“El Mal Metálico”
Por Otosclerosis el Sucio
¿Sabéis lo que es el tedio? No el de los mortales, con sus rutinas y quehaceres. Hablo del tedio del verdadero heraldo. De un emisario del Padre que ha visto nacer y pudrirse cien mil mundos. Del que ha regado jardines con pus de civilizaciones enteras y cuyas uñas albergan más historia que los archivos de Terra.
Así me encontraba yo, Otosclerosis el Sucio, palafrenero de Diarreicus, excelso regente de la podredumbre, mientras firmaba otro de esos malditos informes de avance. “Nivel de supuración: satisfactorio. El ciclo de siembra ha comenzado en los sectores 42 al 51 del Guantelete. El caldo de cadáveres humanos mejora la producción de esporas.” Bla, bla, bla…
Montado sobre Zampo, mi fiel sapo de plaga —único ser con suficiente espesor para soportar mi masa gloriosa— me balanceaba suavemente en mi palanquín, de séquito doce jardineros que ya no conservaban rostro. La carne es débil, pero la labor es eterna.
Y mientras las moscas zumbaban mi sinfonía favorita, escuchaba, como cada jornada, los soliloquios tediosos de Luzbel, párroco caído y profeta de nada. “Uriel me sabotea los rituales… los Lobos Espaciales profanan nuestras reliquias... que si la envidia, que si las ofrendas…” —su voz era una constante, como el gorgoteo de un intestino descompuesto.
Aprendí hace tiempo a no oírlo. Solo me llegaban retazos: “traición, Caídos, Dogma…”. Paja verbal. Insectos en la miel.
Pero hoy… hoy fue diferente.
Mientras revisaba mentalmente los mapas del jardín y mis planes para fertilizar el templo arrasado de los Guardias Píos, las palabras de Diarreicus regresaban a su mente como vómito recalentado. “Una fuerza imparable… metálica… sin alma…” decía La Gran Inmundicia con un temblor inusual en su voz burbujeante. Una marea de metal viviente que casi lo arrancó del plano disforme, que devoraba con fría lógica hasta los vapores más dulces del Padre. “¿Qué clase de ser puede doblegar el pus?” pensó Otosclerosis, inquieto. Aquello no era una simple amenaza… era una catástrofe para los ciclos de siembra. Una blasfemia sin olor, sin infección. Un enemigo que no se pudre. Terrible. Terrible, sí… para el Jardín.
Y de golpe… me invadió una sensación. Una punzada brutal, como si me desgajaran de raíz un miembro invisible. Sentí frío. Dolor.
Mis ojos —dos esferas opacas enterradas en pliegues tumorosos— se alzaron con esfuerzo. Y lo vi.
Apenas unos pasos, donde el jardín florecía en su etapa más fétida, nada crecía. Nada. Un círculo de unos veinte metros, estéril, negro, inerte. Las moscas evitaban la zona, las esporas morían en el aire, y hasta los carroñeros jadeaban si se acercaban.
Allí… un pylón. Un monumento ajeno. Negro como el olvido. Vibrante, pero no de vida… sino de negación.
Me bajé. Sí. Yo, Otosclerosis. Yo, que no caminaba desde la Peste Roja de Tharros IV, caminé. Ignoré a Luzbel que aún rumiaba idioteces sobre traiciones imperiales, e hice que dos portadores de la palabra me trajeran al prisionero…
Un Votann.
Pequeño, cabezón, con más terquedad que seso. Otosclerosis lo observó con interés, y con una “sutileza” digna de un matadero, lo interrogó. El hedor hizo el resto. Antes de que su rostro se fundiera en papilla verdosa, el enano masculló dos palabras entre toses sangrientas: “Amothek… Segador…”. El heraldo parpadeó —si es que puede llamarse parpadeo al arrastre viscoso de dos párpados ulcerados— y hojeó su cuaderno lleno de moho y carne seca. Segundo encuentro… con el mal metálico. Distintos… separados… uno con los enanos del sur, otro avanzando desde el norte. Nada similares. ¿Dos dinastías? ¿Dos fines? Interesante, musitó mientras chasqueaba la lengua —y unas moscas nacieron del sonido.
Mis carnes se agitaron. Esto no era una coincidencia. Ya era el segundo encuentro con el mal metálico. No… ¡no! ¡ESTOY SEGURO! Son dos, sí… dos fuerzas necronas… distintas… en extremos opuestos del Guantelete. ¿Acaso no lo ven? Los jardines no florecen igual. Hay patrones. Hay un orden… una disonancia.
El Padre no está solo en Ferrum… hay otros sembradores… pero no de vida… sino de vacío.
Con un gesto de mi garra hinchada mandé callar a Luzbel. Los Artificieros hicieron volar el pylón en pedazos con cánticos de ignición hereje. Útiles, estos mortales.
Respiré hondo. O lo más hondo que alguien con siete pulmones necrosados puede.
Esto tengo que contárselo a Él… Sí... a ÉL... al Príncipe… al verdadero artífice. Porque esto, esto es más que guerra. Esto es… el florecer del Final.

No hay comentarios:
Publicar un comentario