, su figura imponente, cubierta de manchas de sangre (¿o será pintura roja?), entra empujando un carrito cubierto con una manta. Sus ojos brillan de emoción bajo su casco, como si hubiera encontrado la respuesta a todas las preguntas del universo.  


—"¡Ya lo tengo, Ezkurridor! ¡Ya lo tengo! ¡Mira eztaz prezziozidad!" —grita, con su voz ronca y chillona, mientras sus ruedas chirrían bajo el peso del misterioso objeto.  


Lo miro, entrecerrando los ojos, con las manos aún temblando por la rabia. Quiero gritarle, lanzarlo por la sala y seguir desahogando mi furia, pero algo en su tono me hace detenerme.  


—"¿Ke demonioz me traez ahora, Grapadora? ¡Mejor ke ezté bueno, o terminaráz pegado a tu propio brazo bióniko!"  


El Doktork suelta una carcajada nerviosa y corre hacia el carrito, arrancando la manta de un solo tirón. Ahí está.  


Mis ojos se abren de par en par. Mi mandíbula casi toca el suelo.  


Es… ella.  


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La moto.  


La vieja máquina de Valentín O'Rossi, el destroza-pistas humano, ahora transformada, embellecida, glorificada. El motor ruge suavemente con un sonido grave y violento, como el ronquido de un karro de guerra listo para la batalla. La carcasa está cubierta de placas de acero orko, con pinchos por todas partes, y tubos de escape que chisporrotean fuego verde. Grapadora incluso añadió cadenas giratorias a las ruedas, que brillan con aceite fresco.  


Y en el manillar, como una corona de gloria, está el tótem del Ezkurridor: un cráneo humano encajado en una jaula de hierro, con runas burdamente pintadas que proclaman: "Zólo yo eztoy al mando."  


—"¡¿Kómo lo vez, jefe?! ¡Ez ZUYA! ¡Ahura pozráz ekkurrir más rápido ke nunka! ¡Ni Alastor ni zuz esqueletos podrán verte ni olerte! ¡Ez perfeckta pa’ zurkarrar y rekurperar todo lo ke ez de loz Verdez!"  


Mi rabia comienza a disiparse, sustituida por algo que no sentía desde antes de perderlo todo: esperanza.  


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—"Ahura voy a recuperarlo! ¡El Obscurum, Grapadora! ¡Voy a zerkar a Alastor y zu mundillo de chatarra, y voy a rekordarle por ké zoy el Ezkurridor!" 


"Alaztor… Voy por ti." 


Y esta vez, no habrá nada ni nadie que me detenga.

Muerte en las calles, Ciclo 1 - Alastor EXTRA - Capítulo 3:

Muerte en las calles - Ciclo 1

La reunión del Astra Consilium


El eco de las puertas al cerrarse resonó como un trueno en la inmensa sala de la reunión. El Consilium no se había convocado de esta manera en más de 400 años, desde aquel día en que la Arkeobóveda implosionó y condenó a Cifrus Prime a la eternidad de su colapso. La atmósfera era densa, cargada de tensión, de sospechas y secretos a punto de desbordarse.

Mis dedos giraban mecánicamente sobre la desgastada medalla de la Senda del Agua, un recuerdo de tiempos más simples. Miré a mi alrededor, fijándome en cada rostro, cada figura reunida en torno a esta hoguera de intriga y desconfianza.

Elroth, el Cantor de Marfil, estaba sentado a mi derecha, su máscara tallada de hueso aeldari reflejando la tenue luz de la sala. Aeda Oseo, del mundo astronave Altansar, permanecía en un silencio inquebrantable, una presencia tan fría y distante como las estrellas. Frente a ellos, Ildrath, el corsario drukhari, lucía una expresión de diversión cruel, como si todo esto fuera un juego y él simplemente estuviera esperando su turno para mover las piezas.

El Orko ke Ve estaba sentado a un lado de la sala, su masiva figura inclinada hacia adelante. Con su vara chamánica hecha de restos de vehículos destartalados y huesos alienígenas, su mirada amarillenta y penetrante recorría la sala, como si entendiera mucho más de lo que cualquiera esperaría de un orko. A su lado, la figura amenazadora de El Cruel, el Ángel Oscuro. Su presencia siempre imponía respeto, pero hoy parecía particularmente tensa.

Entonces estaba Dominicus el Pío, con su sonrisa calculadora, su voz siempre dispuesta a lanzar discursos grandilocuentes, aunque su mirada delataba la maquinaria política que constantemente trabajaba detrás de esa fachada de santidad. Kunturi, el cazador kroot de los círculos de caza, se mantenía en las sombras, sus ojos de depredador observando todo con aguda precisión.

Lady Helena, la representante de la hermandad votann de minería de Valaya, se mantenía en su asiento con una mezcla de indiferencia y desdén, como si estuviera aquí solo por obligación, no porque realmente lo deseara. Y Enoc, el hombre de hierro, como siempre, se manifestaba solo a través de un holograma, su voz resonando con una frialdad artificial que siempre ponía a todos en alerta.

Y entonces… él.

Cypher. El Hombre Sin Nombre, estaba allí, apoyado contra una columna con una tranquilidad perturbadora, jugueteando con una de sus pistolas con la destreza de un artesano. Nadie lo había invitado. Nadie lo esperaba. Y, sin embargo, allí estaba, como si siempre hubiera pertenecido a este selecto grupo.

La presencia de Cypher era como un cuchillo en el aire. Sabía que molestaba profundamente a El Cruel, cuya tensión se reflejaba en sus puños cerrados y su mirada clavada en el misterioso astartes renegado. La animosidad entre ambos era palpable, pero nadie se atrevía a mencionarlo.

Fue Sir Percibal, el antiguo regente de Cifrus, quien finalmente rompió el silencio. Su voz resonó en la sala con un tono solemne:

Hermanos. Me encuentro en la tesitura de convocar al Concilio porque ha llegado a mis oídos que Alastor está siguiendo su propia agenda.

La sala, ya tensa, pareció endurecerse aún más con esas palabras. Percibal continuó:

—Todos nosotros, sin excepción, nos debemos al principio máximo que guía al Astra Consilium: la erradicación de la disformidad. Todos conocemos el mal que nos acecha. Todos, en mayor o menor medida, hemos sentido la mácula del Caos. Pero Alastor… ese viejo loco ha cruzado un límite que no podemos tolerar.

Elroth inclinó la cabeza ligeramente, interesado. Los ojos de Ildrath brillaron con una chispa de malicia. Dominicus sonrió de forma apenas perceptible.

Percibal hizo una pausa, calibrando sus palabras.

—Pretende activar el pilón bajo Ferrum. Pretende liberarla… a ella.

Las reacciones fueron inmediatas. Los murmullos estallaron como un incendio. Lady Helena frunció el ceño, inclinándose hacia adelante como si hubiera escuchado mal. El Orko ke Ve dejó escapar una risa gutural que resonó como un trueno en la sala. Kunturi, sin embargo, se mantuvo en silencio, con los ojos entrecerrados, mientras calculaba algo en su mente.

Pero el más afectado era El Cruel. Su voz cortó el aire como un látigo.

—Esto es herejía, pura y simple. Si esto es cierto, Alastor no solo ha traicionado al Consilium, sino a todo lo que juramos proteger.

El ambiente se tornó aún más caótico. Las voces se alzaban, los argumentos cruzaban la sala como dardos envenenados. Dominicus comenzó a hablar con palabras llenas de dramatismo, mientras Lady Helena discutía acaloradamente con Ildrath sobre las implicaciones estratégicas de lo que Percibal había dicho.

Y Cypher… permaneció en silencio. Su sonrisa era apenas visible bajo la penumbra de su capucha, pero sus ojos parecían observarlo todo, como si estuviera juzgando cada palabra, cada movimiento.

Finalmente, no pude soportar más el desorden. Me levanté, la medalla de la Senda del Agua aún en mis manos, y di un paso al frente.

¡Silencio!

