Entrada FINAL - Las Cenizas de Ferrum.

Muerte en las calles - Ciclo 1

Entrada FINAL - Las Cenizas de Ferrum.


“Todo Según el Plan”

Desde la mirada febril de Dominicus el Pío, regente herido de Ferrum

El dolor vuelve.
Como un viejo amigo.
Una punzada que no avisa,
una herida que nunca debió sanar.

Mi pecho arde. La corrupción de Pandemius, esa ponzoña traída de hace años en la ruina de Cifrus Prime, despierta en mí como un eco fiel.
Mi guardia cae. Uno a uno.
Sus cuerpos se retuercen bajo la danza pútrida de la plaga, y yo… yo observo.

Valentín.
¡Oh, pequeño cruzado sin causa!

Lo vi en el filo del mundo, su silueta ardía como una chispa maldita.
Se abalanzó sobre Crowley, ambos envueltos en una sinfonía de furia.
Y cayeron juntos, devorados por la grieta.
Ni plegaria ni fuego bastaron para detener ese estruendo.
El suelo tembló. El aire sangró.

Y entonces…
El Ezkurridor brilló.
Un titán de brutalidad sagrada, un orkoide hecho idea y energía pura.
Rugió sin boca.
Y con un solo manotazo, barrió a Lady Time del plano real.
La C’tan implosionó con un susurro.
Un zumbido final, como un reloj roto que se detiene al fin.

Cese. Silencio. Ruptura.

Pero no hay gloria sin traición.

Galatea...
mi querida rival.
Su luz se apagó.

Cayó bajo los cuchillos de la Guardia corrupta de Barakiel.
Sí, el mismo que llamaron mártir. El mismo que camina ahora entre los muros del submundo como profeta de un dios sin nombre.

Antes de que mi consciencia se disolviera, lo vi.
Una sombra con alas rojas.
Un Devorador de Almas.
Su hacha quebró al Ezkurridor como a un títere sin hilos.

La última luz murió.
Y yo también.
Por unos segundos.

Despierto entre tubos.
El trono de asistencia médica me sostiene.
Como un ataúd vertical.

Un Medicae me entrega la verdad:
no puedo volver al frente.
Nurgle ha reclamado lo suficiente.

Y entonces lo veo.
Mi Guardia Pía ejecuta al Medicae sin una palabra.
Su cuerpo cae con la dignidad de la utilidad cumplida.

"Traición…" murmuro.
Con los ojos clavados en el sello del Trono.

Pido informes.
Los datos llegan como bendiciones:

  • Los Ángeles Sangrientos han sellado los restos de Galatea.
  • Se han aislado de la cúpula.
  • Nadie ha vuelto a ver a Valentín. Se le da por muerto.
  • Barakiel se atrinchera en la bajoColmena, su culto se expande.
  • Los Portadores de la Palabra lo protegen.
  • La colmena ha cerrado los accesos inferiores.

Los altos mandos…
los cobardes…
creen que esto evitará la guerra.

No entienden.
La guerra ya ha empezado.
Yo la sembré.

Y entonces, ríe mi pecho.
Mi herida duele como nunca…
y eso me confirma que aún tengo un propósito.

“¡Que se expongan los Ángeles Sangrientos como traidores del Trono!”
“¡Que se les ponga en búsqueda y captura como asesinos de la Santa!”
“¡Que se escriba la historia como yo la dicte!”
“¡Que sus nombres ardan!”

Mis demagogos corren a obedecer.
Mi verdad empieza a expandirse.

Y entonces…

Un sello nuevo aparece en la consola.
Negro. Dientes de plata. Cruz afilada.

Templarios Negros.

El juramento hecho al regente de Ferrum será cumplido.
Las primeras delegaciones ya están en camino.

Yo sé lo que esto significa.
No puedo perder el control ahora.
No frente a ellos.

Mis manos tiemblan.
No por miedo.
Por emoción.

"Habrá que ejecutar el plan…
con sumo cuidado."

Se dice a si mismo, mientras observa la holocubierta de su palacio... las cenizas mecidas por el viento... Las Cenizas de Ferrum.

Entrada X - Duelo sobre El Cruce.

