Sombras Bajo el Anillo - La ruptura de El Astra Consilium.

Muerte en las calles - Ciclo 1

La ruptura de El Astra Consilium.


No recuerdo cuánto tiempo estuve inconsciente. Solo el sabor metálico en mi boca y el eco de las campanas rotas me dijeron que había sobrevivido. La sala del consejo… nuestro sanctasanctórum… convertida en un altar profanado. El mármol blanco manchado de sangre y bilis, los tapices chamuscados, y en el centro, la cicatriz dimensional donde él apareció: un Guardián de los Secretos, arrastrado a este plano por la locura suicida de la Guardia Pía y esa cohorte de Ángeles Oscuros.

El Cruel… muerto. Reducido a carne abierta y armadura partida antes de que pudiera siquiera alzar su espada. Ildrath, hecho jirones, desapareció entre las llamas. Aeda Oseo yace en una cámara de recuperación, más hueso roto que carne sana. Todo para impedir que el Consilium actuase. Todo para dejarnos ciegos y mudos ante el derrumbe del Guantelete.

Nos reunimos de nuevo, lo que quedaba de nosotros. Un círculo roto, incompleto, lleno de sillas vacías que pesaban más que cualquier palabra. El aire olía a ozono y a desinfectante. Cada paso resonaba demasiado fuerte en aquel silencio.

—Esto no fue un ataque… —dijo Vorash, su voz como piedra molida—. Fue una limpieza. Quisieron cortarnos la cabeza antes de que pudiéramos movernos.

—¿Y lo lograron? —espetó Maelthryn, su ojo biónico brillando con un destello de rabia—. Porque si alguno de ustedes cree que podemos seguir esperando órdenes del Anillo, está más ciego que Aeda.

—La paciencia es nuestra única ventaja —replicó Xelyr, siempre el más calculador—. Si actuamos ahora, sin recursos, sin coordinación… nos aniquilarán.

Yo no podía callar más.
—¿Paciencia? —escupí la palabra como si fuera veneno—. Hemos sido pacientes mientras el sector se hundía. Hemos sido pacientes mientras el Guantelete se desmoronaba. ¿Y qué nos ha dado esa paciencia? ¡Un Guardián de los Secretos paseando por nuestra sala de consejo y la sangre del Cruel empapando nuestras botas!

Xelyr me miró con esa condescendencia fría que siempre usaba para ocultar su miedo.
—Y si saltamos ahora, nos aplastarán.

—Nos aplastarán de todas formas —respondí—. Porque Dominicus no va a detenerse. Nunca lo iba a hacer. Siempre fue un doble agente. Bajo su máscara de piedad, ha tejido esta red de ruina. Cada vez que hablaba de fe, estaba apuñalando nuestro futuro.

—Eso… —intervino Maelthryn—. Eso es lo que nadie quiere decir en voz alta. El Pio nos ha vendido. Y si sigue en su puesto, no solo caerá Ferrum. Caerá todo.

Se hizo un silencio espeso. El tipo de silencio que sabe a traición.

—El Astra Consilium nos obliga a la cautela —dijo Xelyr, mirando a todos como si intentara convencerse a sí mismo—. Si damos un paso en falso…

—El Consilium… —le interrumpí—. Es una cadena. Y yo estoy harto de arrastrarla.

Mis manos temblaban, no de miedo, sino de pura ira.
—Que el Anillo me condene si quiere. Mis huestes no se quedarán en las sombras. Marcharán. Sobre Dominicus, sobre sus santos falsos, sobre cualquiera que haya pensado que podía enterrar al Consilium bajo burocracia y fuego.

Vorash se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando como carbones.
—Si vas, no volverás solo.

Uno a uno, los rostros se endurecieron. Algunos en desafío, otros en resignación. La guerra interna ya estaba decidida antes de que pronunciara mi última frase:

—Si quieren guerra, la tendrán.
Si quieren silencio, les daré un grito que resonará hasta las lunas muertas del sector.
Y cuando todo termine, sobre las ruinas, yo decidiré qué queda en pie.

Dominicus el Pío - La Araña y el Proyecto Vitas.

Muerte en las calles - Ciclo 1

EL Proyecto Vitas.