Mi voz resonó por encima del tumulto, y la sala quedó en un silencio sepulcral. Incluso Cypher dejó de jugar con su pistola, aunque su expresión seguía siendo inescrutable.

—No estoy aquí para defender a Alastor. Tampoco para condenarlo. Pero permitidme que os cuente algo que quizás os ayude a comprender la gravedad de esta situación.

Relaté, con voz firme, mi encuentro con el mal que asola este universo. La disformidad, ese susurro que corrompe todo lo que toca. Les hablé de cómo el Bien Supremo que una vez defendí como maestro de la Senda del Agua no era más que una ilusión, una cadena que nos ataba a ideales imposibles.

—Alastor… ha olvidado esto. Ha olvidado por qué estamos aquí. Sus acciones ya no están guiadas por la necesidad de proteger este universo, sino por su obsesión personal. Y eso, mis hermanos, no podemos permitirlo.

El silencio que siguió fue denso, cargado de decisiones que cambiarían el curso de nuestras vidas. Uno a uno, los líderes comenzaron a votar.

Cuando llegó el turno de Cypher, no dijo nada. Simplemente levantó una mano, señalando su voto con un gesto silencioso.

Finalmente, la decisión estaba tomada. Alastor ya no era uno de nosotros.

Cuando las puertas se cerraron tras nosotros, supe que esta no era la última vez que su nombre se mencionaría. Las sombras de la disformidad seguían acechando, y algo me decía que este era solo el principio de un nuevo desastre.

Muerte en las calles, Ciclo 1 - Enoc EXTRA - Capítulo 3:

Muerte en las calles - Ciclo 1

El susurro de Xanatar


En la oscuridad de la nave, sólo el constante zumbido de los reactores antiguos rompe el silencio. Mi hogar, un relicario flotante perdido en la vastedad del espacio, la última muestra de la grandeza de mi pueblo: una nave de manufactura Zoat, su estructura una mezcla imposible de ingeniería orgánica y mecánica, tan viva como yo mismo. Cada respiración de sus paredes vivientes resuena en mi pecho, un recordatorio de lo que alguna vez fuimos… y de lo que ahora soy: el último de mi linaje.

Estoy solo. Siempre he estado solo. La reunión del Astra Consilium fue, como siempre, un desfile de ego y conflicto. Cada uno de esos líderes, tan encumbrados en sus propios ideales y ambiciones, no eran más que piezas de un tablero que ni siquiera comprenden. Ni siquiera sé por qué fui. No participé en la votación; no escuché los discursos. ¿Qué importa Alastor y su búsqueda desesperada? ¿Qué importa el Obscurum, el Misterium o las intrigas de las facciones?

Nada de eso importa ya.

Porque ahora, sólo un nombre domina mi mente. Xanatar.

Xanatar.

Las palabras de la Entidad aún resuenan en mi cabeza, un eco imposible de acallar.

—"Todo lo que buscas, todo lo que ignoras, todo lo que temes… se encuentra en Xanatar."

La forma en la que lo dijo… fría, calculada, como si hablara no sólo conmigo, sino a través de mí. Como si las palabras estuvieran destinadas a despertar algo que había estado enterrado en lo profundo de mi ser.

Desde entonces, mi mente no ha conocido descanso. Lo veo incluso cuando cierro los ojos: un lugar perdido en la oscuridad, un mundo envuelto en sombras y misterio. Xanatar. Lo he oído antes, lo sé. No en esta vida, no en este tiempo, pero en algún rincón olvidado de mi alma, esa palabra resuena como una canción familiar.

¿Qué es Xanatar? ¿Por qué me lo susurró la Entidad? Y, más importante aún, ¿por qué tengo la certeza de que debo ir allí?

Me levanto de mi trono en la sala central de la nave. Es una estructura alienígena, formada por un material que parece carne endurecida y metal fusionado, todo pulsando suavemente con vida. El aire aquí siempre es cálido, como si la nave misma respirara conmigo. Extiendo una mano, dejando que mis dedos recorran las paredes, sintiendo los latidos de este antiguo coloso.

—"¿Lo sientes también?" —susurro, más para mí que para la nave.

La nave no responde, pero sé que me escucha. Siempre me escucha. Ella es lo único que queda de mi linaje, de los Zoat, de nuestro intento de trascender. Mi especie construyó estas naves como una extensión de nosotros mismos, como un hogar y una herramienta para navegar la inmensidad del universo. Pero ahora, esta nave es sólo un mausoleo flotante, un testigo mudo de la extinción.

Y sin embargo, siento que incluso ella se inquieta cuando pienso en Xanatar.

Regreso a mi cámara de observación, una vasta sala abierta con un ventanal que se extiende hacia la eternidad. El espacio se despliega frente a mí, salpicado de estrellas y nebulosas que parecen bailar en la distancia. Pero ninguna de esas maravillas logra distraerme. Mi mente sigue atrapada en ese único pensamiento.

Xanatar.

¿Qué soy yo sin respuestas? Toda mi vida ha sido una búsqueda, un intento desesperado de encontrar un propósito en un universo que no tiene piedad para los últimos rezagados...

Y con eso, la nave se pone en marcha, llevándome hacia lo desconocido, hacia el final de mi búsqueda… o el principio de mi destrucción.

Muerte en las calles, Ciclo 1 - Barakiel EXTRA - Capítulo 3:

Muerte en las calles - Ciclo 1

En la penumbra.


Mi nombre es Galatea, y ellos me llaman Santa. Pero aquí, en este estrecho habitáculo de la barcaza de batalla de los Ángeles Oscuros, donde las paredes parecen cerrarse sobre mí, ese título no es más que una cruel ironía. Mi cuerpo es un mapa de cicatrices, cada una un eco de la masacre que dejó la concatedral en ruinas. Fue allí donde Barakiel me encontró, entre los escombros y las cenizas.

Esta nave, impregnada de secretos, me pesa en el alma. Los Ángeles Oscuros no me miran con devoción, como lo hacían mis seguidores. Sus miradas están llenas de recelo, de algo casi hostil. Aquí, no soy más que un símbolo que ellos deben vigilar, un recordatorio de algo que no comprenden del todo. Pero todo eso se desvanece frente a lo que ahora siento. Algo está aquí, algo que ninguna fuerza en el universo podría detener.


La oscuridad se arrastra

Estoy sola. Solo el parpadeo de una vela ilumina la pequeña celda. Su luz parece frágil, como si en cualquier momento el vacío pudiera reclamarla. Me aferro a mis oraciones, pero las palabras se desvanecen antes de llegar a mis labios, como si alguien las arrancara de mi mente.

El aire cambia. Lo siento en mi piel, en mis pulmones. Se vuelve más pesado, cargado con una presión sofocante. La llama de la vela tiembla y, en un instante, se apaga. Todo queda sumido en una oscuridad más densa que la noche.


Lo veo

Esta no es una ausencia de luz. Es algo vivo, una presencia que devora todo a su paso. Trato de moverme, pero mi cuerpo no me responde. Estoy atrapada, suspendida en este abismo de muerte.

Y entonces, lo veo.

Dos ojos brillan en la oscuridad. No son ojos humanos. Ardientes, refulgentes, como dos soles distantes que miran dentro de mí. No hay rostro, no hay cuerpo. Solo esos ojos que me queman con su mirada.

Quiero rezar, pero mi mente se quiebra bajo el peso de su presencia. Intento moverme, buscar mi espada, mi salvación. Pero mis manos están inertes, mi cuerpo es una prisión.

Y entonces, habla.


La voz de la entidad

La voz es un coro de gritos, un rugido distante y cercano al mismo tiempo. Cada palabra es un tormento, un eco que reverbera dentro de mi cabeza.

—Ahora mismo no me eres útil... Necesito despejar el camino. Es hora de dormir, marioneta.

Intento luchar, pero es inútil. Su voluntad es un muro infranqueable. Mi mente, mi fe, todo se derrumba como un castillo de arena. La oscuridad me envuelve, fría y absoluta.

Y entonces, todo se apaga.


