Las Sombras No Mienten
El filo de mi pistola brilla tenuemente en la penumbra. No hay luz en la celda, solo el débil resplandor del lumen parpadeante sobre el escritorio. Barakiel está sentado ahí, con la pluma en la mano, su armadura descansando en un rincón, su semblante oculto tras la fatiga y la obsesión.
El gran cazador de los Caídos. El paladín de la verdad.
Qué broma tan miserable.
Desde aquí puedo ver su mano temblorosa sobre el pergamino. Sé lo que escribe. Siempre es lo mismo: informes meticulosos, registros de sospechas, nombres y coordenadas. Un muro de palabras que nunca le llevará a mí. Y sin embargo, sigue escribiendo. Porque escribir es lo único que le queda.
Podría matarlo ahora. Ni siquiera haría falta un disparo. Un solo tajo, rápido y limpio, y su vida se extinguiría en un susurro. Su búsqueda terminaría. Y yo desaparecería en la oscuridad, como siempre lo hago.
Pero al verlo así, roto, vencido por su propia obsesión... No puedo evitar sonreír.
Este hombre ya está muerto. Solo que aún no se ha dado cuenta.
Me muevo sin hacer ruido. La sombra es mi aliada, y él es demasiado ciego para verla. Podría quedarme aquí toda la noche y no lo notaría. Su mente está atrapada en una espiral de fracaso y decepción. Su caza es inútil. Su devoción es en vano.
Qué pena.
Me alejo sin hacer un solo sonido, dejando a Barakiel con sus fracasos y su tinta. No vale la pena gastar una bala en él.
No todavía.
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