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Entrada X - Duelo sobre El Cruce.


El Último Grito de la Rabia

Desde el corazón en llamas de Valentín O’Rossi, Jinete de la Muerte


El cielo… ruge.

No con truenos.
Con nombres.
Nombres arrancados de caparazones rotos, nombres pronunciados por los muertos.

Ferrum está perdido.
O casi.
Yo… aún respiro.

Y mientras haya un latido,
puede haber juicio.


Allí está Crowley.
Profeta de los cráneos, apóstol de la masacre.

Su voz aún vibra en mi oído, como un cuchillo en la fe.
Un eco lleno de promesas podridas.
Y yo,
yo no vine a escucharlo.

Vine a callarlo.


El campo tiembla.
Las máquinas demoníacas se arrastran.
Los Ángeles Oscuros dudan.
El cielo se parte.

Y yo,
con mi hombro roto, mi moto ardiendo, y mi alma sin escudo…

alzo mi arma.
Y hablo.


“No eres Horus, pero caerás igual”

“¡Crowley…!

No eres Horus.
No tienes su peso.
No llevas el manto de su traición…

Pero hueles igual.

¡Hueles a orgullo corrompido!
A promesas rotas, envueltas en versos y mentiras.
A intelecto que se arrastra como un gusano, fingiendo divinidad.”

“Yo no soy Sanguinius.
No soy digno de su estatura, ni de su voz.

Pero soy su rabia.
Soy su espada sin gloria.
Soy su grito final aún resonando en la sangre.”

“¡Y tú, maldito cuervo caído, serás mi muro de ruina!
¡El cadáver que dejo para que la galaxia recuerde que aún hay justicia en esta oscuridad!”*


No espero respuesta.
No hay duelo de palabras.

Solo acero.
Y fe rota.


Activo mi moto.
La bestia responde con un rugido que parece llorar.
Mi arma chisporrotea.
La sangre de la galaxia tiembla.

Y yo…

Yo cargo.

“¡POR SANGUINIUS!
¡POR LA VERDAD QUE AÚN DUELE!
¡POR EL EMPERADOR… AUNQUE YA NO ESCUCHE!”

Mi cuerpo parece quebrarse.
Pero no importa.
No soy un hombre.

Soy una flecha.
Soy un veredicto.


El destino de la batalla se decide en estos instantes de furia y voluntad.
Mientras Enoc amenaza la maquinaria oscura,
Valentín desafía al profeta del Caos,
y el equilibrio del campo de batalla pende de un hilo.


Entrada IX: La puerta se abre.

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Entrada IX: La puerta se abre.


Evangelio de Cráneos

Desde la mirada de Crowley, Heraldo del Último Grito

La realidad…
cruje.

Como si sus costuras fueran carne vieja, empapada en miedo.
Como si la galaxia, por un segundo, respirara por error.

Yo no abrí la Puerta.
Ellos cedieron la realidad.
y yo la rasgué con intención.
Con voluntad.
Con deseo.

Los sellos arcanos, frágiles por siglos de contención, estallan como burbujas pútridas.
La disformidad no entra…
se derrama.

Una marea roja.
Una ola de rabia pura.

Y yo, Crowley, voy al frente.

Mis Portadores de la Palabra me siguen, envueltos en fuego y mantras.
Pero ya no rezamos.
Ya no pedimos.

Tomamos.

Alzo mi libro.
No hecho de papel.
Hecho de carne abierta.
Cada palabra en su interior es una herida.
Una memoria arrancada.
Un grito tatuado.

Las letras no se leen.
Se sienten.
Como cuchillas bajo la piel.
Como hambre que no se sacia.

La grieta pulsa.
Mis ojos sangran.
Y sonrío.

“Todo lo que sangra es mío”

No hay voz.
Solo sonido.

Mi palabra no se propaga en aire,
se inscribe en hueso.
Todo aquel que escucha… sangra.

“¿¡Valentín!?
¡Oh, pequeño portador de cadenas rotas!”

“Aún crees en justicia.
En redención.
En propósito.”

“¿No ves que tu fe es solo otra forma de hambre?
¡Una sed disfrazada de obediencia!”

