En la penumbra.
Mi nombre es Galatea, y ellos me llaman Santa. Pero aquí, en este estrecho habitáculo de la barcaza de batalla de los Ángeles Oscuros, donde las paredes parecen cerrarse sobre mí, ese título no es más que una cruel ironía. Mi cuerpo es un mapa de cicatrices, cada una un eco de la masacre que dejó la concatedral en ruinas. Fue allí donde Barakiel me encontró, entre los escombros y las cenizas.
Esta nave, impregnada de secretos, me pesa en el alma. Los Ángeles Oscuros no me miran con devoción, como lo hacían mis seguidores. Sus miradas están llenas de recelo, de algo casi hostil. Aquí, no soy más que un símbolo que ellos deben vigilar, un recordatorio de algo que no comprenden del todo. Pero todo eso se desvanece frente a lo que ahora siento. Algo está aquí, algo que ninguna fuerza en el universo podría detener.
La oscuridad se arrastra
Estoy sola. Solo el parpadeo de una vela ilumina la pequeña celda. Su luz parece frágil, como si en cualquier momento el vacío pudiera reclamarla. Me aferro a mis oraciones, pero las palabras se desvanecen antes de llegar a mis labios, como si alguien las arrancara de mi mente.
El aire cambia. Lo siento en mi piel, en mis pulmones. Se vuelve más pesado, cargado con una presión sofocante. La llama de la vela tiembla y, en un instante, se apaga. Todo queda sumido en una oscuridad más densa que la noche.
Lo veo
Esta no es una ausencia de luz. Es algo vivo, una presencia que devora todo a su paso. Trato de moverme, pero mi cuerpo no me responde. Estoy atrapada, suspendida en este abismo de muerte.
Y entonces, lo veo.
Dos ojos brillan en la oscuridad. No son ojos humanos. Ardientes, refulgentes, como dos soles distantes que miran dentro de mí. No hay rostro, no hay cuerpo. Solo esos ojos que me queman con su mirada.
Quiero rezar, pero mi mente se quiebra bajo el peso de su presencia. Intento moverme, buscar mi espada, mi salvación. Pero mis manos están inertes, mi cuerpo es una prisión.
Y entonces, habla.
La voz de la entidad
La voz es un coro de gritos, un rugido distante y cercano al mismo tiempo. Cada palabra es un tormento, un eco que reverbera dentro de mi cabeza.
—Ahora mismo no me eres útil... Necesito despejar el camino. Es hora de dormir, marioneta.
Intento luchar, pero es inútil. Su voluntad es un muro infranqueable. Mi mente, mi fe, todo se derrumba como un castillo de arena. La oscuridad me envuelve, fría y absoluta.
Y entonces, todo se apaga.
El despertar
Cuando vuelvo a ser consciente, no estoy sola. Oigo voces, murmullos preocupados. Mi cuerpo sigue sin responder, pero mi mente está despierta. Escucho al Apotecario hablando con tono grave, pronunciando palabras que calan en mi alma:
—Más allá de la vida, pero no en la muerte.
La noticia corre entre los zelotes como un incendio. El caos se desata mientras intentan comprender lo incomprensible. Pero entonces, como una tormenta, Barakiel entra en la sala.
Su presencia es imponente, su rostro una máscara de determinación. Sin mediar palabra, desenvaina su pistola bólter.
—No podemos permitir que esto se sepa.
Los disparos llenan la habitación. Uno tras otro, los testigos caen, sus cuerpos desplomándose en un silencio frío. Los ecos de las detonaciones resuenan, y luego, solo queda el silencio.
La intervención del Pío
El silencio no dura. Antes de que Barakiel pueda ordenar su próxima acción, la puerta se abre de golpe. Una figura vestida con ropajes ornamentados y dorados entra en la sala, su voz resonando como si estuviera dando un sermón ante miles:
—¡Barakiel, hermano! ¡Qué espectáculo más innecesario!
Dominicus el Pío. El mismísimo Archiconfesor, con su sonrisa calculada y su mirada llena de astucia. Su entrada es como un veneno derramado en el aire. Puedo sentirlo incluso en mi estado paralizado: este hombre no trae consigo redención, solo manipulación.
Barakiel le dirige una mirada asesina, pero no dice nada. Ambos saben quién es Dominicus y el peso de su influencia en el sector.
—Entiendo, entiendo… —continúa Dominicus, alzando las manos como en un gesto de paz—. Es vital que esto no salga a la luz. La fe de las masas es frágil, después de todo. Pero, mi querido Barakiel, no puedes llevar este peso solo. Déjame ayudarte a encontrar una solución… discreta.
Barakiel se detiene. Su mano sigue apretando el bólter, pero no dispara. Las palabras de Dominicus tienen el efecto de una serpiente que susurra promesas en los oídos de un hombre desesperado.
Yo, en mi estado de parálisis, lo veo todo. Mi mente grita en silencio. ¿Cómo es posible que este hombre, al que llaman el Pío, pueda manipular incluso a un Astartes como Barakiel? Él no es un salvador. Es un político, un manipulador, y su presencia aquí no augura nada bueno.
El pacto silencioso
Finalmente, Barakiel asiente. Baja el arma y dirige una última mirada a Dominicus, una mezcla de odio y resignación.
—Haz lo que tengas que hacer, pero no me hagas arrepentirme de permitirte esto.
Dominicus sonríe, una sonrisa que no contiene ni un atisbo de piedad.
—Por supuesto, hermano. Todo por el bien del Imperio… y de nuestra fe.
Y con esas palabras, los cimientos de algo oscuro comienzan a erigirse.
Encerrada en la penumbra
Estoy aquí, atrapada en mi propia mente. Mi cuerpo es una cárcel, mi espíritu es el único testigo de esta farsa. Dominicus el Pío no es un salvador, no es un hombre de fe. Lo veo en sus ojos. Él también es un maestro de sombras, una figura envuelta en intriga y ambición.
Y mientras mi prisión se llena de conspiraciones y secretos, solo una pregunta sigue resonando en mi mente:
¿Volverá?
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