Sangre y herejía a los pies de El Palacio Pío.

Muerte en las calles - Ciclo 1

El Palacio Pío


(Narrado en primera persona por el Capitán Raldeo Seth)

El eco de mis pasos arrastrados contra las losas del Palacio Pío aún me retumba en la cabeza. El aire estaba saturado de incienso, de fe y de miedo. La multitud se apretujaba a ambos lados del patio interior, guardias piadosos y feligreses con los ojos enrojecidos por el fervor… o por el odio. Cada uno de ellos ansiaba ver mi final.

Al pie de la escalinata me aguardaba mi destino. Arriba, sobre un trono sostenido por máquinas de vida, yacía Dominicus el Pío. Su rostro estaba pálido, enfermo, marcado por la corrupción oculta que trataba de disfrazar bajo tubos y glifos sagrados. A su izquierda, imponente y salvaje, estaba Klaus BloodLust, Señor Lobo de los Devoradores de Estrellas, que tantas veces había dado caza a mis hermanos desde la promulgación del Edicto Carmesí. A la derecha, con la serenidad marcial de la fe implacable, Erik Bloodhelm, Mariscal de los Templarios Negros en el sector, el verdugo que más vidas había segado en nombre del Emperador.

Dominicus me miraba con aquella sonrisa… una mueca que rezumaba veneno y triunfo. No necesitó pronunciar largos discursos; un único susurro bastó:

El mundo se detuvo en ese instante. Vi descender sobre mí el hacha de Klaus, como un sol negro que reclamaba mi cabeza. Pero entonces ocurrió lo inesperado. Una chispa dorada se interpuso. Cassian, Capitán Custodio, desvió el filo con un solo movimiento, preciso como un juicio divino.

La furia de Dominicus fue palpable, casi física. Sus dedos se crisparon sobre los brazos del trono, y como perros encadenados a su rabia, sus campeones se lanzaron. Klaus rugió, pero fue enviado por los aires por un contraataque del Capitán Custodio, su cuerpo golpeando los escalones. Erik, en cambio, era otra cosa… su espada era pura disciplina, una danza de acero que incluso logró contener el avance del guerrero dorado.

El caos se desató. Los Custodes se cerraron en formación a mi alrededor, su fulgor dorado resistiendo la marea de fieles enloquecidos que, al grito de “¡Herejes!”, trataban de abalanzarse sobre nosotros. El palacio entero ardía en clamor, en odio y en sangre. Los lobos y templarios en torno a Dominicus se retiraron al interior del palacio

Y yo, aún vivo, arrastrado en medio de aquel torbellino, no podía evitar pensar que aquel era el verdadero rostro del Imperio: hermanos enfrentados, la fe convertida en arma, y las calles del Palacio Pío a punto de mancharse una vez más con la sangre de los suyos.

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