Avanzo lentamente por los pasillos silenciosos del Palacio Pío, el eco metálico del sarcófago vital acompasando cada uno de mis pasos. Sé que allá fuera, los Lobos Espaciales, los Templarios Negros e incluso los orgullosos Custodios cazan sin descanso a los remanentes imperiales que aún osan oponérseme. Todos ellos mueven sus piezas al compás del Edicto Carmesí… pero no son más que marionetas, títeres danzando al ritmo que yo impongo.

Un espasmo me corta el pensamiento. Un pulso de dolor, súbito, feroz, como un hierro candente clavándose en mi pecho. El sarcófago reacciona de inmediato, inundando mis venas con el frío químico que sofoca, una vez más, la podredumbre que Pandemius dejó en mí. El alivio es breve. El sabor amargo permanece.

Me detengo ante los tanques de éxtasis. Las figuras que flotan en su interior parecen almas atrapadas en el momento exacto de su rendición. Cuerpos encorvados, torsos retorcidos, miradas vacías… recuerdos de mis errores, de fracasos que no puedo permitirme repetir. El Proyecto Vitas debe avanzar. La Araña no me fallará. Nunca lo ha hecho. Y menos ahora, cuando el éxito está tan cerca que casi puedo tocarlo.

Me inclino hacia uno de los cristales y mi reflejo me devuelve una imagen que no es la mía… o tal vez sí. Una silueta corrupta, irreconocible, monstruosa. La visión me hiela un instante, y sin darme cuenta, una lágrima áspera y seca desciende por mi mejilla. Pero la congoja no dura. El dolor se convierte en rabia, y la rabia en un grito silencioso que arde en mi garganta.

Clamo a la Sedienta que Perdura, imploro que su deleite devore y ahogue la peste que Pandemius me legó. Que no quede en este sector memoria alguna de otro Imperio que no sea el mío. Un destello púrpura atraviesa mis pupilas y siento la respuesta en lo más hondo de mi ser.

Continúo mi marcha, guiado por los gritos que llegan desde el laboratorio de La Araña. Son gritos afilados, dolientes… pero para mí son cánticos sagrados. Dulces himnos de sufrimiento, el néctar que alimenta mis sentidos y mi propósito.

+++ ARCHIVO DE DATOS RECUPERADO +++ INDEX: Amothek

Muerte en las calles - Ciclo 1

+++ ARCHIVO DE DATOS RECUPERADO +++


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+++ ORIGEN: Protocolo interceptado por Rodo Xenos +++
+++ CLASIFICACIÓN: EAGLE-2 +++
+++ ESTADO DEL ARCHIVO: [!! ALERTA: CORRUPCIÓN PARCIAL !!] +++
+++ PRIORIDAD: ALTA +++

* Informe de Amothek.

+-------------------------------------+
 - Protocolo base. --- Satisfactorio
 - Objetivo: conquistar Distrito Industrial para la instalación de los obeliscos. --- Satisfactorio.
 - Recolectar muestras de las criaturas parasitas que habitan la ciudadela. --- Satisfactorio.
 - Defensa del Distrito. --- Satisfactorio.
+-------------------------------------+

:::DATA FRAGMENT a7d-01X-ERR-LOAD:::
Amothek informa.
La alianza con los Votann está siendo Satisfactoria, el asedio al Distrito ha sido un éxito, la instalación de la Noctilita avanza sin contratiempos.

+++ ALERTA DE SECUENCIA CORRUPTA [FRAG-Δ001] +++
## Señal cruzada detectada ##
Un contingente de los Guerreros de Hierro atacaron nuestra base, pero la cooperación con Jharson ForjaCeniza ha sido mas beneficiosa de lo esperado, 
mientras este expulsó a los atacantes, nuestras fuerzas invadieron el distrito y acabaron con las defensas. Unas hermanas de batalla trataron de defender
el distrito, su resistencia fue vana y algunos especímenes ya han sido trasladadas para su investigación pues los informes indican una "resistencia"
a la Noctilita, espero que sean útiles para Szeras.
* Informe adicional. 

