El Auditor Silencioso.
La guerra no llega a Ferrum como un trueno, sino como un cáncer. Silenciosa al principio. Irremediable después. Tras la octava campanada llegó el silencio. La colmena agoniza. Bajo sus torres herrumbrosas y sus plataformas fracturadas, el estruendo de los motores del Viento de Miasma resonaba como una campana fúnebre. A bordo, los Pestilentes de Throg aguardaban en silencio, apretando sus armas saturadas de pus y corrupción. Frente a ellos, el humo del campo de batalla apenas lograba oscurecer las siluetas toscas de la horda orka que se extendía más allá de los corredores oxidados y los pasillos derrumbados del sector industrial. Con una sacudida violenta, el Land Raider frenó y abrió sus compuertas. Throg, el Purificado, descendió el primero. Las runas empapadas en fluidos corruptos que adornaban su servoarmadura palpitaban con una luz antinatural. Sin necesidad de palabras, los suyos lo siguieron, barriendo la zona con precisión meticulosa. Era un acto sagrado. Un ritual de ocupación. El primer punto estratégico fue consumado con la solemnidad de una plegaria enferma al Gran Padre. Desde lo alto, el Viento de Miasma giró sus torretas hacia un grupo de Nobles Goff atrincherados en unas ruinas cercanas. Sus cuerpos deformes se agitaban con impaciencia, sus rugidos eran tan gruesos como el acero de sus hachas. Pero su desafío fue breve. Los disparos de los cañones láser impactaron con precisión quirúrgica. La estructura tembló. Fragmentos de orco, armadura y piedra saltaron al aire. Donde hubo gritos, solo quedó silencio. La peste avanzaba. En lo alto del horizonte roto, una nueva sombra cayó sobre Ferrum. Shu’magg Tul, el Purulento, titánico, inmundo, eterno. La Gran Inmundicia de Nurgle se abrió paso entre los restos carbonizados de una subestación derrumbada, escupiendo blasfemias como salmos y vomitando una niebla densa que cubría sus pisadas. A su lado, descendió una figura mucho más silenciosa, pero infinitamente más temida: Azrak, el Inquisidor Pestilente. Azrak caminó hasta el Viento de Miasma, su armadura saturada de incienso pútrido y su báculo emitiendo pulsos de energía profana. Sin dirigir una mirada a sus subordinados, se montó en el vehículo y asumió el mando, como si lo hubiera hecho incontables veces antes. Desde esa posición, señaló los cielos y las ruinas con gestos breves. Las tropas se movieron como engranajes podridos en una máquina decrépita, obedeciendo su voluntad absoluta. Shu’magg Tul no esperó órdenes. Cargó hacia un Noble Goff solitario que quedaba en pie, una bestia recia de mandíbula acorazada que se negaba a retroceder. La colisión fue un festín de hueso y sangre. El noble orko fue pulverizado en un mar de vísceras. El segundo punto fue reclamado y purificado con llamas pestilentes, mientras una marea de baba ácida devoraba la insignia enemiga. Los Pestilentes de Throg, avanzando hacia el siguiente objetivo, recibieron fuego de apoyo del Viento de Miasma. Su avance fue lento, inexorable, acompañado por salmos rascados desde gargantas en carne viva. Pero justo cuando el punto estratégico había sido asegurado y corrompido, los Lataz Azezinaz de los orkos irrumpieron con el rugido de los motores de guerra. Las máquinas se abalanzaron sobre los marines como perros rabiosos. El choque fue brutal. Las cuchillas de los latas cortaron a través de la podredumbre, derribando temporalmente a los portadores de plaga. Azrak no pronunció palabra. Solo giró sus ojos sin párpados hacia el humo del norte. Allí, entre los cascotes de un silo derruido, comenzaron a llegar nuevos refuerzos. Los Hijos de la Tercera Plaga, encorvados y envueltos en brumas de enfermedad, se desplegaron como un cáncer que regresa tras la operación. Junto a ellos, los Despojos de Azrak se deslizaban por los restos de un monorraíl, sus cuerpos fusionados con el óxido, sus ojos vacíos mirando el horizonte con ansias de corrupción. Y entonces, como un trueno sordo, Los Tres Hermanos descendieron del cielo. Los drones de plaga aterrizaron cerca de Orkenheimer, el imponente kaudillo orko que custodiaba el último punto vital para su ofensiva. Antes de que el líder orko pudiera reaccionar, las esporas corrosivas de los drones ya habían cubierto la zona, nublando la visión y disolviendo las defensas. El punto fue reclamado por la podredumbre, y el kaudillo desapareció entre la niebla como un recuerdo de violencia sofocada por un mal más antiguo. En la retaguardia del contingente orko, los Portadores de Plaga se hicieron con el último objetivo, estableciendo un círculo ritual alrededor del mismo. Su victoria no fue celebrada. Solo aceptada, como se acepta una infección cuando ya es demasiado tarde. El enemigo había sido repelido. No por velocidad. No por astucia. Sino por constancia. Por fe enferma. Por una voluntad imposible de extinguir. Y mientras las ruinas humeaban, y los últimos estertores orkos se disolvían en los vapores de corrupción, Azrak descendió del Viento de Miasma y caminó hacia el campo sembrado de cadáveres. No dijo nada. Solo tomó nota. La auditoría había comenzado.
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