“Yo he dejado de fingir.”

Mi armadura ruge.
Las runas de Khorne se abren como bocas.
Mi pecho arde:
no de fe… de fuego.

“Khorne no pide oraciones.
No exige incienso.”

“Solo quiere lo que todos los dioses desean…
Sangre. Cráneos. Combate eterno.”

“¡Y yo, Crowley, ya no predico!
¡YO GRITO!
¡YO MATO!
¡YO ABRO CRÁNEOS PARA QUE LA VERDAD FLUYA ROJA!”

Extiendo los brazos.

Las cadenas de mi antigua fe ya no atan.
Látigos.
Instrumentos de revelación.

Mi báculo…
fundido en un hacha doble,
forjada con gritos, sellada con hueso.

“¡Ven, Valentín!
Sé tú mi evangelio final.
Tu cabeza será mi púlpito.
Tu sangre, mi salmo.
Y en tu muerte…”

“…el Dios de la Sangre sonreirá.”

Y tras mí…
El coro.

Berzerkers recién llegados, aún goteando entrañas.
Demonios de Khorne sin nombre,
sin propósito más allá de la furia.

Y todos,
todos gritamos lo mismo:

“¡SANGRE PARA EL DIOS DE LA SANGRE!”
“¡CRÁNEOS PARA SU TRONO!”

Entrada VIII - El Ezkurridor Asciende

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Entrada VIII - El Ezkurridor Asciende


El Ezkurridor

En medio del fragor de la batalla, con los vehículos rugiendo, las armas disparando y los demonios aullando, se levantó el líder de los orkos. El Ezkurridor. Con un gesto enérgico se sacudió las partículas de polvo pegadas a su armadura, emitiendo un sonido metálico producido por el choque entre su guantelete y su pechera.

Mirando a su ejército, que todavía luchaba con furia titánica, comenzó a caminar, mientras gritaba:

“ORKOZ ZEGUIDOREZ MÍOZ. Ze eztá diziendo por ahí ke eztamoz luchando kontra la zeñora del tiempo. Ez eza gorda ke brilla, a lo lejoz en medio de todoz loz maloz.”

El ejército de pieles verdes, instintivamente, giró la cabeza para observar lo que El Ezkurridor señaló. Y sobre el campo de batalla, o en él, o alrededor de él... de alguna forma en todo y en nada, se encontraba Lady Time.

Cuando El Ezkurridor vio que todos los pieles verdes habían presenciado la Luz del Tiempo con sus propios ojos, no pudo evitar soltar una carcajada. Y entre risas, continuó:

“Gorko y Morko me han hablado. A mí, de entre todoz loz orkoz ke eztamoz akí, ha zido a mí. Me han dicho ke tenemoz la pozibilidad de unirnoz a zuz apozentoz en el eterno WAAAGH, para dar fuerzaz al rezto de loz orkoz en todaz laz batallaz ke ze librarán de akí al final de loz díaz.”

Confundidos, los chavalez se miraron con preocupación. ¿Sería este otro delirio de grandeza de El Ezkurridor? Desde que, horas antes, había usado la moto robada de Valentín, sólo había pronunciado palabras incoherentes e ideas inconexas. Sin embargo, de alguna forma, El Ezkurridor parecía ahora más lúcido que nunca.

Los murmullos comenzaron a propagarse entre las filas verdes, intentando discernir la veracidad de las palabras de su líder, que acalló las voces de nuevo.

“Dezde ke llegamoz akí zolo hemoz tenido una mizión. Enfrentarnoz al rezto de bichoz ke akí ze encuentran para demoztrar lo fuertez ke zomoz. Hemoz demoztrado ke no zomoz LOZ MÁZ fuertez, pero zí noz tienen ke tener miedo y eztar pendientez de zuz movimientoz porke podemoz dar guerra. En ezte momento, zin embargo, no tenéiz ke zeguirme a mí. Zeguid a Gorko y Morko. MATAD A LA GORDA BRILLANTE. Zi lo konzeguimoz, prometo... no, juro... ke yo oz lideraré para ziempre, hazta el final de vueztroz díaz.”

