La Última Jugada
El Empíreo es un océano de caos sin forma. Un torbellino de pensamientos desbordados y deseos prohibidos. Pero incluso en la tormenta, existen remansos. Lugares donde las grandes voluntades pueden hablar sin temor a la interferencia de dioses celosos o inquisidores demasiado ambiciosos.
Aquí, en este fragmento de realidad invertida, El Testigo aguarda.
Una proyección de luz y sombras danza ante él, una figura envuelta en penumbra y fuego débil, una silueta imponente en una armadura oscura que vibra con la esencia de la disformidad. Sobre su pecho brilla el blasón de los Portadores de la Palabra, marcado en rojo y bronce, como un juramento sellado en sangre.
Pero El Testigo no lo nombra.
No es necesario.
Ambos saben quiénes son.
—Las piezas están en el tablero. —La voz del Testigo no suena en el aire, sino en la propia mente de su interlocutor. Es un eco sin boca, un aliento sin labios—. Todo ha seguido el curso previsto.
La silueta permanece inmóvil, con los brazos cruzados. Pero escucha.
—Barakiel ha caído. La figura de blanco y verde se ha roto, reducido a un espectro atrapado en una prisión de hierro. La Deathwing se tambalea sin su vigilancia, y el Pío la conduce como un rebaño.
No hay respuesta.
Pero el Testigo percibe el leve asentimiento.
—Cypher juega su papel con precisión quirúrgica. Sus manos están sucias de traición, pero cada puñalada es una pincelada más en el lienzo del destino. Pronto, sus cadenas se soltarán.
Las sombras vibran.
La figura alza la cabeza, como si sopesara la información.
—Pandemius, como se esperaba, ha hecho de Ferrum su plaga personal. Sus huestes han abierto las puertas del infierno y el hedor de la podredumbre impregna la colmena. No hay salvación.
—Alastor… —El Testigo deja que el nombre resuene—. Ah, nuestro orgulloso criptecnólogo. Aún cree que juega en su propia partida, que puede torcer el destino a su voluntad. No entiende que es una pieza más en el mecanismo.
Un destello de luz.
Un parpadeo en la tormenta.
La figura se inclina levemente hacia adelante, la disformidad ardiendo en torno a su presencia.
—Las últimas defensas del Imperio no importan. Su lucha es desesperada, fútil. No hay fuerza en la galaxia que pueda contener lo que está por venir.
El Testigo sonríe, aunque nadie puede ver su rostro.
—La Puerta se abrirá.
Silencio.
Por fin, la silueta en la penumbra se mueve, con un gesto lento y calculado. Un asentimiento apenas perceptible.
Entonces, sin necesidad de más palabras, la proyección se disuelve.
El Testigo queda solo en el vacío.
Pero ya no necesita hablar más.
El destino está en marcha.

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