“La Rabia del Ezkurridor”
¡Malditoz todoz! ¡Todititoz! ¡Maldito el nombre de Alastor y to’a zuz lataz de metal brillantez! ¡Ziempre en mi camino, ziempre robándome lo que ez mío! ¡El Obscurum! ¡MI Obscurum! ¡Y ahora lo ha tomado!
Mi guarida está hecha un desastre, igual que mi cabeza. Estallo de rabia, arrancando paneles oxidados de las paredes y pateando las montañaz de chatarra que antes me hacían sentir grande. El zumbido de los generadorez de energía se mezcla con mi propio rugido. Todo lo que intenté, todo lo que tramé… y zólo he ganado derrota.
"¡AHHHHH!" Golpeo una mesa de trabajo, lanzando piezas de hierroz en todas direccionez. "¡Ezto ez una burla! ¡Yo zoy el Ezkurridor, el ma’z grande estratega de loz Verdez, y he zer robado por un necrón zarnoso y zuz epectroz zarnosoz!”
El eco de mi voz retumba por la sala, pero no calma el fuego que siento en mi interior. Camino de un lado a otro, pateando un barril medio lleno de aceite que explota y salpica en todas direcciones. No importa. ¡Nada importa! Lo único que importaba, lo único que me haría rey entre los míoz, me fue arrebatado.
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Mientras maldigo y escupo, escucho pasos pesados acercándose, seguidos de un chirrido de ruedas. Al principio pienso que alguno de mis muchachos viene a pedirme algo. Mejor que no lo hagan, o…
Pero cuando la puerta cruje, lo veo: el Doktork Grapadora, su figura imponente, cubierta de manchas de sangre (¿o será pintura roja?), entra empujando un carrito cubierto con una manta. Sus ojos brillan de emoción bajo su casco, como si hubiera encontrado la respuesta a todas las preguntas del universo.
—"¡Ya lo tengo, Ezkurridor! ¡Ya lo tengo! ¡Mira eztaz prezziozidad!" —grita, con su voz ronca y chillona, mientras sus ruedas chirrían bajo el peso del misterioso objeto.
Lo miro, entrecerrando los ojos, con las manos aún temblando por la rabia. Quiero gritarle, lanzarlo por la sala y seguir desahogando mi furia, pero algo en su tono me hace detenerme.
—"¿Ke demonioz me traez ahora, Grapadora? ¡Mejor ke ezté bueno, o terminaráz pegado a tu propio brazo bióniko!"
El Doktork suelta una carcajada nerviosa y corre hacia el carrito, arrancando la manta de un solo tirón. Ahí está.
Mis ojos se abren de par en par. Mi mandíbula casi toca el suelo.
Es… ella.
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La moto.
La vieja máquina de Valentín O'Rossi, el destroza-pistas humano, ahora transformada, embellecida, glorificada. El motor ruge suavemente con un sonido grave y violento, como el ronquido de un karro de guerra listo para la batalla. La carcasa está cubierta de placas de acero orko, con pinchos por todas partes, y tubos de escape que chisporrotean fuego verde. Grapadora incluso añadió cadenas giratorias a las ruedas, que brillan con aceite fresco.
Y en el manillar, como una corona de gloria, está el tótem del Ezkurridor: un cráneo humano encajado en una jaula de hierro, con runas burdamente pintadas que proclaman: "Zólo yo eztoy al mando."
—"¡¿Kómo lo vez, jefe?! ¡Ez ZUYA! ¡Ahura pozráz ekkurrir más rápido ke nunka! ¡Ni Alastor ni zuz esqueletos podrán verte ni olerte! ¡Ez perfeckta pa’ zurkarrar y rekurperar todo lo ke ez de loz Verdez!"
Mi rabia comienza a disiparse, sustituida por algo que no sentía desde antes de perderlo todo: esperanza.
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—"Ahura voy a recuperarlo! ¡El Obscurum, Grapadora! ¡Voy a zerkar a Alastor y zu mundillo de chatarra, y voy a rekordarle por ké zoy el Ezkurridor!"
—"Alaztor… Voy por ti."
Y esta vez, no habrá nada ni nadie que me detenga.




