La verdad enterrada
Pobre criatura.
Su respiración es un silbido húmedo. La carne de sus párpados es un amasijo ennegrecido, los ojos ya no existen, solo cuencas vacías, aún tibias por la última quemadura. Sabe demasiado.
Pero ya no verá nada nunca más.
Me paseo lentamente por la sala, las piedras del suelo húmedas bajo mis botas. Los grilletes rechinan cuando intenta moverse. Qué inútil. Qué patético. Qué… divertido.
—Ah, inquisidor mío… —me río suavemente, casi con dulzura—. Has visto la verdad. Y mira lo que te ha costado.
No responde. No puede. La piel de sus labios se ha fundido en una mueca de horror.
—Pero no te preocupes, no me molesta. No me altera. No temo lo que has descubierto. —Me inclino hacia él, susurro junto a su oído con voz de serpiente—. Porque la verdad se entierra con facilidad.
Me separo, giro sobre mis talones y extiendo los brazos, como si me dirigiera a un público imaginario.
—Mira lo que he conseguido con la verdad. Barakiel, caído. Humillado. Su orgullo lo ha llevado al lugar exacto que yo quería. Su "muerte" me ha dado la oportunidad que necesitaba. Ferrum, mío. El Anillo, mío. El legado de la Deathwing, mío.
Me vuelvo hacia mi prisionero, inclinando la cabeza con burla.
—¿Los siete de Ferrum? ¿Oh, su trágico y conveniente final? Bah. Simples piezas de un juego mayor. Su sacrificio ha abierto las puertas.
Mi ascenso es inevitable.
Comienzo a reírme. Primero es un susurro, un siseo contenido… pero crece. Se vuelve una carcajada plena, desquiciada.
—Oh, si supieras lo que he visto. Lo que he planeado. Vandire fue un simple tirano. Malcador, un siervo de un cadáver. Y el Emperador… ja.
Mi poder será mayor que el suyo.
Pero entonces, mientras avanzo por los pasillos enmoquetados del Palacio Pío, un dolor agudo me atraviesa el pecho. Me detengo, jadeando con el rostro oculto tras la máscara de serenidad. En la penumbra de mis aposentos, desabrocho con dedos temblorosos los cierres de mi túnica.
Allí está.
La herida.
Antigua.
Purulenta.
Oscura.
La carne tiembla en torno a ella, latiendo con una vida propia. Me quedo mirando, fascinado y furioso. Recuerdo…
Muchos años atrás, cuando Pandemius no era aún un demonio, ni un nombre temido, ni un emisario de Nurgle. Solo un susurro de plaga, un ente informe en las ruinas enterradas de Cifrus Prime.
Yo era joven. Un adepto orgulloso. Imprudente.
Y me acerqué demasiado a su nido.
Fui herido. Su ponzoña me rozó. Su corrupción me tocó.
Y sobreviví.
Recuerdo el dolor. La fiebre. La voz que me habló por primera vez en sueños.
No Nurgle. No un dios.
Él.
El patrón.
Mi verdadero protector.
Golpeo el espejo con rabia, y el cristal se rompe en una red de fractales. Por un momento —solo un instante fugaz— veo mi reflejo real:
Una parodia. Una farsa hinchada por el favor demoníaco.
Mi carne inflada. Mi rostro cruzado por venas negras.
Un ángel caído en la piel de un sacerdote.
Horrible… y a la vez… hermoso.
Me sostengo ante el cristal. Sonrío.
Gracias a él, aún estoy entre los vivos.
Llamo con un gesto a mi guardia personal.
—Traedme un tentempié. Uno fresco.
Momentos después, unos siervos arrastran a un crío, apenas un adolescente, atado de pies y manos. El joven grita, suplica.
Nadie responde.
Sus alaridos se escuchan en el palacio como ecos lejanos…
mortecinos, repugnantes… prueba sonora de una depravación sin precedentes.
Mientras los muros se llenan con sus quejidos, mi herida late con gozo. Pandemius se ríe en el fondo de mi mente.
Y yo también.

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