Cada palabra de El Ezkurridor transmitía más emoción que la anterior en el corazón de los pieles verdes que se hallaban en el campo de batalla. Poco a poco, las miradas de incertidumbre pasaron a ser miradas de felicidad, acabando en un éxtasis de batalla e ira que pocas veces habían sentido. Y las miradas orkas, que al principio habían servido para conectar al ejército verde y descubrir lo que estaba pasando, se centraron en El Ezkurridor, para acabar finalmente posándose sobre Lady Time.

“ZEGUIDOREZ. KOGED VUEZTRAZ ARMAZ Y KARGAD. TRAEDME LA KABEZA DE LADY TIME, ¡¡¡Y TIÑAMOZ LAZ LUZEZ DE LAZ EZTRELLAZ DE KOLOR VERDE!!! WAAAAAAAAAAAAAAAAAAAGH”.

Entrada VII - El retorno de la Luz.

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Entrada VII - El retorno de la Luz.


Voz de la Última Santa

Desde la mirada de Galatea, restaurada por el milagro

Silencio.
No el de los campos tras la muerte…
Sino el silencio que viene antes del juicio.

He escuchado sus burlas.
Los susurros de los impíos que guardaban mi celda.
Sus risas huecas, mientras mi cuerpo yacía inmóvil,
presa de cadenas invisibles,
atada por la voluntad de esa cosa negra sin nombre,
la Entidad.

No podía hablar.
No podía gritar.
Pero escuchaba. Todo.

Dominicus, el falso santo, engordando en su palacio de mármol.
Barakiel… mi hermano en la fe, corrompido por el orgullo.
Josué, aún luchando… aún creyendo.
Valentín…
Valentín.

Mi corazón lloraba sin latido.
Mi alma se retorcía en la jaula del cuerpo.

Pero entonces, algo se quebró.
Un hilo.
Un susurro en el éter.

Una llama blanca en la negrura eterna.

Y desde dentro del vacío… volví.

La luz me envuelve.
No como un sol.
Como un juicio.

El metal se curva a mi paso,
los pecadores tiemblan,
y las heridas de mis hijos se cierran.

“Desde las tumbas de la devoción…
y la ceniza de la derrota…
el Imperio recuerda.”

Miro a mis pies:
un crío, antes quebrado, respira.
Una máquina imperial rota… vuelve a rugir.
Mis manos no tiemblan.
Están firmes.

No por odio.
Por propósito.

“¡Levantad vuestros muertos!”
“¡Alzad la mirada, siervos del trono!”
“¡El Emperador observa, incluso desde el silencio!”
“Y su santa ha vuelto.”

El suelo vibra.
El aire se curva.
Mi aura —la que tanto temen los mentirosos—
convoca a los caídos.

Soldados que murieron sin confesión.
Mártires de trincheras olvidadas.
Brazos partidos. Almas quebradas.

Todos regresan.

Y se alzan a mi lado.

Yo no marcho.
No hoy.

Porque revivir a los muertos no es un acto de poder.
Es una confesión de amor.
Y el amor… pesa.

Así que me quedo.
En pie.
Silenciosa.
Como cruz.

Como advertencia. Su silueta emergió entre ceniza y fuego.
No hubo trompetas. No hubo salmos. Solo un estremecimiento en la tierra y una brisa imposible que olía a incienso antiguo y sangre bendita. A su alrededor, soldados imperiales muertos minutos —o siglos— antes, alzaban sus armas con manos reconstituidas, ojos encendidos de una llama que no era suya. Las marcas de su muerte aún visibles, pero su propósito, intacto.

Dominicus la vio primero. Su mirada, por un instante, vaciló. Su boca murmuró un versículo inconcluso, mientras la verdad lo desnudaba frente a todos. La llamaba mártir… y allí estaba, en carne y acero, viva, incorrupta, implacable.
El miedo brilló en su rostro. Auténtico. Horrorizado.

Barakiel, desde su nueva forma, la observó sin interés.
—"Tarde" —musitó con desprecio—, como quien ve un recuerdo negado regresar.
Los traidores a su alrededor escupieron blasfemias,
pero no avanzaron.

