✦ El Rumor del Eco Vacío ✦
Registro de voz hallado en la nave Virulencia Silente, sector de cuarentena VII. Voces distorsionadas. Nivel de coherencia: inestable.
—Hermano… antes de la batalla, ¿viste también las llamas? —preguntó el primero, su respirador fallando con un siseo húmedo—.
—No eran llamas. —El otro respondió sin mirarlo—. Era la disformidad, filtrándose por las grietas del sueño. Todos lo sentimos antes del choque.
—No. No era solo eso. Yo los vi. Demonios. Hordas enteras.
Marchaban con estandartes negros, envueltos en humo y cadenas. No eran nuestros enemigos habituales.
Nos atacaban… pero no con armas.
Y cuando caímos, uno de ellos —más grande que los demás— me habló. Dijo que Pandemius los había traicionado.
—Eso fue una fiebre —gruñó el segundo, golpeando el casco con los nudillos de hierro—. Ningún demonio nos tocó. Cuando despertamos, solo había polvo.
Y orkos.
—Sí… orkos —repitió el primero, como si el recuerdo pesara menos que la duda—.
Salidos de los túneles como insectos. Gritando, riendo, disparando al aire.
Y lo extraño… lo realmente extraño… fueron nuestros objetivos.
—Sí —dijo el segundo, y sus ópticas parpadearon con un brillo enfermizo—.
Aparecían bajo nuestros pies. Como si la tierra misma los pariera.
Balizas, tótems, dispositivos imperiales oxidados, uno tras otro, emergiendo del fango y el metal, justo donde estábamos.
Typhus dijo que era un signo del Padre, que los dioses nos bendecían.
Pero yo creo que fue algo más.
Una manipulación.
Un recordatorio de que alguien decide qué es el destino y qué es la plaga.
—Pandemius… —susurró el primero.
El segundo no respondió enseguida. Solo el zumbido de las moscas llenó el silencio.
—Él no estaba —dijo al fin—.
Y aun así, los orkos se desmoronaron como si ya estuvieran infectos antes de enfrentarnos.
Como si alguien hubiese preparado la batalla.
—¿Crees que nos usó?
—No lo sé. Pero cuando el último de los pielesverdes cayó, sentí algo que no debería haber sentido en medio de una victoria.
Silencio.
Silencio total.
Y entonces… escuché esa voz otra vez.
La del demonio del sueño.
Dijo: “El jardín ya ha sido sembrado. Vosotros solo regáis las raíces.”
El primero se estremeció.
—¿Y si todo fue cierto? ¿Y si aquella visión fue una advertencia?
—Entonces ya no somos los portadores de la plaga, hermano… —dijo el segundo, cerrando los ojos con un temblor seco—.
Somos su fruto.
Y mientras hablaban, una campana invisible sonó en la distancia.
Lenta.
Hueca.
Imposible.
El registro se interrumpe en ese punto.
Solo queda el eco de un siseo final, como el último aliento de un cuerpo que no recuerda si está vivo o muerto.
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