Ferrum ciclo 2: Zona Cardinalis. Capítulo 5

Muerte en las calles - Ciclo 1

REQUIEM: Los 5 descienden


El asedio alcanzó su clímax ante las puertas del Palacio Pío, cuando la guerra dejó de obedecer a generales y empezó a responder a entidades.

El Red Gobbo apareció entre explosiones imposibles, riendo, arrojando artefactos que no distinguían entre hereje e imperial. Su locura arrancó carcajadas al Inmaterium… pero aquello no era más que un mal menor, un ruido infantil antes del verdadero desastre.

Entonces los Cinco descendieron.

Una nube de oscuridad absoluta se abatió sobre las huestes de Azrak y Pandemius, sofocando gritos, plegarias y transmisiones. Frente a ellos, los Custodes, los Templarios Negros y los Mal Metálicos, los silentes necrones, mantuvieron la línea con una determinación que rozaba lo suicida. La fractura en el espacio relampagueó sobre el campo de batalla, como una herida viva, y la realidad comenzó a retorcerse sobre sí misma.

Los Cinco desataron el caos.

Durante un instante imposible, las fuerzas imperiales parecieron repeler parte de la comitiva hereje y demoníaca. Espadas doradas avanzaron. Juramentos se cumplieron. Pero la fractura venció. La realidad se rindió primero, y luego la disformidad fue arrastrada con ella, hundiéndose sobre Ilas, mientras emergía algo peor: la dimensión de la Entidad.

Ferrum colapsó.
No toda… pero sí su corazón.

Fragmentos enteros de la colmena, junto al propio Palacio Pío, desaparecieron en la grieta como si jamás hubieran existido. Los Cinco rieron, creando y destruyendo con la indiferencia de dioses cansados.

Erdos cortó los hilos que aún mantenían con vida a Orkenheimer. El Waaagh se quebró al instante: los orkos huyeron en desbandada, privados de aquello que los mantenía unidos.
Sylpharis se alimentó del alma de innumerables Templarios, y con un golpe casi mortal dejó a Casius al borde de la extinción, quebrando el avance de la Hueste Dorada.

Los orkos reunidos en torno a Tronchamulas se detuvieron en seco cuando lo vieron implosionar y desaparecer, arrancado de la existencia. El horror, algo casi desconocido para su especie, los alcanzó por primera vez.

Todo cayó en Ilas.

La colmena quedó reducida a un mar de disformidad hirviente, un caos sin forma ni ley… salvo por un pequeño reducto. Una zona pura, indemne, donde civiles aterrados y restos de defensores sobrevivían bajo la protección de misteriosos pilares de piedra negra, erigidos por una fuerza desconocida, ajena tanto al Imperio como al Caos.

Allí, en ese último refugio imposible, la historia aún no había terminado.
Pero el mundo que la había engendrado… ya estaba muerto.

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