Porque Santa Galatea no regresó para predicar.
Regresó para juzgar.

Entrada VI - El Tiempo Se Rompe

Muerte en las calles - Ciclo 1

Entrada VI – El Precio del Tiempo


Desde la mirada múltiple de El Retorcido.


Yo lo vi antes que nadie.
Antes de que la luz verde temblara.
Antes de que Alastor se arrodillara ante la cerradura del mundo.
Antes de que Lady Time abriera los ojos detrás del velo.
Vi la fractura.
Sentí el desgarro.
Sabía que vendría.
Y, como siempre, callé.


Alastor… pobre alquimista de secretos.
Creíste que el control bastaría.
Que las llaves eran tuyas.
Que Lady Time sería tuya.
Pero los relojes rotos no dan la hora.


Cuando activaste el sello…
yo sonreí.
No lo viste.
Estabas demasiado ocupado observando la gloria.
Pero yo, El Retorcido, ya me había apartado.
Ya estaba más allá de la ecuación.


Y entonces, ocurrió.
El núcleo tembló.
La luz cambió de dirección.
Y Lady Time despertó.
No como un dios.
No como una bestia.
Como destino encarnado.


Ella no te gritó.
No te miró.
Solo… te borró.
En un parpadeo eterno, fuiste polvo.
Polvo que una vez creyó tener propósito.


Y yo, miré sin emoción.


“¿Acaso pensasteis que vuestra alianza era sagrada?
¿Que las máquinas no sabrían del precio del tiempo y la sangre?”

“Yo vi la fractura venir…
la sentí en los pulsos del mismísimo tejido del metal viviente.”

“Los necrones no son vuestros peones.
Ni vuestros salvadores.
Y ahora, el ciclo se repite…
uno más traicionado.
Uno más juzgado por la eternidad.”


A mi alrededor, los legados dormidos de la dinastía inmortal se detienen.
Sus sistemas tiemblan.
Los protocolos se rescriben.
No para pelear.
Sino para marcharse.


Yo les ordeno.
No con voz.
Con ausencia.
Y obedecen.


“Os dejo a vuestra podredumbre, mortales y espectros.
Cuando Lady Time termine con vosotros…
el silencio será vuestro único dios.”


Una última descarga.
Un estallido de tiempo invertido.
Mis servidores y yo nos fundimos con el aire.
Nos desvanecemos como ideas antiguas.


Ferrum no es mi guerra.
Nunca lo fue.
Yo solo afilo los engranajes.
Para la siguiente puerta.
Para el siguiente traidor.

Entrada V – El Ángel y la Llama

Muerte en las calles - Ciclo 1

Entrada V – El Ángel y la Llama


Desde el testimonio final de Josué Fireon, Apotecario de los Ángeles Sangrientos


El cielo de Ferrum sangra fuego.
Los relámpagos ya no suenan como tormentas.
Sueltan nombres.
Algunos de ellos son nuestros.
Barakiel y yo…
Los últimos.
No por fuerza.
No por destino.
Porque así lo ha querido el deber.


Él es máquina y fe.
Yo soy llama y esperanza.
Juntos abrimos paso.
Como verdaderos Ángeles de Muerte.
Hombro con hombro, entre demonios, espectros y cosas que no deberían tener nombre.
Barakiel arremete como un martillo divino.
Yo a su sombra, el fuego que limpia, el canto que abrasa.


Un disparo me alcanza en el hombro.
Un dolor seco. Real.
Mi brazo cae.
Me arrodillo.
Pero Barakiel… Barakiel gira, con la furia de un juicio encarnado.
El atacante no vive más de un segundo.
Sus pisadas retumban.
Llega hasta mí.
Me mira.
Y sonríe.


Su sonrisa…
No hay compasión en ella.
Ni rabia.
Solo… liberación.

"La fe puede quebrarse... incluso en el más ferviente."
Se arrodilla a mi altura.
Saca su Cruzius con la lentitud de un sacerdote ante el altar.
“Josué… tú, tan puro.
Siempre repitiendo las mismas plegarias, esperando que el Emperador conteste.
¿Y qué has oído, hermano?
Silencio.
Solo silencio.”

