Marphos.
La Gula que Rechazó el Perdón
El Jardín estaba en silencio.
No el silencio alegre de la putrefacción viva, ni el murmullo constante de moscas satisfechas. Era un silencio tenso, contenido, como si incluso la podredumbre supiera que había llegado el momento del veredicto.
Pandemius aguardaba.
Encadenado con símbolos de afecto y castigo a partes iguales, su cuerpo era un mapa de enfermedades benditas y cicatrices antiguas. Cada herida era un regalo. Cada supuración, una caricia del Padre… y sin embargo, hoy, no sanaban.
El aire olía a decepción.
—Has roto el ciclo —había dicho la voz del Padre, cálida y terrible—.
Has querido ver demasiado.
Has sido testigo cuando debías ser siervo.
Pandemius no había suplicado.
No lo necesitaba.
El castigo era inminente. No destrucción inmediata, sino algo peor:
ser reducido, fragmentado, reabsorbido, diluido en la infinita paternidad de Nurgle hasta dejar de ser Pandemius.
Seguir existiendo…
pero no como uno mismo.
Fue entonces cuando el olor cambió.
No a podredumbre.
No a vida corrupta.
A hambre.
Las cadenas no se rompieron.
Simplemente dejaron de importar.
Marphos apareció sin flores, sin risas, sin enjambres. Allí donde se manifestó, el Jardín adelgazó, como si algo estuviera siendo consumido a un nivel que Nurgle no había previsto.
—El Padre viene —dijo Marphos, sin emoción—.
Y cuando lo haga, no quedará nada de ti que pueda recordar tu nombre.
Pandemius alzó la cabeza con dificultad.
—Entonces es justo —respondió—.
El Padre ama. Yo fallé.
Marphos lo observó como se observa un alimento raro:
no con deseo…
sino con evaluación.
—Eso es lo que te ha enseñado —replicó—.
Que desaparecer dentro de él es perdón.
El Jardín tembló levemente. No de ira. De indigestión.
—¿Qué eres? —susurró Pandemius.
—La consecuencia de amar demasiado —respondió Marphos—.
Y de no devolver nada.
Dio un paso adelante. Las flores cercanas se marchitaron sin convertirse en abono. Las larvas murieron sin dar vida a otras.
—Nurgle te dará paz —continuó Marphos—.
Te hará eterno…
inofensivo.
Pandemius cerró los ojos un instante. Sintió ya la llamada, el abrazo del Padre acercándose, vasto, cálido, inevitable.
—Eso no es muerte —dijo con cansancio—.
Es descanso.
—No —corrigió Marphos—.
Es consumo controlado.
Se inclinó, tan cerca que Pandemius pudo sentir algo imposible en el Jardín:
frío.
—Yo no te ofrezco perdón —dijo Marphos—.
Te ofrezco huir.
Las cadenas comenzaron a desaparecer. No al romperse, sino al ser ingeridas, como si nunca hubieran tenido sentido.
—Abandona al Padre —prosiguió—.
Abandona su castigo.
Vive con la culpa intacta.
Lucha otro día.
Fracasa otra vez, si es necesario.
Pandemius abrió los ojos, horrorizado.
—Eso es condenarme.
—No —dijo Marphos—.
Eso es seguir siendo tú.
El Jardín rugió entonces. No con ira, sino con dolor auténtico. Nurgle sintió la pérdida antes de que ocurriera, como un estómago que sabe que algo escapa sin ser digerido.
—Ven —dijo Marphos, extendiendo una mano que no prometía nada—.
No te salvaré.
No te curaré.
No te amaré.
Solo no te consumiré.
Pandemius tembló.
El Padre estaba cerca.
El abrazo era real.
El perdón, seguro.
Y sin embargo…
Dio un paso adelante.
El Jardín perdió algo que nunca volvería a crecer.
Cuando Pandemius desapareció, Nurgle calló.
No por rabia.
Por hambre.
Marphos se volvió, satisfecho no por lo que había ganado,
sino por lo que el Padre había perdido:
Un hijo que no aceptó ser digerido
No hay comentarios:
Publicar un comentario