La Traición - Emboscada de la Sombra
Tenía miedo.
Lo admito.
El enfrentamiento contra las fuerzas de Pandemius era un riesgo innecesario… pero el Príncipe de las Sombras, su espectro entre los velos, me aterraba aún más. El palafrenero de La Entidad. Una sombra sobre otra sombra.
Nurgle atacando a los suyos… absurdo, ¿no? Y sin embargo en esa ironía se escondía la treta. Pandemius jamás sospecharía de un encuentro “administrativo” entre él y nosotros, los Jardineros. Había llegado confiado, pensando que su pomposa retórica bastaría para doblegar cualquier disidencia.
Pero yo veía más allá del glamour. Más allá del humo ilusorio de Be’lakor, más allá de las artes envenenadas de El Testigo. Cada mirada, cada sonrisa de esos demonios disfrazados de todos los panteones… traidores a sus dioses. Y yo también. Ironía tras ironía. Yo, que solo quería cultivar el jardín, expandirlo, nutrirlo con la carne podrida de mundos en ruina… ahora condenado a conspirar con las sombras porque la ineptitud de Pandemius y la grotesca estupidez de Diarreicus me habían empujado a apartarme del Camino del Padre.
Una fanfarria sucia, como aguas fecales corriendo por grietas podridas, me anunció su llegada. Sus pasos resonaban, arrogantes, sobre la tierra muerta del páramo. Pandemius no vio los sellos de captura bajo sus pies. No sospechó las sombras que lo acechaban.
Cuando su risa tronó, el engaño se quebró.
El mundo se partió.
Be’lakor emergió de la nada, apuntándole con su espada mientras la lamía como un amante insaciable. Pandemius apenas tuvo tiempo de abrir los ojos con sorpresa antes de desgarrar el aire y huir, teletransportándose fuera de su alcance. Pero sus huestes no corrieron la misma suerte.
Entonces comenzó el asedio.
La miasma purulenta de los siervos de Pandemius chocó contra el circo dantesco de Be’lakor: diablillas de Slaanesh riendo entre vísceras, engendros de Tzeentch que giraban como espirales imposibles, ingenios demoníacos estallando en fuego y sangre. Un espectáculo que hacía palidecer incluso la letalidad de la Guardia de la Muerte.
Vi cómo, uno tras otro, los seguidores de Pandemius eran aislados, atrapados, devorados. Y entre todo ese horror, lo vi.
Be’lakor hundió su espada en Pandemius. Lo desmaterializó con una sola estocada. Su grito, purulento y saturado de odio, aún vibra en mis noches de siembra.
Y entonces ocurrió lo más insólito. Un hombre. Un pequeño marine abotargado, enloquecido, cargó contra el Príncipe de las Sombras. ¡Un mortal contra Be’lakor! La sombra misma pareció sorprenderse, incluso sufrir heridas, antes de tragarse a ese insensato y devorarlo en la oscuridad.
El campo quedó en silencio.
Be’lakor se volvió hacia mí.
Sonrió. Me señaló.
Y me guiñó el ojo.
No fue un “bien hecho”. Fue un “tú eres el siguiente”.
Y en ese instante sentí cómo mi espina dorsal ponzoñosa se congelaba.
Resignado, ordené a mis hombres comenzar la fase de poda. Abonamos los campos con los cadáveres, como siempre. Una lágrima seca y lechosa cayó de mi ojo marchito. Allí, donde Pandemius había caído, brotó un enorme árbol podrido, un tótem del Padre.
Y yo, Otoesclerosis, me pregunté:
¿Cómo he llegado hasta aquí?
¿Cómo he acabado sembrando jardines con las sombras mismas del Infierno?

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