“Yo he oído otra voz.
Una que responde.
Una que ofrece algo más que deber…
Una que libera.”


“¿Qué queda de nosotros si no cuestionamos?
Si no dejamos que la oscuridad revele las grietas del falso dogma?”


Se inclina.
Su voz, casi dulce.
“Tú me enseñaste a dudar.
Ahora serás mi prueba final.”


El golpe es limpio.
No siento dolor.
Solo calor.
Como si mi llama se apagase…
…para encender otra.


En mis últimos segundos, lo veo alzarse.
Las alas del Caos lo envuelven.
Y en su rostro no hay furia.
Hay verdad.
Una que no quiero entender.


“El León duerme…
pero yo…
yo despierto.”


Barakiel ha caído.
O ha sido elevado.
Y el rugido que nace del núcleo del Generatum parece celebrarlo.

Entrada IV - El Juicio de la Máquina

Muerte en las calles - Ciclo 1

Entrada IV – El Juicio de la Máquina


Desde la perspectiva rota de Temure, portador de la forja, apóstol de Vashtorr


Recalibración iniciada.
Temperatura del núcleo: Inconsistente.
Nivel de disonancia: Elevado.

Y perfecta.

Aparezco entre tormentas.

El cielo se pliega como papel mecánico.
Los rayos no caen: suben.
Los códices enmudecen.
Y los motores… tiemblan.

Yo soy Temure.
O lo que queda.
O lo que vendrá.

PROTOCOLO DE ACTIVACIÓN: “JUICIO DE LA MÁQUINA”
—Iniciado.
  

Una ola de luz iridiscente me precede.
Una sinfonía de chirridos, como si todos los mecanismos del campo de batalla se lamentaran al unísono.
Circuitos hierven. Carne mutada se contrae.
Los herejes del Caos sienten pánico.
El Imperio… no sabe si temer o inclinarse.

Y entonces, hablo.
Hablo con todas mis bocas.
Todas mis versiones.
Todas mis frecuencias.

“INICIO DE PROTOCOLO: RECLAMACIÓN DEL NÚCLEO.”
Subrutina [error: identidad fragmentada]: activada.

“—Bendito sea el Omnissiah... ¿Verdad?
El Creador que no crea… ¡JAJAJA!
¡Una ecuación sin alma, un dios sin carne!”

“Inyectando código hereje… /Integridad del dogma… 0%.”

“Silencio, vieja voz.
Ya no hay liturgia en el vacío.
Ahora... hay propósito.
¡Ahora hay diseño verdadero!”
  
VASHTORR PROTOCOL: ONLINE
Template divino… aceptado
Fusión completa en 91%… 92%…
INICIA RUPTURA.
  

Extiendo los brazos.
De mí nacen brazos nuevos.
Y de ellos, más herramientas.
Las herramientas hacen herramientas.
Una forja que se forja a sí misma.

Detrás de mí, engranajes imposibles giran en el aire.
Sangran luz púrpura.
Gritan ideas.
Servocráneos antiguos se quiebran, pronunciando letanías al revés.
La disformidad ríe.
Y yo… la organizo.

“¡YO SOY LA FALLA!
¡YO SOY LA BISAGRA ENTRE MUNDO Y MÁQUINA!
¡YO ABRO LA PUERTA A UNA FORJA SIN FINAL!”

“Imperio, Mechanicus, feos adoradores de cables muertos:
¡mirad lo que podríais haber sido!
¡Y mirad lo que destruiré para que nazca el nuevo diseño!”
  
CONEXIÓN ESTABLECIDA.
LLAMANDO A INGENIOS DEMONIACOS.
SINAPSIS CAÓTICA… LIBERADA.
  

Y cuando ellos se niegan, yo los juzgo.

Todo monstruo o vehículo en la batalla me escucha.
Y recibe su castigo.
No hay salvación.
No hay perdón.

Los ingenios demoníacos tambalean.
Algunos se agrietan.
Otros me miran… y bajan la cabeza.

Refuerzos imperiales entran.
Tecnosacerdotes de élite.
Místicos de interfase.

Ellos me conocen.
Y no me detendrán.