+-------------------------------------+
 - Ataque a fuerzas disformes invasoras. --- Satisfactorio.
 - Distrito Industrial asegurado. --- Satisfactorio.
+-------------------------------------+

:::ERROR-COD/Σ33-REDUX:::
Mientras los Votann se infiltraban y localizaban los suministros dentro de este, nuestros sensores detectaron anomalías en la zona conquistada.
Se detecto presencia disforme en las profundidades del distrito y se acudió al exterminio de estas. 
Cuando se llegó a las proximidades del objetivo, los sensores comenzaron a detectar las fuerzas enemigas antes de verlas, por lo que se 
procedió a ajustar estos para un correcto funcionamiento al enfrentar al invasor.
Fuerzas del caos, abotargadas y acompañadas de bioseres defectuosos trataron de hacerse con el control del sector central del distrito.
La Noctilita aun sin estar al 100% de su funcionamiento, logro afectar a las anomalías disformes que estos trataban de usar, provocando fallos 
y dañándolos, pero no por ello evitando que sus fuerzas lograran llegar, dañando seriamente a nuestro Destructor acechante Canoptico. 
La estrategia en la defensa fue contundente y firme, consiguiendo la expulsion de las fuerzas invasoras, asegurando el Distrito.

+++ ALERTA: Integridad de archivo 62% +++
:::CORRUPCIÓN DETECTADA APAGADO DE SEGURIDAD ACTIVADO:::
Seguimos con el cumplimiento de los protocolos, por la gloria de Szarekh.

* Fin del informe.

        
    

La Traición - Emboscada de la Sombra

Muerte en las calles - Ciclo 1

La Traición - Emboscada de la Sombra


Tenía miedo.
Lo admito.
El enfrentamiento contra las fuerzas de Pandemius era un riesgo innecesario… pero el Príncipe de las Sombras, su espectro entre los velos, me aterraba aún más. El palafrenero de La Entidad. Una sombra sobre otra sombra.

Nurgle atacando a los suyos… absurdo, ¿no? Y sin embargo en esa ironía se escondía la treta. Pandemius jamás sospecharía de un encuentro “administrativo” entre él y nosotros, los Jardineros. Había llegado confiado, pensando que su pomposa retórica bastaría para doblegar cualquier disidencia.

Pero yo veía más allá del glamour. Más allá del humo ilusorio de Be’lakor, más allá de las artes envenenadas de El Testigo. Cada mirada, cada sonrisa de esos demonios disfrazados de todos los panteones… traidores a sus dioses. Y yo también. Ironía tras ironía. Yo, que solo quería cultivar el jardín, expandirlo, nutrirlo con la carne podrida de mundos en ruina… ahora condenado a conspirar con las sombras porque la ineptitud de Pandemius y la grotesca estupidez de Diarreicus me habían empujado a apartarme del Camino del Padre.

Una fanfarria sucia, como aguas fecales corriendo por grietas podridas, me anunció su llegada. Sus pasos resonaban, arrogantes, sobre la tierra muerta del páramo. Pandemius no vio los sellos de captura bajo sus pies. No sospechó las sombras que lo acechaban.

Cuando su risa tronó, el engaño se quebró.
El mundo se partió.

Be’lakor emergió de la nada, apuntándole con su espada mientras la lamía como un amante insaciable. Pandemius apenas tuvo tiempo de abrir los ojos con sorpresa antes de desgarrar el aire y huir, teletransportándose fuera de su alcance. Pero sus huestes no corrieron la misma suerte.

Entonces comenzó el asedio.
La miasma purulenta de los siervos de Pandemius chocó contra el circo dantesco de Be’lakor: diablillas de Slaanesh riendo entre vísceras, engendros de Tzeentch que giraban como espirales imposibles, ingenios demoníacos estallando en fuego y sangre. Un espectáculo que hacía palidecer incluso la letalidad de la Guardia de la Muerte.

Vi cómo, uno tras otro, los seguidores de Pandemius eran aislados, atrapados, devorados. Y entre todo ese horror, lo vi.
Be’lakor hundió su espada en Pandemius. Lo desmaterializó con una sola estocada. Su grito, purulento y saturado de odio, aún vibra en mis noches de siembra.

