¡WAAAGH! – La oscura noche verde.
El campamento estaba en un silencio únicamente roto por el chisporroteo del fuego y el repiqueteo de la lluvia en las chapas oxidadas. No había peleas, ni carcajadas, ni gritos. Solo un chiko, sentado frente al Ezkurridor, con los ojos clavados en el suelo mientras hablaba.
— Fue en unaz ruinaz, jefe. El cielo eztaba negro, y la lluvia kaía tan fuerte que koztaba ver máz allá ke unoz pokoz pazoz. Penzábamoz ke eztábamoz en buena pozición, con Orkenheimer al mando y Tronxamulaz rekonociendo el terreno por delante. Penzábamoz que noz podríamoz defender, y que la pelea iba a zer nueztra.
Levantó la vista un instante. El reflejo del fuego hacía brillar sus pupilas temblorosas.
—Pero entoncez todo ze kalló. Ni truenoz, ni viento… nada. Y en eze zilencio… aparecieron elloz. Loz clankerz. Zuz ojoz, verdez, brillando entre laz paredez derruídaz de loz edificioz. Despuéz, los pazoz. Lentoz, pezadoz, zin parar nunca.
El Ezkurridor no dijo nada. Solo apoyó los codos en las rodillas, se acercó la mano a la boca adoptando una postura pensativa, y dejó que el boy siguiera. Los demás pieles verdes del corro miraban en silencio, algunos frunciendo el ceño, otros sin poder disimular el miedo.
—Dizparamoz todo lo ke teníamoz. Peleamoz kon todaz nueztraz fuerzaz. Dakka por akí, choppa por allá... Pero no zervía de nada. Loz rayoz verdez atravezaban a loz nuestroz komo kuchillaz kalientez en manteka. Vi a un nob dezhacerze en zenizaz, zin un zolo grito. Loz ke intentaron huir fueron rodeadoz. Loz que ze kedaron… kayeron uno traz otro.
El chiko tragó saliva.
—Al final, eztábamos akurrukadoz en un rinkón traz un montíkulo de piedraz, con barro y zangre hazta loz tobilloz. Orkenheimer miró alrededor, vio lo ke kedaba de nozotroz… y mandó parar. No fue kobardía, jefe. Fue porke ya no había nada máz que hazer.
El fuego crepitó. Nadie se atrevió a reír ni a gruñir. Solo el silencio pesado del recuerdo. El Ezkurridor apretó la mandíbula, sus cicatrices se tensaron.
—Loz robotz ziguieron avanzando bajo la lluvia… komo zi la batalla no hubiera terminado —añadió el boy, con la voz rota.
Entonces el Ezkurridor habló, despacio, con un tono grave que hizo callar hasta a los gretchins más revoltosos.
—Eso que cuentas… es la prueba de que ningún jefe y ningún waaagh por sí solo va a bastar. Da igual lo que hagamos. La muerte anda siempre tras nosotros. Y solo hay un camino pa’ que los orkos no acabemos arrinconados, esperando que nos fumiguen.
Levantó la mirada, y el reflejo del fuego se prendió en sus colmillos.
—Recuperar a La Beztia. El único futuro. La única esperanza.
Y todos los allí presentes supieron que lo dicho no era orden, sino destino.
El fuego siguió ardiendo, pero nadie osó romper el silencio. En aquel momento comprendieron que el Ezkurridor no hablaba como jefe, sino como oráculo de lo que vendrá: el regreso de La Beztia.
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