ENTRE LA LOCURA Y EL DESTINO
Sangre. Carne. Exoesqueletos astillados.
Cada golpe parte la marea, cada rugido arranca miembros y desgarra gargantas. Mis hermanos han caído. El suelo de Ferrum es un lodazal de cuerpos rotos, de garras y armaduras aplastadas. Y aún siguen viniendo.
No importa. No pararé. No puedo parar.
Mi espada brilla entre los chorros de icor verde, mi armadura es un peso muerto cubierto de muerte y desesperación. Mis ojos ven rojo, mis pensamientos son cuchillas.
Entonces, algo cambia.
Los Tiránidos no son solo Tiránidos. Entre sus filas reptan cosas peores. Horrores de Nurgle, hinchados y sonrientes, escupen sus plagas sobre los vivos. Entre las sombras, distorsiones imposibles toman forma, entidades que no deberían existir se deslizan entre la carne, corrompiendo, devorando.
Todo se vuelve irreal.
Horus está frente a mí.
Padre cae.
Siento la quemadura de la traición en el pecho, una furia más grande que cualquier guerra. La veo. La veo en todo.
No hay Ferrum. No hay Tiranidos. Solo la rabia. Solo la muerte.
Me lanzaría contra él. Lo haría.
Pero la oscuridad me toma.
Despierto.
No puedo moverme. Ataduras de adamantina muerden mi carne, seda psíquica inmoviliza mi mente.
A mi alrededor, Onalem Assyla discute.
—No podemos permitirlo. Está perdido.
—No. Es Valentín. Es nuestro hermano.
—No es nadie. No es más que un jinete sin control.
No los oigo. No los quiero oír.
Parpadeo.
Estoy en otro lugar.
Un pasillo imposible se extiende ante mí, negro y blanco, como si el mundo se hubiera invertido. Las sombras son claras, los objetos son pozos de vacío.
A mi lado, Cypher camina sin esfuerzo, su espada envainada, su rostro oculto.
Y al frente…
Un trono.
Sobre él, Sir Modred.
Sus ojos son brasas en la negrura, faros en el abismo. Cuando habla, hablan mil voces con él.
—Tú eres el Jinete de la Guerra.
Las palabras me atraviesan como una espada.
—Tú eres una pieza en este puzzle.
Siento que cada batalla me ha traído aquí. Cada golpe, cada furia, cada grito de muerte ha sido parte de un camino que nunca vi.
—Tus delitos no son más que fortaleza para lo que ha de venir.
Algo en mí se resquebraja. No es miedo. No es devoción. Es certeza.
Confío en que cumplirás tu papel.
El mundo se distorsiona. Sir Modred crece, su forma se expande.
Se convierte en algo imposible, inmenso, absoluto.
Negro y blanco a la vez, ojos que son soles en la tormenta de la realidad.
Siempre ha estado ahí. Siempre lo he visto.
Abro los ojos.
Sé lo que debo hacer.

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