Y entonces ocurrió lo más insólito. Un hombre. Un pequeño marine abotargado, enloquecido, cargó contra el Príncipe de las Sombras. ¡Un mortal contra Be’lakor! La sombra misma pareció sorprenderse, incluso sufrir heridas, antes de tragarse a ese insensato y devorarlo en la oscuridad.

El campo quedó en silencio.
Be’lakor se volvió hacia mí.
Sonrió. Me señaló.
Y me guiñó el ojo.

No fue un “bien hecho”. Fue un “tú eres el siguiente”.
Y en ese instante sentí cómo mi espina dorsal ponzoñosa se congelaba.

Resignado, ordené a mis hombres comenzar la fase de poda. Abonamos los campos con los cadáveres, como siempre. Una lágrima seca y lechosa cayó de mi ojo marchito. Allí, donde Pandemius había caído, brotó un enorme árbol podrido, un tótem del Padre.

Y yo, Otoesclerosis, me pregunté:
¿Cómo he llegado hasta aquí?
¿Cómo he acabado sembrando jardines con las sombras mismas del Infierno?

Cuando el Oro tose.

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Muerte en las calles - Ciclo 1

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Los siervos del Padre de la Plaga brotaron como una plaga sin fin. Nubes de miasma cubrieron la atmósfera, y el suelo, antaño férreo como obsidiana, se deformó en llagas supurantes.

Imhurek, el Velo del Ocaso, observaba el avance enemigo desde el corazón de una falange de Necroguardias Lahuzar. Sus guerreros, armados con filosas guadañas hiperfásicas, marchaban en perfecta sincronía, sus ojos verdes fijos en el horizonte de podredumbre. No había gritos ni tambores de guerra. Solo el eco metálico de pasos implacables.

La primera amenaza surgió como un rugido mecánico: una máquina demoníaca de Nurgle, una amalgama de hierro herrumbroso y carne ulcerada, cargó contra el flanco derecho. Sus patas de insecto oxidado trituraban el terreno mientras lanzaba proyectiles de pus hirviente. La falange no se dispersó; Imhurek levantó su guadaña y marcó el objetivo. En un único movimiento coordinado, las hojas hiperfásicas atravesaron juntas la criatura, cortando juntas y vísceras. Un estallido de óxido y bilis corrosiva marcó su final, mientras la formación continuaba avanzando como si nada hubiera ocurrido.

Pero la corrupción no había mostrado aún su campeón. Desde el portal, el aire se volvió denso y fétido. Entre carcajadas guturales, un Gran Inmundicia se alzó, al menos tres veces más alto que cualquier Necrón. Su masa hinchada goteaba pestilencia, y de su vientre abierto colgaban intestinos que se agitaban como tentáculos vivos. Cada paso que daba convertía el suelo en lodo infeccioso.

La monstruosidad cargó contra la falange, y por primera vez en milenios, los Necroguardias se vieron empujados hacia atrás. Uno tras otro, demonios menores brotaron de la carne podrida del coloso, intentando rodear a Imhurek. Pero el Señor Supremo, sin una sola palabra, giró su guadaña en amplios arcos verdes que evaporaban carne y esencia demoníaca al contacto.

El Gran Inmundicia trató de aplastarlo con su panza pestilente, pero Imhurek esquivó con precisión imposible para un ser de su tamaño y clavó la hoja hiperfásica en el cuello hinchado del demonio. Con un segundo corte, lo decapitó, liberando una nube de miasma tan corrosiva que habría matado a cualquier ser vivo. La falange permaneció firme, cubierta por el fulgor protector de los campos de energía Lahuzar.

En menos de una hora, el campo quedó en silencio. El portal pestilente se cerró con un gemido agónico, y los restos demoníacos se evaporaron. Las filas Necron permanecían casi intactas, alineadas bajo el cielo sin vida.

Imhurek giró su mirada hacia el horizonte estéril y, con voz de eco sepulcral, pronunció:

—El mundo está limpio. La noche avanza.

Waaagh- El inicio del viaje.

Muerte en las calles - Ciclo 1

WAAAGH - El inicio del viaje.


