EL FIN, LA PROFECIA DE LOS 6 SELLOS.

Muerte en las calles - Ciclo 1

LA VISIÓN DE LOS PILARES


(Relato en primera persona de Valentín O'Rossi.)

El despacho estaba en penumbra, iluminado solo por los proyectores hololíticos que proyectaban los esquemas del generadorum. Mis ojos recorrían las rutas de avance, los posibles puntos de resistencia. El asalto debía ser rápido y preciso; la seguridad del generador era crítica.

Temure insistió en que era el único modo. Desplegar el artefacto, desviar la energía hacia los generadores auxiliares. No entendía completamente la lógica detrás de su propuesta, pero confiaba en la estrategia. Él veía en código binario lo que yo veía en sangre y acero.

Mi mano rozó la pantalla, trazando mentalmente la ruta de mis hombres. Un parpadeo.

Y de pronto, ya no estaba en Ferrum.

El olor a polvo rojo y ceniza llenó mis pulmones. Sentí el peso de la armadura mucho más liviano. Mi mano sujetaba un bolter, pero no el mío… uno más tosco, más antiguo. Bajé la vista a mi torso y vi la servoarmadura sin los refuerzos de los primaris. Mi respiración se entrecortó. Esto era Baal.

Un recuerdo, un eco de lo que fui.

Neófito. Un mero hermano novicio antes de cruzar el Rubicón.

La misión aún ardía en mi mente. Un diácono había perdido la razón, blasfemando contra la gloria del Emperador en la catedral del distrito. Su condena estaba sellada. Mi escuadra recibió la orden de purgar la herejía con un disparo limpio.

Recuerdo atravesar las puertas de la catedral. Su silueta encorvada ante el altar, murmurando sus herejías. Apunté con el bolter, mi dedo listo para jalar el gatillo.

Y entonces, unos ojos brillantes como la furia misma se clavaron en mí.

Sir Modred.

La figura de fulgurante presencia se alzó ante mí. No tuve tiempo de reaccionar. Un chasquido, y el polvo de la catedral se desvaneció.

El calor del desierto me golpeó. El sol carmesí de Baal abrasaba la arena, haciéndola ondear como fuego líquido. Sir Modred estaba allí, su forma titilando con una presencia etérea.

Frente a nosotros, seis pilares de piedra se alzaban en el horizonte. Dos de ellos estaban rotos.

Y en el aire, resonó la voz del diácono.

"Cuando el primer sello caiga, el tiempo se hará trizas,
Cifrus arderá y su llama será brisa.

El segundo al pestilente entregará su reino,
Xanatar de plaga, su pútrido dueño.

Con el tercero la guerra despertará en furia,
Ferrum quebrado, la puerta se injuria.

El cuarto, el anillo, de traición se vestirá,
Tzeentch su risa en susurros verá.

El quinto, la sombra que todo consume,
Los héroes caídos, en duda y perfume.

Y el sexto... la bestia, la ruina final,
Los jinetes cabalgan, el sector morirá."

El viento ululó, removiendo el polvo a mis pies. Mis ojos recorrieron los pilares de nuevo. Dos rotos. Cuatro aún en pie.

La sangre en mis venas se congeló.

Intenté hablar, exigir respuestas, pero mis labios no se movieron. Sir Modred me miró, sus ojos ardían como soles muertos.

Y en otro chasquido, el desierto se desvaneció.

Me encontré de vuelta en mi despacho, el sudor frío resbalando por mi frente.

Las holopantallas aún brillaban. La estrategia seguía allí. La voz de Temure seguía resonando en los vox-casters.

Pero el eco de la profecía aún palpitaba en mi mente.

Dos sellos ya habían caído.

¿Cuánto faltaba para el tercero?

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