La desviación consignada
Azrak llegó al campo de batalla con el retraso exacto que requería una auditoría bien ejecutada.
No fue prisa lo que lo detuvo, sino diligencia. Los preliminares no se corrigen solos, y las cifras mal asentadas son una herejía mayor que la desobediencia abierta. Mientras las huestes comenzaban a desplegarse entre humaredas verdosas y el canto húmedo de las moscas, el auditor aún cerraba un apéndice, ajustando una suma que no terminaba de cuadrar. Nurgle detesta el error… salvo cuando es revelador.
Cuando por fin emergió, montado sobre Fétido, Azrak observó el despliegue enemigo con una quietud casi académica. Algo no encajaba.
Los registros hablaban de una masa concreta, de un peso específico de corrupción. Pero ante él, la hueste de Pandemius parecía… incompleta. Menos densa. Menos abundante.
Azrak inclinó levemente la cabeza y anotó.
Discrepancia inicial de efectivos. Posible omisión. Posible presagio.
No emitió juicio. Todavía no.
Fétido resopló, expulsando una nube de esporas que cayó como nieve enferma sobre el barro. A su alrededor, otras presencias se agitaban, aguardando órdenes que aún no habían sido pronunciadas. Incluso entre los propios instrumentos del Gran Padre, el inicio había sido… desordenado. Una maquinaria de guerra que, por un breve instante, había olvidado una de sus piezas más pesadas, como si la propia disformidad hubiese querido comprobar si alguien notaba la ausencia.
Azrak lo notó.
Todo se anota.
Mientras las líneas se ajustaban, las ausencias se corregían y lo que debía estar presente acababa reclamando su lugar, el auditor cerró su pergamino por un instante. Aquello no era caos. Era contabilidad en movimiento. Una lección compartida entre dos ejércitos del mismo Padre: incluso los fieles erran, y en el error se revela la verdad del plan.
Pandemius sería evaluado.
Pero también lo sería la guerra misma.
Azrak apoyó una mano enguantada sobre el lomo supurante de Fétido.
La auditoría había comenzado.
Azrak avanzó entre los restos de la contienda como quien recorre un archivo devastado. No buscaba gloria, ni confirmación, ni venganza. Buscaba patrones.
Los cadáveres eran inconfundibles. No xenos. No siervos del Falso Emperador. Hermanos. Portadores de la plaga. Bendecidos. Algunos aún respiraban por heridas que ningún enemigo externo había infligido. Las marcas eran precisas, deliberadas. Excesivamente eficientes.
Azrak se detuvo ante uno de ellos. La armadura, abierta desde dentro. El cuerpo, despojado de símbolos rituales antes de morir.
Anotó.
Pérdidas autoinducidas. Sacrificio no consignado. Desviación del protocolo de perpetuación.
Fétido reaccionó con un borboteo grave, inquieto. La criatura, ciega a la luz pero no al designio, expulsó un esputo espeso sobre los restos. Allí donde la bilis cayó, la carne no floreció. Se deshizo. Aquello no agradó a la bestia.
Azrak lo comprendió al instante.
—Esto no es crecimiento —murmuró—. Es poda.
El nombre de Pandemius no estaba escrito en ninguna parte. No era necesario. La ausencia era su firma. No había cadáver del heraldo. No había rastro de su presencia. Solo la consecuencia de sus decisiones: hermanos guiados hacia su final, no como semilla, sino como eliminación.
Azrak abrió su pergamino una vez más. Las cifras ahora sí encajaban. El error inicial no había sido un descuido. Había sido una advertencia.
El sujeto opera fuera del ciclo. Prioriza la ruptura sobre la recurrencia. Ejecuta sacrificios sin retorno. Interfiere con la abundancia futura en favor de un final absoluto.
Cerró el registro con un golpe seco.
No había ira en su gesto. Solo certeza.
Azrak se volvió hacia la disformidad que palpitaba entre las nubes de moscas, alzó el rostro bajo la capucha y habló, no como siervo, sino como auditor.
—Gran Padre.
—Las cuentas no cuadran.
—Pandemius no cultiva. Pandemius elimina.
—No propaga el don. Lo consume.
Fétido se arrodilló pesadamente, como si incluso la bestia comprendiera el peso de aquella declaración. El aire se volvió espeso, expectante. No hubo respuesta inmediata. Nunca la había.
Azrak anotó la última línea del registro.
Acusación elevada. Juicio pendiente. Ciclo comprometido.
Cerró el pergamino por última vez y, con voz baja, inapelable, dejó constancia final:
—Todo se anota.
—Todo se paga.