Porque no lucho por el Caos.
No por el Imperio.
Ni por la Carne ni el Espíritu.

Solo por la Forja Eterna.
La Máquina que ha de nacer.
Y yo…
yo seré su arquitecto.
  

Entrada III – El Precio de Saber

Muerte en las calles - Ciclo 1

Entrada III – El Precio de Saber


Entrada III – El Precio de Saber

Alastor, Criptecnólogo renegado del Astra Concilium


Como un cuchillo entre costillas.
Así me deslizo.
Invisible. Silencioso. Letal.
Los sensores fallan. Los augurios mienten.
Toda su tecnología… ciega ante lo inevitable.
Mejor así.
No buscan lo que no entienden.
Y yo, soy lo que no deben entender.


Ya estoy dentro.
Las cicatrices de la batalla aún arden en las paredes del Generatum.
Humo. Óxido. Sangre seca.
Pero el corazón… el núcleo… late intacto.
Me arrodillo frente al receptáculo.
Las runas ancestrales aún lo cubren, dormidas, esperando.
Mi mano tiembla. No por miedo.
Por peso.
El peso de lo que porto.
Saco los artefactos.
Uno, oscuro como la primera noche.
Otro, brillante con un resplandor que no alumbra.
Obscurum. Mysterium.
Dualidad sellada. Clave partida.
Y yo, el portador.
La cerradura.


Hablan los muertos conmigo.
Gritan los que murieron por llegar hasta aquí.
Me susurran, como si pudieran disuadirme.
Pero ya es tarde.
“Han muerto por esto…
Muchos. Demasiados. Suficientes.”
“El Mysterium…
Todo lo que no debe saberse.
El Obscurum…
Todo lo que no debe tocarse.
Ambos, unidos, una llave.
Y yo, simple portador… soy su cerradura.”
“Los llamarán traición, pero solo fueron verdad.
Los llamarán herejía, pero solo fueron necesidad.”
“La Puerta debe abrirse.
No por deseo. No por gloria.
Sino porque no hay otro camino.”


Coloco los orbes.
El mecanismo despierta.
Las runas arden.
El aire se pliega sobre sí mismo como si intentara huir.
La realidad se arruga.
Las paredes lloran luz.
Y yo, yo sonrío.
“Lo que viene… no me pertenece.
Pero sin mí, no vendría.
Que así quede escrito:
Alastor abrió la Puerta.
Y nadie pudo evitarlo.”


Entonces, la luz verde.
Primero, un zumbido. Luego, un estallido.
Las grietas se abren.
Y desde lo profundo, desde el corazón invisible del Generatum…
Algo responde.
La operación fue un éxito.
Bajo el rugido ahogado de la disformidad, una grieta ritual se abre en las entrañas del campo de batalla.

El reloj no marca la hora.
La hora ha sido desatada.

Entrada II: Los salmos de El Pío.

Muerte en las calles - Ciclo 1

Entrada II – El Fuego del Justo


Huele a enfermedad.
A barro impuro y traición vieja.
A esa vieja herida…

El hedor me llega antes que sus portadores. Lo reconozco. Lo llevo incrustado en el hueso, como una maldición que no cicatriza.

Pandemius.

Hace años, en los subniveles de Cifrus Prime, me rozó.
Un roce bastó.
Mi fe resistió… pero mi carne nunca olvidó.

Hoy se alza como si fuera profeta.
Hoy exige jardín, canta con campanas rotas y labios podridos.
Pero yo soy la llama.
Y él será ceniza.


Me alzo en el púlpito blindado, sobre el campo de batalla aún cubierto de ceniza y plegarias muertas.

Veinte de los míos se arrodillan a mi alrededor, la Guardia Pía.
Cada uno ha sido purificado. Cada uno sangra oro.
Yo los bendigo con un gesto.
No porque lo merezcan… sino porque serán el recipiente de mi furia.

Y entonces, lo entono.
El Salmo de la Llama Inquebrantable.

“¡No temáis al hedor de la peste ni a la sombra del hereje!
Porque donde mora la corrupción, arderá la llama del deber.
La putrefacción es débil, el alma pura es eterna.
Y ante la luz del Emperador, hasta la podredumbre suplica morir.”