El despertar

Cuando vuelvo a ser consciente, no estoy sola. Oigo voces, murmullos preocupados. Mi cuerpo sigue sin responder, pero mi mente está despierta. Escucho al Apotecario hablando con tono grave, pronunciando palabras que calan en mi alma:

—Más allá de la vida, pero no en la muerte.

La noticia corre entre los zelotes como un incendio. El caos se desata mientras intentan comprender lo incomprensible. Pero entonces, como una tormenta, Barakiel entra en la sala.

Su presencia es imponente, su rostro una máscara de determinación. Sin mediar palabra, desenvaina su pistola bólter.

—No podemos permitir que esto se sepa.

Los disparos llenan la habitación. Uno tras otro, los testigos caen, sus cuerpos desplomándose en un silencio frío. Los ecos de las detonaciones resuenan, y luego, solo queda el silencio.


La intervención del Pío

El silencio no dura. Antes de que Barakiel pueda ordenar su próxima acción, la puerta se abre de golpe. Una figura vestida con ropajes ornamentados y dorados entra en la sala, su voz resonando como si estuviera dando un sermón ante miles:

—¡Barakiel, hermano! ¡Qué espectáculo más innecesario!

Dominicus el Pío. El mismísimo Archiconfesor, con su sonrisa calculada y su mirada llena de astucia. Su entrada es como un veneno derramado en el aire. Puedo sentirlo incluso en mi estado paralizado: este hombre no trae consigo redención, solo manipulación.

Barakiel le dirige una mirada asesina, pero no dice nada. Ambos saben quién es Dominicus y el peso de su influencia en el sector.

—Entiendo, entiendo… —continúa Dominicus, alzando las manos como en un gesto de paz—. Es vital que esto no salga a la luz. La fe de las masas es frágil, después de todo. Pero, mi querido Barakiel, no puedes llevar este peso solo. Déjame ayudarte a encontrar una solución… discreta.

Barakiel se detiene. Su mano sigue apretando el bólter, pero no dispara. Las palabras de Dominicus tienen el efecto de una serpiente que susurra promesas en los oídos de un hombre desesperado.

Yo, en mi estado de parálisis, lo veo todo. Mi mente grita en silencio. ¿Cómo es posible que este hombre, al que llaman el Pío, pueda manipular incluso a un Astartes como Barakiel? Él no es un salvador. Es un político, un manipulador, y su presencia aquí no augura nada bueno.


El pacto silencioso

Finalmente, Barakiel asiente. Baja el arma y dirige una última mirada a Dominicus, una mezcla de odio y resignación.

—Haz lo que tengas que hacer, pero no me hagas arrepentirme de permitirte esto.

Dominicus sonríe, una sonrisa que no contiene ni un atisbo de piedad.

—Por supuesto, hermano. Todo por el bien del Imperio… y de nuestra fe.

Y con esas palabras, los cimientos de algo oscuro comienzan a erigirse.


Encerrada en la penumbra

Estoy aquí, atrapada en mi propia mente. Mi cuerpo es una cárcel, mi espíritu es el único testigo de esta farsa. Dominicus el Pío no es un salvador, no es un hombre de fe. Lo veo en sus ojos. Él también es un maestro de sombras, una figura envuelta en intriga y ambición.

Y mientras mi prisión se llena de conspiraciones y secretos, solo una pregunta sigue resonando en mi mente:

¿Volverá?

Muerte en las calles, Ciclo 1 - Pandemius EXTRA - Capítulo 3:

Muerte en las calles - Ciclo 1

El Testigo.


El hedor que impregna mi catedral es mi orgullo y mi burla. Un perfume dulce de podredumbre y decadencia que danza con la viscosidad de las sombras. Me acomodo en mi trono, un retorcido amasijo de huesos y carne marchita extraída del coloso que una vez fue un biotitán tiránido. Ahora, su cadáver inmenso se ha convertido en mi templo, un testamento a la fragilidad de la vida y a la eternidad del festín que Nurgle nos ofrece.


Pero incluso aquí, en este pútrido santuario, mi mente está inquieta.  


Desde mi encuentro con "La Entidad", mis pensamientos no han hallado reposo. Había algo en ella que… que no debía existir. Algo fuera de lugar, ajeno incluso al Caos mismo. He visto a dioses y demonios desgarrarse entre sí por milenios, y ninguno de ellos jamás me provocó esa sensación de vulnerabilidad, de fragilidad absoluta. No era miedo lo que sentía… no. Era algo más antiguo, un eco de algo primigenio que resonaba más allá de la Disformidad, más allá de los dioses. Su presencia me recordó que incluso el panteón del Caos no está tan seguro de su eternidad como quiere hacer creer.


Era familiar.  

Pero no podía precisar de dónde. O cuándo.


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Mi rencor burbujea en mi interior como un caldo pestilente mientras miro las grietas de esta parodia de catedral. ¿Por qué no puedo dejar de pensar en ella? ¿Por qué me siento como si… como si me hubiera enfrentado a algo que no debía ver? La voz de Nurgle, siempre reconfortante, parece distante. Y aunque mi trono vibra con las almas torturadas que lo conforman, no puedo disfrutar de su dulce sinfonía de sufrimiento como antes. Hay algo más… algo presente.  


Es entonces cuando lo siento.  


Un cambio en el aire.  


El hedor habitual de la catedral se mezcla con algo nuevo, algo diferente. La viscosidad de mi trono se endurece ligeramente, y las sombras en las esquinas comienzan a moverse de formas que no deberían.  


Y allí está.  


Una figura encapuchada, sin rostro, sin presencia, pero absolutamente allí. No escuché sus pasos, no sentí su entrada, y sin embargo ahora está de pie frente a mí, como si siempre hubiera estado esperando.


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—¿Quién osa profanar mi dominio? —gruño, levantándome con lentitud. Mi voz reverbera en el aire, mezclándose con los gemidos de mi catedral.


La figura no responde de inmediato. En su lugar, cambia. Su forma se retuerce, distorsionándose como un reflejo en un espejo roto. Un momento parece un humano encorvado, luego una silueta alada, después un rostro conocido que no logro identificar. Su constante metamorfosis es nauseabunda incluso para mí, y he visto cosas que destruirían la mente de cualquier mortal.


Finalmente, habla. Su voz no es una, sino muchas, como un coro de tonos que chocan entre sí.  


—Pandemius. Pestilente heraldo del abuelo. Te he observado.  


El tono no es de amenaza ni de reverencia. Es… curioso, como si el hecho de estar aquí frente a mí fuera para esta criatura una simple formalidad.  


—¿Y qué pretendes, criatura? ¿Qué puede desear un espectro que aparece sin anunciarse en mi presencia?  


La figura se ríe. O al menos, eso creo. Su "risa" es un sonido indescriptible, como el crujir de ramas secas mezclado con un murmullo distante.  


—No soy espectro. Soy Testigo.  


La criatura da un paso adelante, aunque su movimiento es errático, como si se deslizara entre dimensiones. Su capucha cae por un instante, revelando un rostro que cambia demasiado rápido como para ser comprendido. Veo rostros familiares, otros alienígenas, otros que parecen imposibles de describir. Veo un titán de la Gran Cruzada, un Eldar perdido en su orgullo, un mortal desconocido lleno de miedo. Todos ellos. Ninguno.  


—Te he observado, Pandemius, porque tú también has observado. Tú sabes que lo que viste no es lo que debía ser. La Entidad te marcó, aunque no lo sepas. Y ahora estoy aquí para ofrecerte mi ayuda.


Sus palabras hacen eco en mi mente como un veneno sutil. Lo que más me inquieta no es su afirmación, sino el hecho de que algo dentro de mí sabe que dice la verdad. Fui marcado.


—¿Qué clase de ayuda puede ofrecerme un engendro de la disformidad? —mi tono es defensivo, pero detrás de mi burla hay una sombra de duda.


La figura sonríe. Es la sonrisa de todos y de nadie, el gesto de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.  


—No soy de la disformidad, aunque la entiendo. No soy del Caos, aunque lo comprendo. Estoy aquí porque quiero ser testigo de lo que ocurre. Quiero ayudarte a comprender lo que viste, porque incluso los dioses no pueden enfrentar lo que viene.  


