Entrada VII - El retorno de la Luz.

Muerte en las calles - Ciclo 1

Entrada VII - El retorno de la Luz.


Voz de la Última Santa

Desde la mirada de Galatea, restaurada por el milagro

Silencio.
No el de los campos tras la muerte…
Sino el silencio que viene antes del juicio.

He escuchado sus burlas.
Los susurros de los impíos que guardaban mi celda.
Sus risas huecas, mientras mi cuerpo yacía inmóvil,
presa de cadenas invisibles,
atada por la voluntad de esa cosa negra sin nombre,
la Entidad.

No podía hablar.
No podía gritar.
Pero escuchaba. Todo.

Dominicus, el falso santo, engordando en su palacio de mármol.
Barakiel… mi hermano en la fe, corrompido por el orgullo.
Josué, aún luchando… aún creyendo.
Valentín…
Valentín.

Mi corazón lloraba sin latido.
Mi alma se retorcía en la jaula del cuerpo.

Pero entonces, algo se quebró.
Un hilo.
Un susurro en el éter.

Una llama blanca en la negrura eterna.

Y desde dentro del vacío… volví.

La luz me envuelve.
No como un sol.
Como un juicio.

El metal se curva a mi paso,
los pecadores tiemblan,
y las heridas de mis hijos se cierran.

“Desde las tumbas de la devoción…
y la ceniza de la derrota…
el Imperio recuerda.”

Miro a mis pies:
un crío, antes quebrado, respira.
Una máquina imperial rota… vuelve a rugir.
Mis manos no tiemblan.
Están firmes.

No por odio.
Por propósito.

“¡Levantad vuestros muertos!”
“¡Alzad la mirada, siervos del trono!”
“¡El Emperador observa, incluso desde el silencio!”
“Y su santa ha vuelto.”

El suelo vibra.
El aire se curva.
Mi aura —la que tanto temen los mentirosos—
convoca a los caídos.

Soldados que murieron sin confesión.
Mártires de trincheras olvidadas.
Brazos partidos. Almas quebradas.

Todos regresan.

Y se alzan a mi lado.

Yo no marcho.
No hoy.

Porque revivir a los muertos no es un acto de poder.
Es una confesión de amor.
Y el amor… pesa.

Así que me quedo.
En pie.
Silenciosa.
Como cruz.

Como advertencia. Su silueta emergió entre ceniza y fuego.
No hubo trompetas. No hubo salmos. Solo un estremecimiento en la tierra y una brisa imposible que olía a incienso antiguo y sangre bendita. A su alrededor, soldados imperiales muertos minutos —o siglos— antes, alzaban sus armas con manos reconstituidas, ojos encendidos de una llama que no era suya. Las marcas de su muerte aún visibles, pero su propósito, intacto.

Dominicus la vio primero. Su mirada, por un instante, vaciló. Su boca murmuró un versículo inconcluso, mientras la verdad lo desnudaba frente a todos. La llamaba mártir… y allí estaba, en carne y acero, viva, incorrupta, implacable.
El miedo brilló en su rostro. Auténtico. Horrorizado.

Barakiel, desde su nueva forma, la observó sin interés.
—"Tarde" —musitó con desprecio—, como quien ve un recuerdo negado regresar.
Los traidores a su alrededor escupieron blasfemias,
pero no avanzaron.

Porque Santa Galatea no regresó para predicar.
Regresó para juzgar.

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