El Muro de las Mentiras

Muerte en las calles - Ciclo 1

El Muro de las Mentiras


El eco del combate retumba más allá de los muros del Palacio Pío, pero aquí dentro reina un silencio sepulcral. Las columnas resquebrajadas exhalan polvo de oro y hollín, y la luz de los incendios de Ferrum filtra su reflejo a través de los vitrales rotos, tiñendo los santos con tonos de sangre.

Camino solo por el corredor de mármol ennegrecido. Bajo mis pasos se quiebran fragmentos de historia, y ante mí se alza el tapiz: el Muro de los Santos de Ferrum. Cada efigie, una gloria inmortalizada; cada rostro, una mentira esculpida en alabastro.

Extiendo la mano. Mis dedos, aún manchados de ceniza y aceite de promethium, recorren los nombres grabados por generaciones de escribas serviles.
Sir Modreck, el mártir de la Arkeobóveda.
Lancelot Tulle, guardián de la Fortaleza Negra.
Valentín o’ Rossi, el perdido que nunca regresó de la grieta de sangre.
Todos ellos, santos o sombras, en una línea interminable de fe torcida.

Pero mis dedos se detienen sobre una grieta. Una marca roja, áspera, sangrante. El hueco donde una efigie fue arrancada por decreto.
El espacio entre Klaus Bloodlust y Barakiel el Traicionado.

Allí debería estar el Capitán de los Sangrientos.
Su rostro fue borrado por el Edicto Carmesí, su nombre suprimido, su memoria ofrecida en sacrificio a la pureza del relato imperial.
Miro el vacío y siento un peso en el alma.
Porque sé —como pocos— que aquel vacío es un hombre. Que sangra por Ferrum. Que creyó.

Mis dedos titubean sobre la efigie de Barakiel. Siento su historia, su culpa, su carga.
Y comprendo, una vez más, que las mentiras son los cimientos sobre los que el Imperio sostiene su fe.
Mentiras que arden más que el plasma. Mentiras que matan más que la herejía.

Sonrío, con pena.
El aire del palacio sabe a polvo y ceniza, y mi respiración se empaña dentro del casco.

—Por el Emperador… —susurro sin convicción.

Me calo el yelmo. El zumbido de los generadores de campo vuelve a la vida, envolviéndome en su resplandor dorado.
El muro queda atrás, con sus santos, sus mártires y sus silencios.

Franqueo un hueco abierto en la piedra, y la furia del mundo me recibe.
El rugido de los bolters, el clamor de los caídos, el fuego cruzado que ilumina el ocaso de Ferrum.

Hoy, más que nunca, entiendo la verdad.
Las mentiras pueden construir un Imperio.
Pero solo la sangre puede mantenerlo en pie.

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