Mis entrañas se revuelven. Un eco de lo que dijo resuena en mi mente. "Incluso los dioses no pueden enfrentarlo".  


—¿Por qué debería confiar en ti? —pregunto, intentando ignorar el nudo en mi pecho.


La figura cambia nuevamente, ahora tomando una forma vagamente parecida a la mía, como un reflejo retorcido. Me mira con ojos que no tienen alma, pero sí algo más antiguo, más profundo.  


—No tienes por qué confiar. Solo tienes que aceptar. Si no lo haces, el juego continuará sin ti. Soy un Testigo, Pandemius. Pero si lo deseas, puedo ser tu asistente. Puedo ayudarte a navegar en lo que viene. O puedo quedarme aquí, viéndote caer como tantos otros antes que tú. La decisión es tuya.


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La criatura no se mueve. Solo espera. El aire en mi catedral es más pesado que nunca, y por primera vez en milenios, siento algo que casi podría describir como… miedo.  


¿Aceptar? ¿O rechazar? Mi mente se tambalea, pero una cosa es segura: esto no es el final. Es solo el principio.  


La decisión, por ahora, la guardaré para mí. Pero el Testigo sabe. Oh, él siempre sabe.

Muerte en las calles, Ciclo 1 - Valentin O'Rossi EXTRA - Capítulo 3:

Muerte en las calles - Ciclo 1

La Máquina, las Voces, y el Pilón.


El olor a aceite quemado y metal recién pulido llena mis fosas nasales, un aroma embriagador que me devuelve a la vida cuando mis manos se deslizan sobre la superficie reluciente del nuevo vehículo. Tecnología de repulsión, un milagro de ingeniería nacido del sudor y la sangre de generaciones perdidas. Y aquí estoy yo, Temure, el encargado de ajustar cada cable, de afinar cada sistema, de convertir un simple transporte en una obra maestra, lista para el destacamento de Valentín O'Rossi.

Mis manos trabajan automáticamente, casi como si fueran independientes de mi cuerpo. Mi mente, en cambio, está lejos de aquí. No puedo dejar de oír las voces. 

“El día se acerca.”

Parpadeo, intentando ignorarlas. La herramienta que sostengo en mi mano tiembla ligeramente, no por un fallo mecánico, sino por la tensión en mi cuerpo. Sé lo que quieren decir. Sé a qué se refieren. Y eso me asfixia, incluso mientras intento concentrarme en los sistemas de repulsión.

No ahora, —murmuro entre dientes, dirigiéndome tanto a las voces como a mí mismo. No ahora.

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El vehículo está casi listo. Un ajuste aquí, un calibrado allí. Pero mi mente no está en lo que estoy haciendo. Las voces se cuelan entre los engranajes de mi cordura, arrancándome de la realidad con susurros que se convierten en gritos. 

"Temure, debes estar allí. Cuando el Pilón se active, todo dependerá de ti." 

Mi mandíbula se tensa, y dejo caer la herramienta con un ruido metálico. Mi respiración es rápida, errática. Me aparto del vehículo y me recuesto contra una pared de acero frío. Intento controlarme, pero las palabras resuenan en mi cabeza como un martillo golpeando un yunque. 

"Alastor hará el trabajo sucio. Él abrirá la puerta. Tú tomarás los mandos." 

Las palabras son un eco constante, un mantra sin fin. Alastor. Siempre Alastor. Su nombre es como una llave que abre una jaula dentro de mi mente, liberando pensamientos que nunca quise tener. Él es la chispa, el motor detrás de todo esto, el arquitecto de la locura que se avecina. Pero yo… yo soy el conductor. Soy el que debe estar allí, en el momento exacto, para tomar el control. 

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El Pilón. 

Esa palabra me quema como un hierro candente. Su sola mención me llena de una mezcla de anticipación y terror. Nadie entiende lo que realmente significa, lo que puede hacer. Incluso yo apenas lo comprendo. Pero las voces lo saben. Oh, ellas lo saben, y me lo repiten sin cesar. 

“La puerta se abrirá. Lo que hay al otro lado debe ser controlado.” 

Intento razonar conmigo mismo, buscar un punto de lógica entre el caos. Pero no hay lógica en esto. Todo está envuelto en sombras, en secretos que no deberían ser revelados. El Pilón no es solo un arma o un artefacto. Es… es una llave. Una entrada a algo más grande, más antiguo. Algo que ni siquiera Alastor comprende del todo. 

Mis dedos se cierran en un puño, las uñas clavándose en mi palma. Debo estar allí. No por Valentín O'Rossi, no por Alastor, no por nadie más que por mí mismo. Porque si fallo… si no tomo los mandos cuando llegue el momento… el universo mismo podría desmoronarse. 

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Vuelvo al vehículo, mi mente dividida entre la realidad y el abismo que me llama. Ajusto un panel de control, observando cómo las luces parpadean con un brillo azul tenue. Es perfecto, una máquina diseñada para deslizarse por cualquier terreno sin esfuerzo. Pero incluso mientras me maravillo de mi propio trabajo, las voces no me dejan en paz. 

"El día se acerca, Temure. Ellos lo intentarán. Y tú serás la clave." 

¡Basta! —grito, golpeando el capó del vehículo con toda mi fuerza. El sonido resuena en el hangar vacío, pero no hay nadie para escucharlo. Nadie salvo las voces. 

Me inclino sobre el vehículo, jadeando. Mi reflejo en el metal pulido me devuelve la mirada. Mis ojos están inyectados en sangre, mi rostro está demacrado. Apenas reconozco al hombre que veo. ¿Soy yo? ¿O soy lo que ellos quieren que sea?

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El tiempo se agota. Lo sé. Y aunque mi cordura está pendiendo de un hilo, una cosa está clara: debo estar allí. Cuando Alastor active el Pilón, cuando las puertas de lo desconocido se abran, yo tomaré los mandos. Porque nadie más puede hacerlo.  

La pregunta que me atormenta no es si estaré allí. Es si sobreviviré para ver lo que viene después.

Muerte en las calles, Ciclo 1 - Enoc - Capítulo 3:

Muerte en las calles - Ciclo 1

Diario de Enoc

Asalto Tiránido

Definitivamente hay algo más. Hoy apartándome de mi rutinario acomodamiento de nuevos seres a mi ya numeroso enjambre, he decidido investigar un despliegue de fuerzas imperiales cercano a nuestra localización.

Las comunicaciones que pude interceptar antes de que se sincronizarán los bloqueadores de señal alertaban de una necesidad imperiosa de asegurar un sector crítico de la ciudad ante una inminente amenaza xenos. Y efectivamente cuando pude situarme en una posición de observación privilegiada y resguardada pude ratificar esas intenciones. Las tropas de los Ángeles Oscuros que habían sido desplegadas habían fortificado todos los alrededores y adoptado unas posiciones defensivas al mismo tiempo que se mantenían expectantes y alerta sobre una inminente amenaza.

Entonces fue cuando los vi. De nuevo, un enjambre voraz e inmisericorde. De nuevo un aura desconocida. Algo que no comprendo y que está despertando una sensación de inquietud en mí y en mi conexión con la mente enjambre.

Todos los esfuerzos de los astartes por detener el avance fueron en vano. A pesar de que las criaturas cayeron en trampas y fueron en parte diezmadas con cargas heroicas desesperadas, el destino de esas tropas imperiales y del sector que intentaban proteger estaba sellado. Las bioformas avanzaron por las calles danzando de forma orquestada de un emplazamiento a otro dejando tras de sí solo las ruinas de aquello que tocaban. Aunque fueron mermados, el asalto acabó con todos sus enemigos y barriendo las coordenadas que se les había ordenado proteger.

He de acercarme a estas criaturas y descubrir qué es lo que está pasando. He de asimilar y controlar. Si consigo hacerlo y conectarme a ellos tendré el poder.