El Orko ke Ve se encontraba en su tienda, caminando de un lado a otro, con rostro pensativo, pero con la mirada iluminada. No había nadie más con él, sin embargo, él sabía que Gorko y Morko le podían escuchar.

“Vencido, pero no derrotado.

La nueva era verde ha comenzado, y todo parece indicar que el estilo utilizado puede no ser el correcto dadas las circunstancias. Para un ojo ajeno quizás. Pero la época del cambio no ha hecho más que comenzar, y los resultados que se verán en el futuro, yo ya los he visto. Pues yo soy el Orko ke Ve.”

Con el puño cerrado, mientras pronunciaba las últimas palabras, se dio un fuerte golpe en el pecho, que hizo temblar los bártulos que tenía encima de una mesa que se encontraba a su lado. Se quedó quieto, en el centro de su habitáculo, e inclinó la cabeza hacia arriba. Con los ojos cerrados, pero observando a Gorko.

“De un tiempo a esta parte, incluso estando yo al mando de loz chikoz, la Victoria ha sido una mera idea. Una doncella caprichosa, que siempre hemos perseguido, pero cuantos más pasos dábamos en su dirección, más se alejaba.

Hoy, en un campo de batalla azotado por fuertes vientos, en el que bichoz del kaoz y chikoz se han enfrentado, la doncella no se ha alejado. Tampoco la hemos alcanzado, pero sólo nos ha faltado la uña de un gretchin para hacernos con ella.”

Tras un suspiro que reflejaba una mezcla de frustración y esperanza, volvió a bajar la cabeza, hasta mirar directamente hacia el suelo sobre el que se posaban sus pies. Sus manos, posadas en el cuero de su pechera, se separaron de su cuerpo y lo rodearon hasta quedar detrás, en su zona lumbar, entrelazadas. Como un niño imitando un discurso de un militar, volvió a caminar por la tienda, levantando cada una de sus piernas de forma excesivamente teatral, sin doblar las rodillas.

“No queda claro qué ha sido lo que ha cambiado para que estos eventos se hayan desarrollado de esta forma. Puede ser la avanzada estrategia que Orkenheimer, en su infinita sabiduría, confeccionó para defender su posición. Puede ser que los nuevos pieles verdes son más poderosos de lo que han sido antaño. Puede ser que yo soy la luz que los ilumina e inspira, sentado al lado de Gorko y Morko en el Trono Verde.

O puede ser que la extraña alianza que parece haberse formado entre Orkenheimer y loz humanoz kabeza-fregona, ha generado sentimientos favorables para los orkos que, con mayor precisión de disparo y mejor posicionamiento estratégico, son ahora una amenaza para cualquier ejército de Ferrum.”

Tras pronunciar este nombre se acordó. Él debía ser el encargado de cumplir su misión, puesto que era el único que podía traerle de vuelta. Durante un momento se paró, pensativo. Después, tras morderse brevemente la uña del dedo índice, recorrió su tienda enérgicamente, recogiendo diferentes elementos y guardándolos en su bolsa.

“Ferrum, un lugar que parece estar condenado. Ya sonaron las ocho campanas. Parece que se acerca el final. Pero han llegado humanoz poderosos para impedirlo.

Quizás nos convenga ayudarles. Cuando terminemos con el kaoz, también podremos terminar con ellos…

Pero necesitamos ayuda. El que una vez fue apresado. El estandarte de todo lo que representa nuestro nuevo líder. La Beztia.”

El Ezkurridor se echó la mochila, ahora llena, por encima de los hombros. Él es el encargado de recorrer este camino. Él es el que tiene que hablar con los líderes de los clanes para liberarle. Debe hacerlo mientras Orkenheimer evita que el kaoz se extienda por Ferrum de manera incontrolable.

“FLYBOYZ O BEAZT HUNTERZ, EZPERADME. NOZ VEMOZ AHORA MIZMO. VOY PARA ALLÁ”.

El auditor silencioso.

Muerte en las calles - Ciclo 1

El Auditor Silencioso.


La guerra no llega a Ferrum como un trueno, sino como un cáncer. Silenciosa al principio. Irremediable después. Tras la octava campanada llegó el silencio.

