Valacor

Muerte en las calles - Ciclo 1

Valacor


La Ira que ya no distingue culpables

Cassior Thravian no rezaba.

Nunca lo había hecho en combate.

El puesto de mando improvisado temblaba con cada impacto distante. Ferrum estaba siendo despedazada desde dentro y desde fuera a la vez, y Cassior llevaba demasiados ciclos sin dormir como para fingir que aquello tenía un plan claro.

Había cumplido órdenes.
Había salvado sectores.
Había sacrificado distritos enteros para ganar horas.

Y aun así, Ferrum caía.

Los informes se amontonaban: la Guardia Pía resistía con fanatismo suicida, los Templarios Negros avanzaban sin negociar, los Ángeles Sangrientos purificaban sin mirar atrás, y los Custodes… los Custodes no daban explicaciones.

Cassior apretó la mandíbula.

—Esto no es una guerra —murmuró—.
Es una ejecución.

Entonces la temperatura subió.

No fuego.
Rabia.

El metal crujió como si recordara viejas matanzas. Las luces parpadearon, no por fallo energético, sino por rechazo. Y en el centro de la sala, como si siempre hubiera estado allí, apareció Valacor.

No alzó su arma.
No gritó.

Solo existió, y con ello todo el lugar recordó cada muerte injusta que había presenciado.

—Te han dejado solo —dijo Valacor, con voz gastada—.
Como a todos los que hacen el trabajo sucio.

Cassior desenfundó por reflejo. No apuntó. Sabía que no servía.

—No eres real —escupió—.
Solo otra alucinación del colapso.

Valacor ladeó la cabeza, casi con cansancio.

—He sido real en más campos de batalla de los que puedes contar —respondió—.
Y siempre me llaman cuando la justicia deja de importar.

Las pantallas del puesto de mando cambiaron sin orden:
escuadras imperiales aniquiladas por fuego amigo, civiles ejecutados por “riesgo de contaminación”, órdenes contradictorias selladas con el mismo sigilo sagrado.

—Dime, Cassior Thravian —continuó Valacor—.
¿A quién estás defendiendo ahora?

Cassior tragó saliva.

—A la Humanidad.

Valacor rió. No con burla. Con agotamiento.

—Eso decís siempre —respondió—.
Pero hoy solo defiendes órdenes que ya no te pertenecen.

El demonio dio un paso adelante. Cada uno pesaba como una vida perdida.

—Mira lo que hacen en tu nombre —insistió—.
Y dime que no arde.

Cassior sintió el pulso acelerarse. No por miedo. Por algo peor:
reconocimiento.

—Si no actuamos, Ferrum muere —gruñó.

—Ferrum ya muere —corrigió Valacor—.
La pregunta es quién paga el precio.

El aire se volvió espeso, cargado de recuerdos que no eran suyos y, al mismo tiempo, lo eran todos:
órdenes firmadas a medianoche, sacrificios “necesarios”, nombres borrados de listas para que el frente siguiera avanzando.

—Khorne te diría que luches —dijo Valacor, con desprecio—.
Que busques gloria.
Que derrames sangre por la sangre.

El demonio se inclinó, acercando su rostro marcado por guerras olvidadas.

—Yo no.

Cassior levantó la mirada, con los ojos enrojecidos.

—¿Entonces qué quieres?

Valacor sonrió por primera vez. No fue feroz. Fue honesta.

—Que aceptes que esto ya no es una guerra justa —susurró—.
Y que, una vez aceptado…
no te detengas.

No le ofreció poder.
No le prometió victoria.

Le ofreció algo mucho más peligroso:

Permiso.

—Golpea donde duela —continuó Valacor—.
No por estrategia.
No por fe.

Por ira.

Cassior cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, dio nuevas órdenes.
No estaban selladas por ningún alto mando.
No pedían confirmación.

Eran rápidas. Brutales. Definitivas.

Valacor desapareció.

No había ganado un campeón.
Había hecho algo mejor:

Había soltado una ira que ya no pedía absolución.

Y en Ferrum, por primera vez desde el inicio del asedio,
la guerra dejó de fingir que tenía razón.

<

No hay comentarios:

Publicar un comentario