Entrada VI – El Precio del Tiempo
Desde la mirada múltiple de El Retorcido.
Yo lo vi antes que nadie.
Antes de que la luz verde temblara.
Antes de que Alastor se arrodillara ante la cerradura del mundo.
Antes de que Lady Time abriera los ojos detrás del velo.
Vi la fractura.
Sentí el desgarro.
Sabía que vendría.
Y, como siempre, callé.
Alastor… pobre alquimista de secretos.
Creíste que el control bastaría.
Que las llaves eran tuyas.
Que Lady Time sería tuya.
Pero los relojes rotos no dan la hora.
Cuando activaste el sello…
yo sonreí.
No lo viste.
Estabas demasiado ocupado observando la gloria.
Pero yo, El Retorcido, ya me había apartado.
Ya estaba más allá de la ecuación.
Y entonces, ocurrió.
El núcleo tembló.
La luz cambió de dirección.
Y Lady Time despertó.
No como un dios.
No como una bestia.
Como destino encarnado.
Ella no te gritó.
No te miró.
Solo… te borró.
En un parpadeo eterno, fuiste polvo.
Polvo que una vez creyó tener propósito.
Y yo, miré sin emoción.
“¿Acaso pensasteis que vuestra alianza era sagrada?
¿Que las máquinas no sabrían del precio del tiempo y la sangre?”“Yo vi la fractura venir…
la sentí en los pulsos del mismísimo tejido del metal viviente.”“Los necrones no son vuestros peones.
Ni vuestros salvadores.
Y ahora, el ciclo se repite…
uno más traicionado.
Uno más juzgado por la eternidad.”
A mi alrededor, los legados dormidos de la dinastía inmortal se detienen.
Sus sistemas tiemblan.
Los protocolos se rescriben.
No para pelear.
Sino para marcharse.
Yo les ordeno.
No con voz.
Con ausencia.
Y obedecen.
“Os dejo a vuestra podredumbre, mortales y espectros.
Cuando Lady Time termine con vosotros…
el silencio será vuestro único dios.”
Una última descarga.
Un estallido de tiempo invertido.
Mis servidores y yo nos fundimos con el aire.
Nos desvanecemos como ideas antiguas.
Ferrum no es mi guerra.
Nunca lo fue.
Yo solo afilo los engranajes.
Para la siguiente puerta.
Para el siguiente traidor.


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