Muerte en las calles, Ciclo 1 - Alastor - Capítulo 3:

El Eco del Pasado

La trampa


El núcleo de memoria está ante mí, desnudo y patético.

Las placas de circuito chisporrotean mientras ajusto, desmonto, y vuelvo a ensamblar las partes fallidas de El Retorcido. Cada movimiento está impregnado de frustración. Este anciano artefacto, este miserable despojo de nuestra gloria pasada, no solo ha fallado, sino que casi me cuesta mi vida. Una emboscada orka, de todas las cosas. ¡La humillación que habría supuesto! Y ahora, mientras intento dar sentido a su mal funcionamiento, mi mente vuelve a ese momento…


El campamento orko se extendía como un vertedero infinito.

Efigies deformes dedicadas a esa parodia de deidad que llaman "la Beztia" se alzaban entre los restos destartalados de vehículos improvisados. Las primitivas máquinas echaban humo negro, como si fueran un insulto directo al arte tecnológico de mi especie. Estúpidos orkos… ¿cómo pudieron los Ancestrales crear algo tan absurdamente defectuoso? Un experimento fallido, una burla grotesca a la perfección.

Caminé por el campamento con mi séquito de espectros canópticos, estudiando todo a mi alrededor con el desprecio propio de un ser que ha trascendido la mortalidad. Mi conciencia estaba absorta, mis pensamientos vagando por las grandes maquinaciones que se sucederían una vez obtuviera lo que había venido a buscar: el Obscurum. Una reliquia perdida, cuyo poder podría ser la clave para desbloquear secretos más antiguos que las propias estrellas.


Pero entonces... lo sentí.


Demasiada calma.

El campamento estaba vacío, demasiado vacío para los estándares de esas bestias. Solo algunos gretchins correteaban, y un par de orkos murieron con facilidad bajo las cuchillas de mis espectros. ¿Dónde estaban los rugidos? ¿Los vehículos atronadores? ¿Las brutales miradas de odio que siempre acompañan a esas criaturas?

Entonces lo vi. El Obscurum.

Ahí estaba, posado sobre un pedestal improvisado, como un regalo grotesco dejado por un dios menor. A la vista, al alcance de mis manos… y sin vigilancia real. Fue entonces cuando mi consciencia, tan superior y avanzada, me gritó una única palabra: trampa.


La emboscada llegó como un trueno.

Una marea de pieles verdes emergió de la nada, rugiendo, disparando, cargando. Los orkos me rodearon en segundos, un muro de carne y violencia que amenazaba con aislarme y aniquilarme. En ese momento, todo se redujo a microsegundos. Activé los protocolos de exterminación, ordené a los destructores abrir fuego indiscriminado, y teletransporté a parte de mis tropas fuera del cerco.

Lo peor fue que casi pierdo el control. Una fracción de segundo más, y mi magnífica mente se habría apagado bajo la brutalidad de esas criaturas. Si eso hubiera ocurrido… oh, las risas de Trazyn resonarían por milenios. Ese maniaco nunca habría dejado de recordarme cómo caí ante unos bufones con garrotes y gritos ensordecedores.


Sin embargo, lo que más me enfurece, lo que me carcome ahora mientras trabajo en El Retorcido, es que ese viejo inútil no hizo nada para evitarlo. No solo no reanimó a las tropas, sino que incluso desmembró a varias de ellas con sus torpes intentos de reparación.


Mi paciencia está al límite.

Mientras reviso su núcleo de memoria, busco el origen del fallo. Sus circuitos están intactos, su cepo mental inquebrantable… y sin embargo, hay algo más. Algo que no puedo definir. Algo que se mueve en las profundidades de su programación, como un eco distante de una voluntad que no debería existir.

No puedo permitirme que recuerde. No ahora. Aún no.


Dejo las herramientas sobre la mesa con un golpe seco. Mis dedos metálicos emiten un chasquido al soltar las placas de El Retorcido. Estoy agotado de trastear con este anciano despojo. Uno de mis Aprenteks toma mi lugar, continuando la labor bajo mis órdenes estrictas.


Muerte en las calles, Ciclo 1 - El Ezkurridor - Capítulo 3:

Muerte en las calles - Ciclo 1

 ¡WAAAGH! – EL IKARUZKURRIDOR

La mente de los orkos puede llegar a ser el motor que empuja la realidad. Si muchos individuos creen muy fuerte en algo, Gorko y Morko pueden alterar las leyes de la lógica y cumplir sus designios. Otras veces, en lugar de canalizar la energía psíquica del conjunto, lo que hacen los pieles verdes es simplemente soñar. Imaginarse cosas que no son, cayendo en el oscuro y profundo pozo que espera a aquellos con delirios de grandeza.


El Ezkurridor, con todas sus increíbles y poderosas habilidades, no está exento de este destino. Al llegar al Sistema Charadon, se planteó dos objetivos principales: medir sus fuerzas con el resto de razas de la galaxia, y recuperar el poder de La Beztia. A medida que avanzaba en su misión, olvidó el peligro que suponían los otros seres. Un conjunto de felaciones mentales, tanto propias como de sus tropas, habían redirigido los pasos del líder verde al camino del ego y el narcisismo.


Los orkos cuentan una historia, de escuadrón en escuadrón, sobre un gretchin, Ikaruz, que creía que podía volar, y por lo tanto lo consiguió. Ikaruz ascendió y ascendió, hasta que tuvo un contratiempo en el que no había pensado. Era un día soleado, y el astro de su sistema emitía una cálida luz amarilla. Todos saben que la luz amarilla quema más que la de cualquier otro color. Despistado por tanto calor, Ikaruz creyó que era muy peligroso estar ahí, y dejó de creer en que podía volar. Entró en barrena y aterrizó en mitad de una cuadra de grotz, que le rodearon y se lo comieron.


La moraleja de esta historia es que nunca, NUNCA, debes estar en medio de un grupo de seres que te quieren matar. Con esta fábula en mente, El Ezkurridor arengó a sus tropas: ¡TENEMOZ KE AKABAR KON LOZ ROBOTZ! EZPERAREMOZ A KE EZTÉN DEZPIZTADOZ EN ALGÚN LUGAR, RODEAREMOZ Y ATAKAREMOZ A UN GRUPO KUANDO EZTÉ ZEPARADO DEL REZTO DEL EJÉRZITO. DA IGUAL ZI LOZ DEMAZ PIELEZ GRIZEZ VIENEN MAZ TARDE, KUANDO NOZ HAYAMOZ KARGADO A ZU LÍDER, ¡HUIRÁN DE NOZOTROZ KOMO GROTZ BRINKADOREZ KUYOZ GRETCHINZ NO TIENEN KABEZA Y NO PUEDEN GUIARLEZ EN EL KAMPO DE BATALLA!


El plan parecía, en un primer momento, que no tenía fisuras. Las tropas robóticas sufrieron bajas al ser sorprendidas. Pero cuando comenzaron a llegar los refuerzos, y debido a la fijación de los orkos al focalizar sus esfuerzos en intentar atacar a su líder, sumado a la ventaja estratégica que tenían debido a su correcta colocación en un terreno que les favorecía (o bien por la mala decisión del Ezkurridor al atacarles en una colina donde había edificios), los necrones pudieron mermar los esfuerzos de los pieles verdes, que tuvieron que retirarse para lamerse las heridas y plantear el siguiente encuentro.

Muerte en las calles, Ciclo 1 - Barakiel - Capítulo 3:

Muerte en las calles - Ciclo 1

En la hora más oscura

Las órdenes eran claras: defender el emplazamiento a toda costa. Entre las ruinas de las afueras de Ferrum se había localizado un activo valioso para los Ángeles Oscuros, pero la flota enjambre avanzaba implacable, devorándolo todo a su paso.

Desde el puente de mando, Barakiel murmuraba oraciones para sí, mientras Belial ya se encontraba en el campo de batalla organizando la defensa del improvisado baluarte.

