Valentín O’Rossi. Acto IV, Capítulo IV: Una grieta de la disformidad y de mi mente
La colmena Ferrum se ha convertido en un infierno en el cual se ha olvidado el significado de las palabras paz y descanso. La primera por motivos obvios, jamás habrá paz mientras persista la amenaza hereje, mutante y xeno. La segunda, porque descansar implica otorgar la oportunidad al enemigo de recobrar fuerzas tras nuestras iniciales victorias. Mientras yo siga al mando, nunca pararemos, nunca nos detendremos hasta lograr lo que el Emperador nos ha encomendado.
La recién tomada fortaleza de Nurgle nos ha abierto nuevas opciones, tanto por la ubicación estratégica en que se encuentra dentro del núcleo de la Colmena, como por la nueva tecnología antigravitatoria que nos ha brindado el Archmagos. Además, tras haberle hecho prisionero en la última contienda, Cypher no para de susurrar que nos armemos, dice que quiere ayudar y que conoce los planes de la disformidad… que pronto se verán obligados a liberarle... De momento, no me fío de él, pero sus advertencias… pesan en mi alma.
Me encontraba en la sala de mando, debatiendo con Raldeo nuestro siguiente movimiento, cuando de repente se oyó una gran explosión. Provenía del laboratorio de Temure, quien llevaba varios días sin salir de ahí. En un instante, todo el ambiente se enrareció. El aire se tornó nauseabundo y se llenó de moscas putrefactas. De algún modo, se había abierto una grieta en la disformidad, una grieta en la realidad… El jardín de Nurgle se filtraba sobre nosotros. En cuestión de segundos, ante nuestras puertas se encontraba toda una hueste de demonios de Nurgle, y para nuestra sorpresa, nuestros hermanos caídos de los Portadores de la Palabra también aparecieron entre los demonios. Parecían estar tan sorprendidos como nosotros, pero se mostraban dispuestos a recuperar la fortaleza perdida.
Sin apenas tiempo para organizar la defensa, ordené liberar a Cypher de su celda. Debíamos contar con toda la ayuda posible, pero ordené al anciano Certerus, internado en un ballistus, que lo vigilase de cerca.
Se dio entonces inicio a una feroz lucha, en la que las espadas iban a dominar a los cañones. Precisamente, Certerus fue el primero en caer bajo la lluvia de fuego de los herejes. Dado que el Vindicator tardó en estar preparado, solo nos quedaban nuestros puños. Nuestra baza era clara: debíamos arrinconar al enemigo en espacios cerrados, donde su superioridad numérica no tuviera ventaja. Estar a la intemperie sería nuestra perdición.
Y eso hicieron mis hombres, capitaneados por Raldeo. Poco a poco iban aniquilando escuadrones de Portadores de Plaga, innumerables. La Compañía de la Muerte descendió en auxilio de los erradicadores y, haciendo honor a su nombre, aplastaron a los marines traidores. Cypher, sin la vigilancia de nuestro caído dreadnought, se transportó a la boca del enemigo. Parecía querer acabar con el mago de Tzeench, que no paraba de lanzar hechizos múltiples, pero se quedó corto y simplemente derribó unos cuantos Havocs. No se supo más de él en toda la contienda, lo cual me desconcierta.
Pero lo más preocupante fue lo siguiente. Durante un instante, pese a que mis tropas se encontraban coordinadas, me invadió una sensación de vacío, angustia y terror. Mi mente parecía haberse trasladado a otra época, a otro planeta, y estaba luchando frente a un enemigo mucho más poderoso que el que realmente tenía enfrente. Perdí el control sobre mi cuerpo y, sin quererlo, rompí la formación de batalla y me lancé a la jauría enemiga.
Cuando recuperé el mando sobre mí, ya era tarde. Tras arrasar a unos simples cultistas, estaba rodeado de unos mortíferos poseídos. Dirigidos por un mutilante líder, nos dejaron a mis motoristas y a mí muy malheridos. No estaría escribiendo esto de no ser por los guardias veteranos, que acudieron en mi auxilio.
Finalmente, los demonios que quedaban dispersos simplemente colapsaron. Aparentemente, la grieta se cerró y los demonios desaparecieron. Conseguimos defender la fortaleza, pero no estoy seguro de a qué precio.
Diario de batalla de Valentín O’Rossi, Alto Capitán de los Ángeles Sangrientos.
La zona cercana al núcleo aún palpitaba, no es común que la realidad se fragmente así… deja señales… Una vista sagaz podría notar que cerca del vuelo de un buitre… unos escombros se están moviendo…
De entre los escombros... un pequeño goblin... sin piernas ni brazos emerge...
ZI, ZOY EL PUTO MEJOR, YO ZOLO HE VENZIDO A LOS DEMONIOZ!! HUID HUMIEZ ROJOZ, YO MUÑONCITOS SOY EL REY.

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