La colmena agoniza. Bajo sus torres herrumbrosas y sus plataformas fracturadas, el estruendo de los motores del Viento de Miasma resonaba como una campana fúnebre. A bordo, los Pestilentes de Throg aguardaban en silencio, apretando sus armas saturadas de pus y corrupción. Frente a ellos, el humo del campo de batalla apenas lograba oscurecer las siluetas toscas de la horda orka que se extendía más allá de los corredores oxidados y los pasillos derrumbados del sector industrial.

Con una sacudida violenta, el Land Raider frenó y abrió sus compuertas. Throg, el Purificado, descendió el primero. Las runas empapadas en fluidos corruptos que adornaban su servoarmadura palpitaban con una luz antinatural. Sin necesidad de palabras, los suyos lo siguieron, barriendo la zona con precisión meticulosa. Era un acto sagrado. Un ritual de ocupación. El primer punto estratégico fue consumado con la solemnidad de una plegaria enferma al Gran Padre.

Desde lo alto, el Viento de Miasma giró sus torretas hacia un grupo de Nobles Goff atrincherados en unas ruinas cercanas. Sus cuerpos deformes se agitaban con impaciencia, sus rugidos eran tan gruesos como el acero de sus hachas. Pero su desafío fue breve. Los disparos de los cañones láser impactaron con precisión quirúrgica. La estructura tembló. Fragmentos de orco, armadura y piedra saltaron al aire. Donde hubo gritos, solo quedó silencio.

La peste avanzaba.

En lo alto del horizonte roto, una nueva sombra cayó sobre Ferrum. Shu’magg Tul, el Purulento, titánico, inmundo, eterno. La Gran Inmundicia de Nurgle se abrió paso entre los restos carbonizados de una subestación derrumbada, escupiendo blasfemias como salmos y vomitando una niebla densa que cubría sus pisadas. A su lado, descendió una figura mucho más silenciosa, pero infinitamente más temida: Azrak, el Inquisidor Pestilente.

Azrak caminó hasta el Viento de Miasma, su armadura saturada de incienso pútrido y su báculo emitiendo pulsos de energía profana. Sin dirigir una mirada a sus subordinados, se montó en el vehículo y asumió el mando, como si lo hubiera hecho incontables veces antes. Desde esa posición, señaló los cielos y las ruinas con gestos breves. Las tropas se movieron como engranajes podridos en una máquina decrépita, obedeciendo su voluntad absoluta.

Shu’magg Tul no esperó órdenes.

Cargó hacia un Noble Goff solitario que quedaba en pie, una bestia recia de mandíbula acorazada que se negaba a retroceder. La colisión fue un festín de hueso y sangre. El noble orko fue pulverizado en un mar de vísceras. El segundo punto fue reclamado y purificado con llamas pestilentes, mientras una marea de baba ácida devoraba la insignia enemiga.

Los Pestilentes de Throg, avanzando hacia el siguiente objetivo, recibieron fuego de apoyo del Viento de Miasma. Su avance fue lento, inexorable, acompañado por salmos rascados desde gargantas en carne viva. Pero justo cuando el punto estratégico había sido asegurado y corrompido, los Lataz Azezinaz de los orkos irrumpieron con el rugido de los motores de guerra. Las máquinas se abalanzaron sobre los marines como perros rabiosos. El choque fue brutal. Las cuchillas de los latas cortaron a través de la podredumbre, derribando temporalmente a los portadores de plaga.

Azrak no pronunció palabra. Solo giró sus ojos sin párpados hacia el humo del norte.

Allí, entre los cascotes de un silo derruido, comenzaron a llegar nuevos refuerzos. Los Hijos de la Tercera Plaga, encorvados y envueltos en brumas de enfermedad, se desplegaron como un cáncer que regresa tras la operación. Junto a ellos, los Despojos de Azrak se deslizaban por los restos de un monorraíl, sus cuerpos fusionados con el óxido, sus ojos vacíos mirando el horizonte con ansias de corrupción.

Y entonces, como un trueno sordo, Los Tres Hermanos descendieron del cielo.