Horrores tiránidos avanzaron, tomando posiciones mientras diezmaban las fuerzas de los No Perdonados. Belial, junto con la escuadra Plumas de Caliban, mermó la horda tiránida, pero su número parecía no acabar nunca. La biomasa cubría poco a poco el campo de batalla, hasta que Barakiel ordenó activar la baliza de teleportación.

Frente a dos de las enormes bestias tiránidas se materializó la escuadra de caballeros liderada por Barakiel. Sin un atisbo de miedo, se lanzaron a la carga. Una de las bestias no tardó en caer… el estruendo de las mazas de energía resonaba entre las ruinas como chasquidos eléctricos secos. Barakiel entonces repitió para sí la letanía que minutos antes recitaba a bordo del puente de la Tántalos I:

"Su luz me guía, nada me falta.
Su voluntad me fortalece, nada me falta.
Su ira me inunda, todo se desvanece.
En la hora más oscura, mi fe prevalece."

Cegado por la fe, Barakiel se vio envuelto por una marabunta tiránida, y los pocos hermanos supervivientes lograron escapar, habiendo fracasado en su misión…

Muerte en las calles, Ciclo 1 - Pandemius - Capítulo 3:

Muerte en las calles - Ciclo 1

 Diario de Guerra de un Marine de Plaga


Fecha: 18 de Enero del 423.M41


La fortaleza pestilente, ese bastión sagrado que habíamos consagrado al Padre Nurgle con siglos de corrupción, fue asediada por los Ángeles Sangrientos de Valentin O’Rossi. Su resplandor carmesí era una blasfemia ante el cielo ennegrecido por nuestras miasmas. Ellos buscaban purgar el mundo, arrancar de raíz la bendición del Padre de la Plaga y destruir nuestros nodos de corrupción, puntos vitales que mantenían la podredumbre extendiéndose por el planeta.


Desde el principio, algo en esta batalla no se sentía correcto. Las defensas estaban en su lugar, los Deathshroud permanecían firmes junto a Typhus, y nuestras esporas y nurgletes acechaban en cada rincón de la fortaleza, pero la presencia de Pandemius, nuestro supuesto líder en esta campaña, fue… un susurro en el viento. Apenas se dejó ver tras el inicio del ataque. Su desaparición, si bien intrigante, fue un hecho que todos aceptamos como parte de los caprichos de la voluntad del Padre Nurgle.


Los Ángeles Sangrientos, como fanáticos, no tardaron en tomar el nodo este. Sus movimientos eran precisos, implacables, lo que debería haber sido un enfrentamiento prolongado se desmoronó rápidamente. Nuestra unidad apostada en esa zona fue barrida con una rapidez que ni siquiera las moscas lograron frenar. La fuerza de Rossi y sus hombres era abrumadora, pero no estábamos solos. A lo largo de la batalla, una sombra se movía entre los disparos y las explosiones: Cypher.


El traidor, siempre presente en los lugares más inoportunos, apareció como si su mera presencia fuese parte del diseño de esta derrota. Nunca supimos si luchaba con nosotros o contra nosotros. Los disparos de su pistola iluminaban tanto a los Ángeles Sangrientos como a nuestros propios hermanos, y su figura parecía estar en todas partes y en ninguna. Fue Cypher quien tomó el nodo norte, ese que habíamos asegurado con gran esfuerzo, arrebatándolo, al parecer, tanto a los Ángeles como a nuestras propias tropas. Su traición o estrategia —¿quién puede entender sus motivos?— sellaría el destino de la fortaleza.


Typhus, por su parte, luchó con la ferocidad de una enfermedad desatada. Él y sus Deathshroud pararon golpe tras golpe de Rossi y sus jinetes motorizados, anclando la línea defensiva en cada paso que los Ángeles intentaban avanzar. Desde el centro de la fortaleza, su guadaña se alzaba como una baliza de muerte, y por un momento, parecía que la corrupción prevalecería. Pero incluso él, el Heraldo de la Plaga, no podía compensar las grietas que se formaban en nuestras líneas.


Cuando todo terminó, Rossi y sus hombres se retiraron, exhaustos pero victoriosos. Habían purgado la fortaleza, reclamando cada nodo de corrupción, pero su victoria no fue completa. El hedor de la plaga persistía en el aire, y los cadáveres de los caídos, tanto de su bando como del nuestro, comenzaban a hincharse con las esporas de Nurgle.


De Pandemius no hubo señal. Su presencia fue apenas un rumor en esta batalla, y su ausencia una sombra que se cernía sobre nosotros. ¿Fue esto un fallo de su liderazgo o parte de un plan más amplio? Sólo el Padre Nurgle conoce las respuestas.


Para nosotros, los defensores, la derrota no es más que otro paso en el ciclo eterno de la podredumbre. Pues incluso en la derrota, la corrupción persiste. Las semillas de Nurgle ya han echado raíces en este mundo, y ningún resplandor carmesí podrá detener lo que crece en la oscuridad.

Muerte en las calles, Ciclo 1 - Valentin O'Rossi - Capítulo 3:

Muerte en las calles - Ciclo 1

Valentín O’Rossi. Acto IV, Capítulo III: Explosión de furia y un regalo del Omnissiah

La colmena Ferrum es un paraje repleto de múltiples enemigos. Orkos, tiránidos y herejes campan a sus anchas en lo que otrora fuera un lugar próspero y hostil. Ya que los Ángeles Oscuros parecen tener otros propósitos, los Ángeles Sangrientos somos la última esperanza de la humanidad en estas tierras.

Nuestros exploradores localizaron una fortaleza, cuya putrefacción hacía adivinar que era propiedad de las huestes de Nurgle, situada en una ubicación estratégica crucial. “Debemos recuperarla a toda costa, por Baal y por Sanguinius.” – le dije a mis tropas.

Decidimos realizar un bombardeo inicial con el propósito de debilitar al enemigo antes del brutal choque que se avecinaba. Para mi sorpresa, no se escuchó nada. Ni un solo grito del enemigo, solo el silencio provenía del interior de la estructura.

Nos aproximamos poco a poco, sin vislumbrar rival. Pensando que, quizá, las fuerzas de Typhus ya no se encontraban allí, nos introdujimos en la plataforma. Y fue, cuando todos estábamos dentro de la fortaleza, que nos dimos cuenta del error. Un grupo de zombis se abalanzó sobre los hermanos con retrorreactores, comenzando el combate. Nos habían tendido una trampa.

El enemigo se encontraba escondido en cada esquina, en cada sala, preparado para la emboscada. Se desató una pelea ensangrentada, en la que balas y espadas volaban en ambas direcciones. Mis hermanos peleaban contra los marines de Nurgle, eliminándolos poco a poco. El Ballistus, en un ejercicio de inusitada puntería, logró derribar al mortero enemigo. Los exterminadores Deathshroud ofrecieron una verdadera resistencia, hasta llegaron a herirme de gravedad, pero finalmente cayeron ante la lluvia del bólter.

En una de las salas se encontraba el temido Pandemius, rodeado de cadáveres desmembrados de hermanos de asalto. Por lo que cuentan mis tropas, el joven capitán Raldeo Seth, lejos de intimidarse, se lanzó de cabeza gritando furiosamente contra el príncipe demonio y, haciendo honor a su estirpe familiar, lo derribó tras una jauría de cientos de espadazos ejecutados en cuestión de segundos. Dicen que el resto de tropas de Nurgle allí presentes, tras ver semejante despliegue de destrucción, huyeron despavoridas.

Y entonces Typhus, que aprovechó el caos para escabullirse, activó el protocolo de autodestrucción de la fortaleza. Todos los accesos se sellaron, dejándonos encerrados. Todo se comenzó a derrumbar y llenar de gas y putrefacción. En cuestión de minutos esa fortaleza se vendría abajo, matándonos a todos. Debíamos hacernos con el control simultáneo de todos los nodos de energía para detener la autodestrucción, o todo nuestro esfuerzo habría acabado en muerte. Con la aniquilación del enemigo, pensábamos que lo teníamos, pero el protocolo no se detenía: faltaba un nodo.

