La ruptura de El Astra Consilium.
No recuerdo cuánto tiempo estuve inconsciente. Solo el sabor metálico en mi boca y el eco de las campanas rotas me dijeron que había sobrevivido. La sala del consejo… nuestro sanctasanctórum… convertida en un altar profanado. El mármol blanco manchado de sangre y bilis, los tapices chamuscados, y en el centro, la cicatriz dimensional donde él apareció: un Guardián de los Secretos, arrastrado a este plano por la locura suicida de la Guardia Pía y esa cohorte de Ángeles Oscuros.
El Cruel… muerto. Reducido a carne abierta y armadura partida antes de que pudiera siquiera alzar su espada. Ildrath, hecho jirones, desapareció entre las llamas. Aeda Oseo yace en una cámara de recuperación, más hueso roto que carne sana. Todo para impedir que el Consilium actuase. Todo para dejarnos ciegos y mudos ante el derrumbe del Guantelete.
Nos reunimos de nuevo, lo que quedaba de nosotros. Un círculo roto, incompleto, lleno de sillas vacías que pesaban más que cualquier palabra. El aire olía a ozono y a desinfectante. Cada paso resonaba demasiado fuerte en aquel silencio.
—Esto no fue un ataque… —dijo Vorash, su voz como piedra molida—. Fue una limpieza. Quisieron cortarnos la cabeza antes de que pudiéramos movernos.
—¿Y lo lograron? —espetó Maelthryn, su ojo biónico brillando con un destello de rabia—. Porque si alguno de ustedes cree que podemos seguir esperando órdenes del Anillo, está más ciego que Aeda.
—La paciencia es nuestra única ventaja —replicó Xelyr, siempre el más calculador—. Si actuamos ahora, sin recursos, sin coordinación… nos aniquilarán.
Yo no podía callar más.
—¿Paciencia? —escupí la palabra como si fuera veneno—. Hemos sido pacientes mientras el sector se hundía. Hemos sido pacientes mientras el Guantelete se desmoronaba. ¿Y qué nos ha dado esa paciencia? ¡Un Guardián de los Secretos paseando por nuestra sala de consejo y la sangre del Cruel empapando nuestras botas!
Xelyr me miró con esa condescendencia fría que siempre usaba para ocultar su miedo.
—Y si saltamos ahora, nos aplastarán.
—Nos aplastarán de todas formas —respondí—. Porque Dominicus no va a detenerse. Nunca lo iba a hacer. Siempre fue un doble agente. Bajo su máscara de piedad, ha tejido esta red de ruina. Cada vez que hablaba de fe, estaba apuñalando nuestro futuro.
—Eso… —intervino Maelthryn—. Eso es lo que nadie quiere decir en voz alta. El Pio nos ha vendido. Y si sigue en su puesto, no solo caerá Ferrum. Caerá todo.
Se hizo un silencio espeso. El tipo de silencio que sabe a traición.
—El Astra Consilium nos obliga a la cautela —dijo Xelyr, mirando a todos como si intentara convencerse a sí mismo—. Si damos un paso en falso…
—El Consilium… —le interrumpí—. Es una cadena. Y yo estoy harto de arrastrarla.
Mis manos temblaban, no de miedo, sino de pura ira.
—Que el Anillo me condene si quiere. Mis huestes no se quedarán en las sombras. Marcharán. Sobre Dominicus, sobre sus santos falsos, sobre cualquiera que haya pensado que podía enterrar al Consilium bajo burocracia y fuego.
Vorash se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando como carbones.
—Si vas, no volverás solo.
Uno a uno, los rostros se endurecieron. Algunos en desafío, otros en resignación. La guerra interna ya estaba decidida antes de que pronunciara mi última frase:
—Si quieren guerra, la tendrán.
Si quieren silencio, les daré un grito que resonará hasta las lunas muertas del sector.
Y cuando todo termine, sobre las ruinas, yo decidiré qué queda en pie.