Entrada II – El Fuego del Justo
Huele a enfermedad.
A barro impuro y traición vieja.
A esa vieja herida…
El hedor me llega antes que sus portadores. Lo reconozco. Lo llevo incrustado en el hueso, como una maldición que no cicatriza.
Pandemius.
Hace años, en los subniveles de Cifrus Prime, me rozó.
Un roce bastó.
Mi fe resistió… pero mi carne nunca olvidó.
Hoy se alza como si fuera profeta.
Hoy exige jardín, canta con campanas rotas y labios podridos.
Pero yo soy la llama.
Y él será ceniza.
Me alzo en el púlpito blindado, sobre el campo de batalla aún cubierto de ceniza y plegarias muertas.
Veinte de los míos se arrodillan a mi alrededor, la Guardia Pía.
Cada uno ha sido purificado. Cada uno sangra oro.
Yo los bendigo con un gesto.
No porque lo merezcan… sino porque serán el recipiente de mi furia.
Y entonces, lo entono.
El Salmo de la Llama Inquebrantable.
“¡No temáis al hedor de la peste ni a la sombra del hereje!
Porque donde mora la corrupción, arderá la llama del deber.
La putrefacción es débil, el alma pura es eterna.
Y ante la luz del Emperador, hasta la podredumbre suplica morir.”“¡Alzad el estandarte! ¡Sellad la grieta! ¡Purificad con fuego!
Pues no hay jardín para el vil,
solo ceniza bajo el paso del justo.”“Por la Voluntad del Trono, yo os declaro maldito, Pandemius.
Tus blasfemias serán silenciadas,
y tu semilla, quemada en la llama de la redención.”
Pero no es solo un salmo.
Es una semilla de juicio. Un hechizo antiguo, aprendido en los márgenes prohibidos del Librarium Ferrum.
Cada palabra cargada de intención.
Cada nota entonada para inclinar el alma de los orgullosos hacia su ruina.
Ya lo veo…
Barakiel, mi cruzado caído, tiembla en su sarcófago.
Josué Onfire, el relicario viviente de la Segunda Compañía, comienza a oír ecos del juicio que aún no ha llegado.
Y en las filas del Imperio, los más devotos se arrodillan…
…pero algunos, los más orgullosos, sienten la grieta abrirse en su pecho.
Yo no los condeno.
Yo los uso.
Lanzo mi bendición maldita.
6 salmos.
un milagro para mi causa.
una quemadura sagrada sobre la piel de mis siervos.
El fuego es imparcial.
El fuego es justo.
Y allá a lo lejos, el cielo sangra, y la peste canta.
Pero yo no rezo.
Yo declaro sentencia.
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