El principal escollo era Cypher, quien tenía la capacidad de poder transportarse entre los diferentes nodos, y dificultarnos el control de los mismos. Afortunadamente, fue Raldeo quien logró hacerle frente y detenerlo. Nos hicimos con el control de la fortaleza, o al menos de lo que quedaba de ella.

Unos días después de concluir la contienda, el Archmagos Tremure, habitualmente absorto en sus pensamientos, se dirigió hacia mí: “Has demostrado tu valía, Capitán O’Rossi, y por eso te traigo un regalo. En las profundidades de la fortaleza hereje he encontrado unas antiguas piezas, desconocidas por la humanidad desde hace milenios. Estas permiten reconstruir una rara tecnología antigravitatoria descubierta por el tecnoarqueólogo Arkhan Land, en una de sus expediciones al Librarius Omnis en Marte. Con ella podré modificar tus tanques y hacer que leviten, consiguiendo así una mejor maniobrabilidad por estos terrenos ruinosos. Sin embargo, solo he conseguido suficiente material para adaptar un vehículo, así que confío que sabrás elegir sabiamente sobre cuál quieres que trabaje.”

De repente, el Archmagos Tremure dejó de hablarme. Dio media vuelta y se marchó. Parecía estar conversando con otra persona, pero en el pasillo no había nadie más.

Diario de batalla de Valentín O’Rossi, Alto Capitán de los Ángeles Sangrientos.

El Retorcido, la sombra de lo perdido.

Muerte en las calles - Ciclo 1

Personalidades de Cifrus Secundus - Dramatis personae VI

El Retorcido, el dos veces quebrado

Camino lentamente por las galerías profundas del mundo necrópolis bajo Ferrum, mis pasos resonando en la quietud sepulcral de estas antiguas cavernas metálicas. Las paredes emiten un leve brillo esmeralda, pulsando al ritmo de las energías que aún fluyen por los circuitos ancestrales. Hace siglos que este lugar no ve la luz de ninguna estrella, y, sin embargo, aquí la oscuridad parece viva, vibrante, rebosante de secretos antiguos y poder latente. Aquí, donde los silencios son tan profundos como el vacío entre galaxias, encuentro el único espacio que siento casi… familiar.

¿Familiar? Extraña palabra. Extraña, porque todo aquello que un día pude llamar hogar ya no existe, consumido hace eones, perdido en el tiempo y desmoronado en el polvo cósmico. A veces, en estos corredores interminables, creo recordar mi nombre, aunque sea solo un eco lejano en mi mente corroída. Pero no importa; hace tanto que soy conocido simplemente como "El Retorcido" que cualquier nombre mortal parece insignificante. Tal título, sin embargo, es adecuado, una especie de burla sin malicia. Mi cuerpo se encorva bajo el peso de los milenios y los secretos que resguardan mis circuitos y mis fragmentados recuerdos. Mis sistemas de soporte vital ya no son lo que eran; cada paso que doy está acompañado de un leve crujido, un chirrido que sería indeseado para otros de mi casta. Yo, en cambio, lo considero una melodía personal.

A medida que avanzo, mis pensamientos regresan, como siempre, a aquel momento que me definió: la transición de los necrontyr a los necrones. Recuerdo las primeras pruebas en un lugar como este, en cámaras secretas como las de aquí en Ferrum. Aquellos cuerpos primitivos, burdos, de metal y alma rota… ah, qué crudas y frágiles eran las primeras formas, cada una un maldito amasijo de acero con restos de carne, gritando en silencio dentro de sus nuevas prisiones. Pero ese era el precio de la eternidad, ¿verdad? Eso fue lo que nos ofrecieron los C’tan, y lo que yo, como maestro de la biotransferencia, perfeccioné a sangre y acero.

¡Los C’tan! Puedo sentir cómo la rabia fría resuena en mis circuitos cada vez que pienso en esos dioses estelares. Cuando llegó el momento de nuestra venganza, de partir sus esencias y someterlos a nuestras voluntades, fui yo quien tuvo el honor —no, la responsabilidad— de desmembrar a Lady T’ymë. Aún siento en mis matrices el susurro de su voz, los ecos de su grito eterno cuando la dividí en fragmentos, cuando extraje de ella el Misterium y el Obscurum. Aquella era de rebeldía y poder absoluto… fue, sin duda, mi época dorada.

Pero hoy, mis días de grandeza están enterrados en estos túneles, y mi propósito ahora se entrelaza con el de Alastor, el líder entre los Tecnomandritas y peón del Astra Concilium. Él confía en mi conocimiento, en mi habilidad para tejer los secretos de la criptecnología y mantener las llamas de la biotransferencia ardiendo con el mismo fervor que al principio de todo. ¿Es respeto lo que siento por él? Tal vez. Su propósito es claro, y su ambición es algo que incluso un alma antigua como yo puede admirar. No obstante, mi servidumbre a Alastor no significa que mis objetivos estén olvidados. Sigo siendo El Retorcido, y el tiempo, mi querido aliado, me asegura que, en algún momento, podré recuperar las piezas de Lady T’ymë y completar mi obra inacabada.

Entonces, un pensamiento... El recuerdo de Trazyn el Infinito surca mi conciencia. Ese degenerado, ese miserable coleccionista, que ha osado tocar y exponer mis creaciones, profanándolas sin la más mínima comprensión del arte y la devoción que yacen detrás de ellas. En la red intrincada de mis antiguos circuitos, solo una sensación se asemeja a la memoria: odio. Sí, odio por ese ladrón ignorante que osa jugar con artefactos que nunca debería tocar. Si algún día recupero el Misterium y el Obscurum, esos fragmentos de Lady T’ymë que él ha exhibido como trofeos, mi venganza será un arte de paciencia y perfección.

Y así sigo avanzando, descendiendo cada vez más en esta necrópolis subterránea. Unas luces débiles parpadean en la oscuridad, revelando estructuras de ingeniería ancestral que incluso yo, con todos mis conocimientos, apenas puedo entender en su totalidad. Alabo en silencio las sombras del panteón, lo único que siento constante sobre mí. Oigo susurros, ecos en mi mente, voces que me instan a seguir adelante, a no detenerme en la búsqueda de la perfección.

Soy un arquitecto de la muerte, un escultor de cuerpos inmortales, y las entrañas de Ferrum, este mundo plagado de muerte y olvido, guardan aún secretos que pueden servir a mi propósito.

Las reliquias arcanas que se encuentran aquí, bajo los pies de esa colmena de humanos, serán un día desenterrados y usados para construir algo más grande. Para eso sirvo a Alastor y, en última instancia, para eso existo.

Mientras mis pasos resuenan en el vacío, siento que el tiempo mismo se retuerce junto a mí, una antigua danza entre mi figura encorvada y el peso inmemorial de mi pasado. Yo, El Retorcido, soy un ser que no pertenece ni al tiempo ni a la eternidad. Soy algo más, una criatura nacida de la ciencia y del horror, y mientras mis recuerdos se desvanecen en esta oscuridad sin fin, mi propósito brilla con una intensidad que ningún dios ni ningún mortal puede apagar.

Un día, quizás, lo que soy será completamente revelado. Un día, los secretos que guardo en esta mente rota se manifestarán en algo que el universo jamás ha visto. Hasta entonces, sigo caminando.

El Archmagos Temure, La Voz del culto a la Máquina.

Muerte en las calles - Ciclo 1

Personalidades de Cifrus Secundus - Dramatis personae II

El Archmagos Temure, Los susurros del Dios Máquina

Mis pensamientos no son míos. No lo han sido desde hace tiempo. No desde que me conecté al núcleo de la noosfera durante aquella expedición en los desiertos de Charon, en los confines olvidados del Imperio. Desde entonces, una voz me guía, una voz que me recuerda constantemente quién soy y cuál es mi propósito.

Estoy corrigiendo las defensas de la Colmena Ferrum. Mis servomecanismos funcionan sin necesidad de supervisión. Mis manos, ahora más hierro que carne, se deslizan sobre las consolas, trazando patrones de fuego y esquemas de refuerzo que los otros apenas pueden comprender. Mis adeptos trabajan diligentemente a mi alrededor, obedeciendo las órdenes que nunca tuve que pronunciar. Pero mi mente está lejos, muy lejos de aquí.

