LA LLAMA EN SILENCIO
Silencio.
Pero no uno vacío, no uno pacífico.
Un silencio espeso, que pesa como plomo en los pulmones del alma.
Santa Galatea yace inmóvil.
Su cuerpo, suspendido entre vida y muerte, es un relicario de carne.
Sus párpados no se abren, su boca no emite palabra.
No puede moverse, no puede gritar, no puede llorar.
Pero escucha.
Siempre escucha.
Allí, en la penumbra del Sanctum Silentium, donde ni siquiera los cantos imperiales se atreven a alzarse,
dos miembros de la Guardia Pía rompen el protocolo con susurros que gotean veneno.
—¿Y hoy qué? ¿Otro sermón del iluminado?
—Sí. El Archiconfesor hablará antes de la gran batalla. ¿Lo sabías? Ya lo tratan como al Emperador, o más.
—Pff… El Emperador al menos sabía callar. Este no para de dar discursos.
—Y espera, espera, ¡¿has oído quién liderará la ofensiva?!
—No me lo digas… ¿Barakiel? ¿El cacho de chatarra poseído?
—Sí, y con él… prepárate… ¡un petardo de los Ángeles Sangrientos! Josué Fireon, o algo así.
—¿Josué? ¡Eso suena a mascota del Astra Militarum!
Ríen.
Y ella escucha.
La risa es un cuchillo oxidado en su pecho inmóvil.
La blasfemia, un incendio contenido en su mente.
Galatea tiembla.
No su cuerpo, sino su alma.
Una vibración imperceptible, un escalofrío en el tejido mismo del espacio.
Y entonces…
Una luz.
Primero es un hilo. Luego, un haz.
Un pilar de fuego plateado atraviesa el techo del sanctum.
La estancia se baña en un fulgor ciego, puro y letal.
Los soldados apenas tienen tiempo de girarse.
Sus voces se evaporan.
Y cuando la luz se apaga…
Lo único que queda de ellos son sombras calcinadas, impresas en la piedra como un mural de advertencia.
El aire se vuelve denso, la realidad se curva.
Y entonces, pasos.
Lentos.
Reverberantes.
Firmes como el dogma.
El sonido del metal sagrado caminando sobre losas impías.
Santa Galatea ha abierto los ojos.
Ya no reza.
Ya no sufre.
Una vez más , Ha regresado.



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