Entre la Luz y la Podredumbre
El edicto imperial era claro: Raldeo Seth debía ser entregado prisionero en el Palacio Pío antes del anochecer.
Encadenado sin ofrecer resistencia, Raldeo Seth caminaba con la cabeza erguida, sin pronunciar una palabra. Solo el crujir de la armadura de los Custodes resonando entre los cañones marchitos de Cifrus Secundus.
Avanzábamos hacia el corazón del juicio: el Palacio Pío, donde Dominicus el Pío —voz del Emperador en este mundo— aguardaba la entrega del Capitán caído. No me correspondía cuestionar la orden, aunque el peso de ella me desgarraba dada la oscuridad que la envolvía. Pero incluso la pureza dorada de Terra debe cargar, a veces, el fardo de las sombras que protege.
Fue en el paso de Virex, entre las ruinas de lo que una vez fue una fortaleza imperial, donde una nueva trampa enemiga nos aguardaba.
Primero llegó el hedor. Dulzón, viscoso, una peste que hacía sangrar los sensores y los recuerdos. Luego, los drones de plaga descendieron como langostas impuras, arrastrando consigo las campanas de la condenación. Y tras ellos… Azrak, a bordo de un Land Raider putrefacto.
Lo reconocí por los cráneos que portaba colgando como reliquias sagradas. Su armadura era una amalgama de metal oxidado y carne hinchada. Su voz, cuando habló, fue como una plegaria invertida:
—Cassior... Custodio del trono dorado... ¿Vendrás tú también a supurar junto a nosotros?
La infantería de Nurgle brotó como una marea —zombis, portadores de plaga, bestias de la disformidad, todos bajo el estandarte pútrido de Azrak, el Juicio de Nurgle—. Nos superaban. Otra emboscada perfecta. Otra danza con la derrota.
No podía repetir el Guantelete. No podía volver a fallar.
Miré a Seth. Seguía en pie, aún con los grilletes puestos, su mirada clavada en el enemigo con una mezcla de furia contenida y un hambre que reconocí... el hambre de redención.
Me acerqué. El protocolo me gritaba que no. Mi formación, mi juramento, mi deber... todos me susurraban advertencias. Y sin embargo, el guerrero en mí habló:
—Si sangras por el Imperio una vez más... tus cadenas caerán.
Él solo asintió. Y dio comienzo a la batalla.
Custodes y Ángeles Sangrientos. Oro y rojo, relámpagos y lanzas, fuego y colmillos. Cayeron plagas y demonios. Los cielos se tiñeron de podredumbre y las ruinas temblaron bajo la furia de un capítulo deshonrado y una legión incorruptible. Vi a Seth desgarrar a una bestia demoníaca con sus propias manos, la sangre negra chorreando como lluvia sobre su rostro. Vi a mis hermanos caer, pero no retroceder. Y vi a Azrak tambalearse cuando mi lanza atravesó su pecho pestilente. Malherido, desapareció en medio de un torbellino de moscas de Nurgle, con una risa maquiavélica.
La plaza quedó bajo nuestro control, pero no celebramos. No había nada que celebrar.
Llegamos al Palacio Pío cubiertos de ceniza y restos de la guerra. Custodes al frente, Seth entre nosotros, sin grilletes, sin cadenas, pero con la sombra del juicio aún pendiente sobre sus hombros. Algunos feligreses gritaron al vernos, otros callaron.
Me adelanté.
"Traigo al Capitán Raldeo Seth para juicio, tal como dicta el Edicto Carmesí —anuncié, con la voz más firme de la que creía disponer—. Pero también traigo pruebas. Traigo testimonio. Y traigo una verdad que se ha ganado el derecho a ser escuchada... con sangre."
Dominicus nos espera. Y Ciphrus Secundus jamás será el mismo.
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