Azrak: Capitulo III: El don del Gran Padre

Muerte en las calles - Ciclo 1

El don del Gran Padre


Azrak inclinó su rostro cubierto por la capucha sobre el pergamino de piel curtida que se extendía ante él. La penumbra de la cámara solo estaba rota por el parpadeo enfermizo de los braseros de incienso pútrido, y el sonido de su cálamo de hueso raspando la superficie viscosa del pergamino era la única señal de vida. Su caligrafía, meticulosa y obsesiva, trazaba las cifras, los nombres y las pérdidas sufridas en el fragor de la última contienda. Cada símbolo era un recordatorio de la derrota, pero también, en la lógica incognoscible de Nurgle, una semilla de futura abundancia.

El silencio se volvió denso, cargado de esporas. La caligrafía de Azrak se detuvo cuando la carne misma de las paredes palpitó como si respondiera a su informe. El aire se abrió en un hedor inenarrable, y de esa brecha surgió una criatura amorfa, enorme y viscosa. Avanzaba con un chapoteo repulsivo, cada paso dejando un charco de moco hirviente. De sus fauces babeantes caían hilos de bilis que corroían el suelo, y aunque ciega, se orientaba con la certeza instintiva de las creaciones del Padre de la Plaga. El monstruo exhaló un borboteo húmedo, casi como un saludo, y se postró ante el auditor.

Azrak alzó la vista, su rostro deformado iluminado por el brillo mortecino del brasero. No pronunció palabra alguna, pero en el fondo de sus pupilas purulentas brilló un destello de reconocimiento. El Gran Padre había respondido a sus registros, otorgándole un obsequio: una montura viviente, un compañero de podredumbre.

El auditor sabía que ese momento había sido ya registrado en las cuentas del Gran Padre mucho antes de que él respirara por primera vez. Cerró el pergamino con un gesto solemne y, al extender la mano sobre la carne supurante del ser, pronunció en un murmullo:

—Fétido.

El nombre no fue una elección, sino una revelación.

Azrak cerró el pergamino con gesto solemne y se irguió. El hedor que emanaba de Fétido no lo repelía; lo envolvía como un manto sagrado. En silencio, acarició el costado de la criatura, y ésta respondió con un estremecimiento viscoso, como si comprendiera el vínculo que acababa de sellarse.

La derrota había sido registrada, auditada y comprendida. Pero en la balanza de Nurgle, incluso la pérdida era una victoria en ciernes. Alzó la vista bajo la penumbra de su capucha, mientras la bestia resoplaba a su lado. Con voz baja, grave como un réquiem, dejó escapar las palabras que marcarían la siguiente entrada de su auditoría inmunda:

—Todo se anota. Todo se paga.

Crónica de Azrak, Auditor del Padre de la Plaga.

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