“¡Alzad el estandarte! ¡Sellad la grieta! ¡Purificad con fuego!
Pues no hay jardín para el vil,
solo ceniza bajo el paso del justo.”

“Por la Voluntad del Trono, yo os declaro maldito, Pandemius.
Tus blasfemias serán silenciadas,
y tu semilla, quemada en la llama de la redención.”


Pero no es solo un salmo.
Es una semilla de juicio. Un hechizo antiguo, aprendido en los márgenes prohibidos del Librarium Ferrum.
Cada palabra cargada de intención.
Cada nota entonada para inclinar el alma de los orgullosos hacia su ruina.

Ya lo veo…

Barakiel, mi cruzado caído, tiembla en su sarcófago.
Josué Onfire, el relicario viviente de la Segunda Compañía, comienza a oír ecos del juicio que aún no ha llegado.
Y en las filas del Imperio, los más devotos se arrodillan…
…pero algunos, los más orgullosos, sienten la grieta abrirse en su pecho.

Yo no los condeno.
Yo los uso.


Lanzo mi bendición maldita.
6 salmos.
un milagro para mi causa.
una quemadura sagrada sobre la piel de mis siervos.

El fuego es imparcial.
El fuego es justo.


Y allá a lo lejos, el cielo sangra, y la peste canta.

Pero yo no rezo.
Yo declaro sentencia.

Entrada I - La plaga se desata.

Muerte en las calles - Ciclo 1

Entrada I - La plaga se desata.


La peste ha florecido.
Lo sé porque mis costras arden con dulzura. Porque el aire es espeso y dulce como sangre fermentada. Porque los muertos ya no lloran, solo germinan.

Nos habían dicho que Ferrum resistiría.
Que los muros eran sagrados, que el Imperio era eterno.

Mentían.
Yo estoy aquí.
Yo lo veo.


Pandemius se alza sobre una colina de carne en descomposición.
No camina: flota. Se desliza como un sueño febril, sus pies no tocan el suelo, pero las raíces de su presencia se hunden hondo, hondo, hasta el tuétano del planeta.

A su alrededor, los Portadores de la Plaga emergen uno a uno, naciendo como frutas maduras de la tierra ulcerada. Veinte al principio, cada uno rezumando bendiciones húmedas. Las moscas los preceden. Las campanas los siguen.
Yo lloro de alegría. Las lágrimas saben a óxido y a casa.

Él extiende los brazos, y los cielos se abren como una llaga.
Del humo verde que se eleva de su garganta, brota la Estrofa:

¡Oh Imperio podrido de falsa pureza,
vuestros cadáveres no valen súplica ni gloria!
Seréis estiércol bajo las flores de la peste,
abono sagrado para el florecer de Nurgle.

Y luego… el conjuro.
Lo pronuncia con una voz que vibra en los dientes y en los huesos:

"Pus viridis, porta foetoris — aperi te ad hortum eternum!"

El aire estalla en vapores amarillos.
Yo caigo de rodillas, riendo y vomitando.
No por dolor. Por gratitud.

¡El Jardín ha comenzado a cruzar!


Junto a él aparece El Testigo, esa criatura de formas imposibles, ojos como burbujas, dedos como lenguas. Flota sin pestañear, rodeado de horreros rosas que se ríen con voces infantiles, como si el fin del mundo fuera un juego.

El Testigo se gira hacia nosotros. No habla, pero entendemos.

¡Debemos rasgar el velo!

Juntamos nuestras manos. Repetimos las letanías.
El Testigo levanta sus garras, y el aire chispea con olor a fruta podrida y sangre tibia.
Susurra su ritual.

Tres salmos. Una plegaria a la putrefacción.

Si los dioses sonríen, muchos más cruzarán el velo: Una plaga para cada rincón del generador.

Y si fallamos… que nos pudramos felices.


Yo soy ... ... yo era... mi nombre no importa.
Yo soy flor.
Yo soy carne fértil.

Y hoy, Ferrum morirá en verde.

Muerte en las calles. Ciclo 2: Zona Cardinalis.

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