Cassior Thravian, capítulo II: Caminando entre cenizas
No fue una derrota. No existe tal cosa para los Guardianes del Trono. El Guantelete ha caído. No pudimos defenderlo. No contra Nurgle. Recuerdo cada golpe. Cada embestida hedionda de la Guardia de la Muerte. La forma en que la podredumbre parecía reír mientras corrompía incluso el aire. Luchamos como el oro contra la herrumbre. Éramos la voluntad viviente del Emperador. Y aún así, no bastó. No fue el número lo que nos doblegó. Fue la imprevisibilidad. La asquerosa genialidad con la que los siervos de Nurgle tejieron su ofensiva. Caos con propósito. Asco con dirección. Cada enjambre putrefacto parecía anticipar nuestros movimientos. Cada golpe de nuestras lanzas era absorbido por carne que no conoce el miedo ni la fatiga. Los exterminadores, implacables, avanzaban lentos pero firmes, imparables. Perdí, hermanos. Muchos de los nuestros han sido heridos. Algunos se recuperan ya, otros no lo harán nunca. Yo mismo fui arrojado contra las ruinas de una fortaleza profanada, y la sangre que brotó de mi fue roja. Roja, como la de un simple mortal. Era una trampa perfecta, tejida por un enjambre de drones y marines de Nurgle. Y entonces, el polvo se asentó y los últimos disparos se ahogaron en la distancia. Habíamos fracasado. El Guantelete, aquel puente estratégico que unía la zona inferior de Ferrum con el núcleo de la colmena, era ahora una herida abierta, supurando corrupción hacia las entrañas del planeta. Y así me enfrenté a la más amarga de las decisiones: Buscar... ayuda. Los Custodes no imploran. No negocian. No confían. Acusados de masacrar a la guardia de Templarios Negros de Dominicus. Sin juicio. Sin pruebas firmes. Solo la sombra del error, proyectada por los que temen la furia que sangra de Baal. Pero yo vi el informe. Lo leí entre las sombras del Archivo de Exculpación. Vi las inconsistencias. Las manipulaciones. Y ahora, entre las ruinas ardientes de Ferrum, necesito guerreros. No santos. No mártires. Soldados que no teman hundirse en el lodo para rescatar al Imperio de su propia descomposición. Así que camino. Camino solo, entre la ceniza, hacia las coordenadas donde se dice que Raldeo Seth y sus exiliados se ocultan. Y cuando los encuentre, no vestiré la arrogancia de Terra. Iré como lo que ahora soy: un guerrero que ha probado el sabor del límite. Ellos me mirarán como símbolo de todo aquello que los abandonó.
Fue... una interrupción. Un respiro forzado. Una grieta en el mármol del deber.
Y sin embargo, los nombres llegaron a mí como un eco de vergüenza enterrada: Raldeo Seth y los Ángeles Sangrientos. Los desterrados.
Y aún así, les extenderé la mano.
Porque incluso la luz del Emperador necesita, a veces, brillar a través del polvo de los caídos.
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