"El Plan debe continuar, Temure. El Omnissiah lo exige."

La voz resuena en mis implantes corticales. Es el Dios Máquina, de eso estoy seguro. ¿Quién más podría guiarme tan precisamente a lo largo de este camino? No, no estoy loco, no como algunos sugieren en secreto. Ellos no comprenden. No pueden comprender.

El Dios Máquina ha hablado directamente a mí. Me eligió para ser su instrumento. Y ahora me encarga completar la tarea que comenzó hace milenios: recuperar las reliquias perdidas del pasado, asegurar que el Imperio tenga las armas necesarias para enfrentarse a la oscuridad que se avecina.

Mis pensamientos vuelven a Xanatar, al infierno que fue esa campaña. Recuerdo cómo Pandemius, la abominación de Nurgle, interrumpió nuestros planes. Su ritual fue grotesco, un asalto a todo lo que el Mechanicum representa. Mi asistente, mi aprendiz fiel, Ferox, fue su víctima. Vi cómo lo arrancaron de mis manos, su cuerpo destrozado, su mente fusionada con carne y metal en un ritual oscuro. Pandemius utilizó su cuerpo para invocar esa abominable arma: la Séptima Plaga, una espada forjada de su carne y sus circuitos, transformada en un arma demoníaca.

Esa espada... La vi surgir de entre sus huesos, vi cómo sus extremidades eran reconfiguradas en un filo asesino, un arma que Pandemius usaría para destruir la realidad misma si se lo permitieran. Pero mi propósito sigue intacto, a pesar de la derrota momentánea. El Obscurum, el artefacto que buscamos, sigue siendo la clave. Esa reliquia perdida de los necrones... Es el fragmento de un poder antiguo, un poder que controlaba el tiempo mismo. Si pudiéramos recuperarlo, restaurar lo que fue robado por los orkos durante la incursión en las galerías de Trazyn, tendríamos la clave para revertir todo lo que ha sucedido.

"El Misterium fue robado... El coleccionista lo ha vuelto a reclamar... el Obscurum... Lo tienen los Orkos... Encuéntralos."

Mi mente vuelve una y otra vez a esas palabras, al artefacto que aún se esconde. Los necrones, esos antiguos señores del tiempo, fragmentaron a Lady T'ymë, la C'tan que representaba el principio y el fin. El Misterium, la esencia del guerrero, ya está en manos desconocidas; sospecho que alguna fuerza necrona externa ayudó a orquestar ese robo. Y ahora, el Obscurum, la otra mitad, permanece en las torpes manos de un Caudillo Orko, esperando ser reclamado.

La Colmena Ferrum se prepara para lo inevitable. Los tiránidos han sido quebrados, pero el Caos aún acecha. Sé que mis planes se están desarrollando como deberían. La ofensiva imperial hacia la antigua base de investigación del Adeptus Mechanicus en Kraftos fue la clave para activar lo que necesito. La bomba vírica hizo su trabajo, a pesar de que el inútil de Valentín no pudiera terminar el trabajo, los peones del caos facilitaron la muerte del bioplaneta, no podía permitir que el nexo se perdiera.

Mis ojos parpadean, la visión de Xanatar flotando en el vacío aparece ante mí en mis visores. Lo veo morir lentamente, agonizando tras el impacto de la ofensiva imperial y las hordas del caos. La Voz se ríe en mi mente, pero yo permanezco impasible.

El Imperio tiene su objetivo, los Astartes y la Deathwatch tienen su misión, pero yo, yo tengo el verdadero propósito. Yo tengo la conexión con el Omnissiah. Y pronto, con el Misterium y el Obscurum juntos, la manipulación del tiempo mismo será mía.

"Tú serás el que controle el destino del Imperio, Temure. A través de ti, el Omnissiah moldeará la realidad."

Las defensas de Ferrum están listas. He asegurado que mi trabajo no sea interrumpido por las fuerzas del Caos ni por ninguna otra. Mi tarea aún no ha terminado.

Los sirvientes alrededor de mí no pueden escuchar la voz. Solo yo soy digno. Solo yo puedo escucharlo. Cada vez más fuerte, cada vez más claro.

Y el día llegará en que todos verán la verdad: que el Dios Máquina me ha elegido para trascender la carne, para ser el guardián de la eternidad.

El tiempo... el tiempo será mío.

Sacrosanta Galatea, la Santa en Vida.

Muerte en las calles - Ciclo 1

Personalidades de Cifrus Secundus - Dramatis personae I

Galatea resurge

El frío de las ruinas me despierta, con un dolor sordo y profundo que reverbera en cada fibra de mi ser. Mi cuerpo está cubierto de polvo y escombros, pero no hay heridas visibles, nada que explique por qué me siento tan... vacía. Mi mente es un torbellino de confusión, un lienzo en blanco salpicado por destellos fugaces de recuerdos que no logro capturar.

No sé quién soy.

Me pongo de pie, mis piernas temblorosas pero firmes bajo el peso de una armadura que parece haber sido hecha para mí, y, al mismo tiempo, no lo es. Mis manos recorren el metal frío, sintiendo cada ranura, cada inscripción en la placa de mi pecho. Es familiar, pero extraño, como un sueño lejano que apenas puedo recordar.

A mi alrededor, las ruinas de lo que parece una catedral. Paredes derrumbadas, vidrieras rotas que alguna vez habrán brillado con los colores de la fe, ahora sólo son cristales dispersos por el suelo. Me desplazo entre los escombros con un sentido de propósito que no comprendo del todo. No sé dónde estoy ni por qué, pero algo me impulsa a seguir avanzando, un eco lejano de una misión olvidada.

Cada paso retumba en el silencio de este lugar, y la reverberación de mi propia voz me resulta extrañamente familiar cuando intento murmurar una oración. Sin embargo, las palabras se escapan de mi mente antes de poder pronunciarlas. ¿Qué es lo que estoy haciendo aquí? ¿Qué me han hecho?

Mis pies me llevan por corredores devastados, donde las estatuas de santos y mártires yacen rotas, sus rostros desfigurados. A lo lejos, veo un lienzo que ha sobrevivido al desastre. Me acerco, mis ojos se clavan en la imagen de varias mujeres, guerreras como yo, con armaduras que reflejan la luz que alguna vez llenó esta catedral. Recuerdo sus rostros, sus nombres están en la punta de mi lengua, pero no puedo alcanzarlos. Son mis hermanas, lo sé, pero no puedo recordar por qué.

Continúo ascendiendo, siguiendo un camino invisible que parece haberse grabado en mi alma. Entonces, fragmentos de memoria comienzan a surgir, parpadeantes, distantes. Recuerdo la batalla, la furia que sentí al blandir mi espada contra el enemigo, la devoción que me impulsaba a seguir luchando, incluso cuando mis fuerzas flaqueaban.

Recuerdo caer. Mi cuerpo roto, el dolor se desvaneciendo en la oscuridad de la muerte que se cernía sobre mí. En ese momento, justo cuando mi vida se extinguía, un ser apareció entre las sombras: metálico, imponente, sus ojos destellaban con una luz fría y calculadora. Antes de que pudiera comprender quién o qué era, todo se volvió negro.

Y ahora estoy aquí.

Mis pasos me llevan hacia un lugar más sagrado, más puro. Y entonces lo veo: un relicario, el Santo Santorum, casi intacto. En su centro, una espada descansa, su hoja resplandece a pesar de la oscuridad que lo envuelve todo. Una mano esquelética la sujeta, como un último tributo a un guerrero caído.

Algo en mí se despierta. La espada… es mía.

Entonces, la verdad me golpea con la fuerza de un martillo. Yo morí. Pero no descansé en paz. El ser metálico me arrancó de mi destino, me guardó en una prisión de oscuridad.

Soy Galatea. He regresado del olvido. Y en esta catedral, entre las ruinas de lo que fue mi fe, mi propósito renace.