Erdos.

Muerte en las calles - Ciclo 1

Erdos.


Erdos y el Último Waaagh

El cadáver de Orkenheimer yacía donde había caído, rodeado de hierro fundido, carne desgarrada y enemigos muertos.
No hubo lamentos.
No hubo retirada.
Solo el silencio impropio de una batalla terminada sin victoria.

En el Inmaterium, su espíritu no gritó.
Esperó.

Porque Orkenheimer no era un orko común.
Había muerto demasiado bien.

Entonces, la realidad se plegó.

No con risas.
No con susurros.
Sino con el crujido de un contrato que no debía existir.

Erdos se manifestó como una sombra imposible, una presencia que no reclamaba fe, ni furia, ni placer, ni podredumbre.
Era voluntad pura, hambre de conflicto eterno, el eco de batallas que nunca terminan.

—“Moriste luchando… y eso te hace inútil para el Gran Juego” —dijo Erdos, sin voz.

Las corrientes de Tzeentch se agitaron.
Los hilos del destino temblaron.
Esto no estaba escrito.

Orkenheimer respondió como solo un orko puede hacerlo, incluso sin cuerpo:

—“Aún no he ganado.”

Erdos inclinó su forma, no en reverencia, sino en reconocimiento.

—“Entonces vuelve.”
—“Vuelve no como peón.”
—“Vuelve como error.”

El trato fue sellado fuera del tiempo.

No habría bendiciones.
No habría demonios susurrando órdenes.
Solo una promesa imposible:

🔻 Orkenheimer regresaría a la batalla final.
🔻 No por Gork ni Mork.
🔻 No por el Caos.
🔻 Sino por la guerra misma.

Cuando su espíritu fue arrojado de nuevo hacia la realidad desgarrada de Ferrum, algo se rompió en el Immaterium.

Los augurios de Tzeentch se contradijeron.
Los futuros dejaron de alinearse.
El Gran Juego perdió una jugada entera.

Porque un héroe que ya murió…
y vuelve sin deber nada a nadie,
es el tipo de cosa que puede incendiar dioses.

Y en algún lugar, mientras el Red Gobbo reía entre ruinas,
una nueva batalla empezó a formarse.

No estaba prevista.
No estaba permitida.

Pero era inevitable.

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