FRUZTRAZIÓN –¡WAAAGH!
Frustración.
El instinto más básico de todo macho, sin importar la especie, es la lucha. Por supervivencia, por búsqueda de comida o por simple entretenimiento, todas las generaciones de todas las especies conocidas han vivido, viven y vivirán para luchar. En el caso de los orkos, además, cada pelea supone un avance en su estatus social, así como en su relación con Gorko y Morko.
Desde su llegada al Sistema Charadon, la meta de El Ezkurridor ha sido saciar sus instintos primitivos midiéndose con los hombres más fuertes de los ejércitos que se encontrasen enfrente. Sin embargo, la suerte no ha estado de su lado, puesto que siempre parece haber habido algún factor externo que ha acabado complicando su objetivo. En esta ocasión parecía que la contienda iba a ser simplemente un uno contra uno brutal entre el gordo Pandemius y el feroz y varonil Ezkurridor (junto con los ejércitos de cada uno), pero tuvieron que llegar laz kukaraxaz, para joder la marrana, otra putísima vez.
Los tres grupos de combatientes llegaron a un campo de batalla lleno de explosiones, y con un ambiente enrarecido. En los primeros compases de la pelea, la marea verde arrambló contra un kalvo flakucho y contra un grupo de humanoz del kaoz mientras El Tronchamulaz se encargaba del gordo kabrón Pandemius. La gracia divina quiso que aquellos que caían derrotados se levantaran poco tiempo después, con todas sus fuerzas renovadas. Los que más sufrieron este devenir fueron los gretchinz que habitaban en laz lataz, que se dedicaron a perseguir a un vehículo del kaoz que se levantaba cada vez que lo derrotaban.
Todos estos combates no parecían tener un resultado claro a primera vista. Por mucho que se resolvieran de forma sangrienta y titánica, el hecho de que las tropas derrotadas volvieran en sí pasado poco tiempo hacía sentir que toda la violencia era innecesaria. Sin embargo, igual que no es oro todo lo que reluce, tampoco es innecesario todo lo que se violenta. El cubo que contenía a La Beztia, portado por El Ezkurridor, se estaba alimentando. Cada grito de dolor o de rabia del exterior del cubo liberaba grito de júbilo de dentro del mismo. Cada gota de sangre de diferentes colores que tocaba el cubo se transformaba a un color verde oscuro. Cada disparo y cuchillazo que cortaba el aire y la piel de un enemigo era un martillazo del herrero que forja la realidad, desprendiendo chispas verdes por doquier y formando las paredes del interior del cubo.
Pero esto los pieles verdes no lo notaban. Simplemente veían cómo todos sus esfuerzos físicos y mentales eran en vano, y cada vez que se levantaba un enemigo sentían…
FRUSTRACIÓN.
Hay una historia que cuentan los Matazanoz a todos los Snotlings cuando están creciendo. Hace mucho mucho tiempo, había un Warboss que nunca perdió un combate. Daba igual lo cerca que estuviera de ser derrotado, siempre animaba a sus tropas en el momento justo para que no perecieran, reavivando la llama de la furia y proporcionándoles la fuerza necesaria para combatir a sus rivales. Un día, Gorko y Morko, descubrieron que este Warboss estaba empezando a sentirse un ente cercano a una deidad y, para castigarle, crearon una montaña gigante y pusieron a un Grot gigante y aceitoso sin piernas a los pies de la misma. A continuación, implantaron en la cabeza del orko la idea de que, si llevaba al Grot a lo alto de la montaña, ascendería finalmente para convertirse en un Dios.
Zizifor el Kaztigado, así se llamaba, se dedicó gran parte del resto de su vida a intentar cumplir la obsesión que se le había formado en la cabeza. No hace falta decir que, al ser el Grot un bicho tan aceitoso y escurridizo, no importaba la cantidad de veces que Zizifor intentara llevarlo a la cima, siempre se le caía y tenía que volver a empezar. A lo largo del tiempo, sus delirios de grandeza fueron aminorando, y un día, después de que el Grot aceitoso y gigante se le resbalara de las manos y cayera por última vez, Zizifor comprendió que todo esto no había sido otra cosa sino una lección de Gorko y Morko.
Recogió sus cosas, volvió a su campamento y descubrió que otro orko, Tanatuz, había tomado su puesto como jefe de la guerra. Siguiendo la tradición de los pieles verdes, le desafió en un duelo para recuperar su poder, injustamente arrebatado, pero debido a que llevaba años empujando una masa aceitosa con sus manos desnudas, ahora no podía ni coger una Choppa, por lo que en unos 10 segundos, Tanatuz le arrancó los brazos, le partió las rodillas, le arrancó su torso de la armadura y le sacó los dientes uno a uno, antes de darle un dakka de Slugga a quemarropa entre los ojos.
La moraleja de esta historia es que, como hizo Tanatuz, siempre hay que intentar buscar la pelea teniendo la mayor ventaja posible, y si no tienes ningún tipo de ventaja, e incluso si tienes desventajas, como le pasó a Zizifor, a veces es mejor acudir a un Matazanoz para que te quite la Mega Armadura y volver así a ser un xiko normal.
Es por esto que El Ezkurridor, teniendo en mente esta moraleja, y viendo que estaba rodeado de humanoz del kaoz y kukaraxaz vizkozaz, decidió dar un paso atrás y contener sus instintos más básicos para tener la posibilidad de luchar otro día. Reprimir sus instintos de lucha, de pelea, de asesinato, para quedarse únicamente con tristeza, melancolía y…
FRUZTRAZIÓN.
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