La Convocatoria en Ilas

Muerte en las calles - Ciclo 1

La Convocatoria en Ilas


Donde el Caos descubre que puede ser negado

Ilas no despertó.
Ilas se permitió existir.

No hubo explosión ni grieta.
La realidad simplemente aceptó una contradicción más y siguió adelante, resquebrajándose en silencio. Allí donde antes no había coordenadas, ni tiempo, ni intención, apareció un espacio imposible: columnas de materia petrificada flotando en vacío disforme, mares inmóviles suspendidos como recuerdos, cielos que no reflejaban estrellas sino ausencias.

En el centro, un trono incompleto.

Belakor aguardaba.

No como rey.
Como testigo orgulloso de algo que aún no comprendía del todo.

A su espalda, la sombra no se proyectaba hacia atrás, sino hacia dentro, como si el propio espacio se negara a tocarla. Frente a él, el aire se curvó, no por calor ni por poder, sino por significado.

Entonces habló La Entidad.

No hubo voz.
Hubo comprensión forzada.

El Octavo Día ha concluido.
El Tiempo ya no protege la secuencia.
El Juego entra en la Materia.

Belakor sonrió.
No por obediencia.
Por reconocimiento.

—Entonces que vengan —dijo—.
Los que ya no pertenecen.

EL PRIMERO: VALACOR

Llegó como una guerra que había olvidado por qué empezó.

No surgió de un portal.
La violencia simplemente decidió concentrarse.

Armaduras partidas, armas incrustadas en su propia carne, cadenas rotas que aún sangraban. Valacor no rugió. No gritó el nombre de Khorne. No alzó el arma.

Miró alrededor con un desprecio agotado.

—No hay honor aquí —dijo—.
Por fin.

La disformidad tembló, no de miedo, sino de desacuerdo.

Khorne sintió la afrenta como un músculo que se niega a obedecer.

EL SEGUNDO: MARPHOS

Donde Valacor dejó cicatrices, Marphos dejó vacío.

Apareció devorando su propia llegada. El aire, la materia, incluso el eco de su presencia desaparecían al tocarlo. No había moscas. No había risas. No había putrefacción fértil.

Solo hambre.

—El ciclo es una mentira —susurró—.
Todo lo que nace quiere ser consumido.

En la lejanía disforme, Nurgle calló.
No por tristeza.
Por primera vez, por incapacidad.

EL TERCERO: ERDOS

No llegó.

Simplemente ya estaba allí.

Sentado, inmóvil, cubierto de símbolos de cambio erosionados hasta quedar irreconocibles. Las hebras del destino colgaban rotas de sus dedos, como hilos que alguien olvidó recoger.

—No hacía falta venir antes —dijo con indiferencia—.
Nada ocurre nunca a tiempo.

Las corrientes de Tzeentch se enredaron intentando reaccionar…
y se detuvieron.

El cambio dudó.
Y en esa duda, perdió terreno.

EL CUARTO: SYLPHARIS

La realidad deseó su llegada antes de que ocurriera.

Apareció hermoso, insoportable, absoluto. No provocó placer inmediato. Provocó necesidad. Los ecos de Ilas se inclinaron hacia él, ansiosos de pertenecer.

—No quiero adoración —dijo con una sonrisa lenta—.
Quiero que no podáis desear nada más.

Slaanesh observó…
y por primera vez no supo cómo reclamar lo que ya estaba corrompido.

EL QUINTO: EL Demonio Dorado

Llegó el último.

Siempre llega el último.

No con estruendo, ni violencia, ni seducción. Llegó cobrando. Ilas perdió algo al permitirle existir: un recuerdo, un nombre, una posibilidad futura.

—Todo esto tiene un precio —anunció—.
Y hoy empiezo a recaudar.

Belakor lo observó con atención calculada.
Aliado útil.
Peligroso.

Aceptable.

LA DECLARACIÓN

Los cinco se reunieron en torno al trono incompleto.
La Entidad se manifestó entonces, no como forma, sino como contradicción hecha presencia.

He aquí el Caos sin dioses.
He aquí los pecados sin dogma.
He aquí la antítesis.

Por primera vez desde su ascensión, los Cuatro Poderes Ruinosos miraron directamente.

No fue una guerra.
Fue peor.

Fue reconocimiento.

Belakor alzó la voz, saboreando el momento:

—El Gran Juego ha cambiado.
Ya no lo jugáis solos.

En algún lugar que aún no existe,
la Envidia abrió los ojos.

<

No hay comentarios:

Publicar un comentario