El Último Latido del Palacio Pio, cae la máscara de la verdad.

Muerte en las calles - Ciclo 1

El Último Latido del Palacio Pio, cae la máscara de la verdad.


El portón temblaba. No por el golpe de los toscos arietes orkoide, ni por el estruendo de la guerra más allá de los muros, sino por algo... vivo. Algo que se agitaba detrás de la piedra, como si el propio Palacio Pio respirara.

Mis hermanos y yo avanzamos entre columnas ennegrecidas por el fuego. El aire era espeso, pútrido, cargado de incienso viejo y carne abierta. Los estandartes imperiales pendían desgarrados del techo, goteando sangre sobre el mármol. Ningún enemigo visible. Ningún disparo. Sólo el zumbido distante de máquinas que ya no deberían funcionar.

Y entonces lo vimos. El trono regenerador, hecho pedazos. Los tubos arrancados, los fluidos vitales evaporándose en el aire. Y en medio del desastre… Dominicus. De pie. Sonriendo.

Su rostro, ceniciento, parecía más una máscara que una piel viva. Los ojos, dos carbones agrietados, ardían con una calma obscena. A su alrededor, los cuerpos de sus acólitos yacían desmembrados, apilados como ofrendas. No quedaba ni un fiel. Ni un solo guardia de la Guardia Pía.

—¿Qué… qué has hecho? —balbuceé.

Dominicus giró su mirada hacia mí, y por un instante creí ver a un dios observando a un insecto. Sonrió, con ternura.

—He cumplido mi promesa. —su voz era la de mil ecos, la de un coro de condenados—. El Proyecto Vitas… está dando fruto.

Y entonces, el suelo rugió.

Una figura emergió de entre las sombras del vestíbulo. Klaus. O lo que quedaba de él. Su cuerpo había crecido tres veces su tamaño, una amalgama de músculo corrompido, servoarmadura y carne demoníaca. De sus fauces brotaba fuego, y de su espalda... alas carnosas, torcidas, palpitantes.

—¡Klaus! —grité, mientras mis hombres alzaban las espadas—. ¡Por el Trono!

Pero él sólo rugió, un rugido que no era suyo, sino del mismísimo infierno. Nos embistió como una bestia, destrozando a dos cruzados con un solo golpe. El aire se llenó de polvo, huesos y plegarias quebradas.

Entre los escombros, lo comprendí. No había traidor entre los sangrientos. No había redención para el cruzado Dorado. El verdadero monstruo… era Dominicus. Él había invocado todo esto. Él había convertido a Klaus. Él era el heraldo del Caos disfrazado de profeta imperial.

Con un alarido, alcé mi espada. —¡Herejía! ¡Herejía! ¡Matad al falso profeta!

Pero era tarde.

Los ojos de Dominicus se encendieron con un fulgor carmesí, y el aire mismo se quebró en un estallido de dolor y luz. Del suelo emergieron figuras sin forma, demonios líquidos de pura ira. Gritos metálicos, alas de sangre, cuchillas de hueso. Y entonces, el Palacio tembló por última vez.

Desde las bóvedas superiores, una sombra más vasta que cualquier criatura mortal se desplegó. Su cuerpo era humo y fuego. Sus cuernos, torres de obsidiana. Un demonio de proporciones inimaginables, nacido del vientre mismo del Palacio Pio.

Los Orkos que ya habían comenzado a penetrar las lineas del palacio se quedaron sobrecogidos al ver las criaturas que surgían de entre explosiones disformes.

Mis hermanos y yo cargamos junto a los orkos. Algo que jamás pensé que haríamos.

Mientras las risas de Dominicus aún resonaban en los patios del palacio roto...

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