El Gran Asalto: Ferrum Arde.
Ferrum ya no existía como la conocían.
El aire estaba roto. La gravedad era un rumor. Los muros del Palacio Pío se doblaban, se deshacían y reaparecían en lugares que no tenían sentido. Los pilares de hierro y mármol se retorcían como serpientes, y cada escalera llevaba a un pasillo que no debía existir.
Era un mundo que estaba aprendiendo a morir, y la muerte no tenía reglas.
El Gran Estallido del Proyecto Vithas había desatado algo más allá del control humano. Las defensas del Palacio Pío se habían convertido en trampas para sus propios guardianes: los templarios, los sangrientos, los Custodes, y la corrupta Guardia Pía. Cada disparo, cada orden, cada bendición parecía invertirse al contacto con la disformidad quebrada.
LA APARICIÓN DE LOS CINCO
Desde la cima de la torre central, Belakor descendió como un eclipse de sombra y luz. No venía solo. Sus cinco lugartenientes —Valacor, Marphos, Erdos, Slypharis y él mismo, El Golden Daemon— lo acompañaban, cada uno una antítesis de los dioses del Caos, un espejo invertido y más cruel.
Valacor, la ira sin justicia, avanzaba aplastando la voluntad de los combatientes, haciendo que la violencia se vuelva vacía y demoledora.
Marphos, la gula sin compasión, hacía que los cuerpos no cedieran a la putrefacción sino que rechazaran la muerte, consumiendo espacio y tiempo.
Erdos, el cambio que no se mueve, paralizaba estrategias, órdenes y conjuraciones, y cada intento de maniobra se convertía en laberinto.
Slypharis, el deseo invertido, hacía que la fe y la obsesión de los defensores se volvieran cadenas de necesidad, atrapando héroes y villanos en sus propios pecados.
El Golden Daemon, tranquilo, calculador, irradiaba un peso de inevitabilidad, como si toda la desesperación del universo se hubiera concentrado en un solo punto de decisión.
EL RED GOBBO
En los callejones y corredores deformados, el Red Gobbo tejía su caos como un artesano, provocando explosiones de locura en los soldados, ilusiones de enemigos imposibles y gritos que provenían de sus propios recuerdos.
Cada acción parecía predestinada a fallar, cada victoria momentánea se transformaba en derrota. Era el caos puro, contenido solo por la voluntad de su maestro, La Entidad… pero incluso él no podía predecir todas sus travesuras.
EL ENFRENTAMIENTO
Dominicus el Pío resistía, aferrándose a lo que quedaba de su poder y de la lealtad de la Guardia Pía.
Cassior Thravian peleaba como un verdugo con nombre propio, su furia alimentada por Valacor y por la necesidad de hacer sentir justicia imperfecta.
Pandemius, liberado por Marphos, se movía entre los escombros, consciente de que cada acción podría salvar o destruir más de lo que él mismo podía soportar.
Orkenheimer, devuelto por Erdos, rugía entre soldados caídos y fuerzas enemigas, un eco de guerra que no obedecía a nadie, ni siquiera a sus propios deseos.
Sobre todos ellos, los cinco Heraldos y Belakor flotaban, conscientes de cada movimiento, de cada pensamiento, de cada pecado y debilidad, y esperando el momento exacto para empujar la balanza hacia el desastre definitivo.
LA REALIDAD SE DESPRENDE
Las paredes del palacio se disolvieron en fragmentos suspendidos, los techos se hicieron infinitos, los suelos se convirtieron en laberintos imposibles.
Ilas ya no era un lugar, sino un reflejo de las elecciones y miedos de todos los presentes.
El cielo se abrió en grietas de disformidad; cada una de ellas mostraba futuros posibles que existían y no existían al mismo tiempo.
El Red Gobbo reía, pero no como un loco: reía como el arquitecto del caos, consciente de que cada error y cada acierto se entrelazaban en un tapiz que nadie podría deshacer.
LA PROMESA DEL FIN
Belakor habló, su voz no atravesaba el aire, sino la esencia misma de la realidad:
—Bienvenidos… al Gran Juego.
No habrá vencedores.
No habrá reglas.
Solo decisión, caída y consecuencia.
Y mientras sus palabras se filtraban, los cinco Heraldos se prepararon: cada uno listo para explotar la debilidad de los héroes y villanos, cada uno dispuesto a convertir sus pecados en armas, cada uno un fragmento de la antítesis divina que nadie había previsto.
Ferrum tembló.
No había retorno.
El Gran Finale había comenzado.