Los drones de plaga aterrizaron cerca de Orkenheimer, el imponente kaudillo orko que custodiaba el último punto vital para su ofensiva. Antes de que el líder orko pudiera reaccionar, las esporas corrosivas de los drones ya habían cubierto la zona, nublando la visión y disolviendo las defensas. El punto fue reclamado por la podredumbre, y el kaudillo desapareció entre la niebla como un recuerdo de violencia sofocada por un mal más antiguo.

En la retaguardia del contingente orko, los Portadores de Plaga se hicieron con el último objetivo, estableciendo un círculo ritual alrededor del mismo. Su victoria no fue celebrada. Solo aceptada, como se acepta una infección cuando ya es demasiado tarde.

El enemigo había sido repelido. No por velocidad. No por astucia. Sino por constancia. Por fe enferma. Por una voluntad imposible de extinguir.

Y mientras las ruinas humeaban, y los últimos estertores orkos se disolvían en los vapores de corrupción, Azrak descendió del Viento de Miasma y caminó hacia el campo sembrado de cadáveres.

No dijo nada.

Solo tomó nota.

La auditoría había comenzado.

Caminando entre cenizas.

Muerte en las calles - Ciclo 1

Cassior Thravian, capítulo II: Caminando entre cenizas


No fue una derrota. No existe tal cosa para los Guardianes del Trono.
Fue... una interrupción. Un respiro forzado. Una grieta en el mármol del deber.

El Guantelete ha caído. No pudimos defenderlo. No contra Nurgle.

Recuerdo cada golpe. Cada embestida hedionda de la Guardia de la Muerte. La forma en que la podredumbre parecía reír mientras corrompía incluso el aire. Luchamos como el oro contra la herrumbre. Éramos la voluntad viviente del Emperador. Y aún así, no bastó.

No fue el número lo que nos doblegó. Fue la imprevisibilidad. La asquerosa genialidad con la que los siervos de Nurgle tejieron su ofensiva. Caos con propósito. Asco con dirección. Cada enjambre putrefacto parecía anticipar nuestros movimientos. Cada golpe de nuestras lanzas era absorbido por carne que no conoce el miedo ni la fatiga. Los exterminadores, implacables, avanzaban lentos pero firmes, imparables.

Perdí, hermanos. Muchos de los nuestros han sido heridos. Algunos se recuperan ya, otros no lo harán nunca.

Yo mismo fui arrojado contra las ruinas de una fortaleza profanada, y la sangre que brotó de mi fue roja. Roja, como la de un simple mortal. Era una trampa perfecta, tejida por un enjambre de drones y marines de Nurgle.

Y entonces, el polvo se asentó y los últimos disparos se ahogaron en la distancia. Habíamos fracasado.

El Guantelete, aquel puente estratégico que unía la zona inferior de Ferrum con el núcleo de la colmena, era ahora una herida abierta, supurando corrupción hacia las entrañas del planeta.

Y así me enfrenté a la más amarga de las decisiones: Buscar... ayuda.

Los Custodes no imploran. No negocian. No confían.
Y sin embargo, los nombres llegaron a mí como un eco de vergüenza enterrada: Raldeo Seth y los Ángeles Sangrientos. Los desterrados.

Acusados de masacrar a la guardia de Templarios Negros de Dominicus. Sin juicio. Sin pruebas firmes. Solo la sombra del error, proyectada por los que temen la furia que sangra de Baal.

Pero yo vi el informe. Lo leí entre las sombras del Archivo de Exculpación. Vi las inconsistencias. Las manipulaciones.

Y ahora, entre las ruinas ardientes de Ferrum, necesito guerreros. No santos. No mártires. Soldados que no teman hundirse en el lodo para rescatar al Imperio de su propia descomposición.

Así que camino. Camino solo, entre la ceniza, hacia las coordenadas donde se dice que Raldeo Seth y sus exiliados se ocultan.

Y cuando los encuentre, no vestiré la arrogancia de Terra. Iré como lo que ahora soy: un guerrero que ha probado el sabor del límite.

Ellos me mirarán como símbolo de todo aquello que los abandonó.
Y aún así, les extenderé la mano.
Porque incluso la luz del Emperador necesita, a veces, brillar a través del polvo de los caídos.

Diario de batalla de Cassior Thravian, Capitán de los Adeptus Custodes. Vigilante de las Puertas Doradas.