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Muerte en las calles - Ciclo 1

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Los siervos del Padre de la Plaga brotaron como una plaga sin fin. Nubes de miasma cubrieron la atmósfera, y el suelo, antaño férreo como obsidiana, se deformó en llagas supurantes.

Imhurek, el Velo del Ocaso, observaba el avance enemigo desde el corazón de una falange de Necroguardias Lahuzar. Sus guerreros, armados con filosas guadañas hiperfásicas, marchaban en perfecta sincronía, sus ojos verdes fijos en el horizonte de podredumbre. No había gritos ni tambores de guerra. Solo el eco metálico de pasos implacables.

La primera amenaza surgió como un rugido mecánico: una máquina demoníaca de Nurgle, una amalgama de hierro herrumbroso y carne ulcerada, cargó contra el flanco derecho. Sus patas de insecto oxidado trituraban el terreno mientras lanzaba proyectiles de pus hirviente. La falange no se dispersó; Imhurek levantó su guadaña y marcó el objetivo. En un único movimiento coordinado, las hojas hiperfásicas atravesaron juntas la criatura, cortando juntas y vísceras. Un estallido de óxido y bilis corrosiva marcó su final, mientras la formación continuaba avanzando como si nada hubiera ocurrido.

Pero la corrupción no había mostrado aún su campeón. Desde el portal, el aire se volvió denso y fétido. Entre carcajadas guturales, un Gran Inmundicia se alzó, al menos tres veces más alto que cualquier Necrón. Su masa hinchada goteaba pestilencia, y de su vientre abierto colgaban intestinos que se agitaban como tentáculos vivos. Cada paso que daba convertía el suelo en lodo infeccioso.

La monstruosidad cargó contra la falange, y por primera vez en milenios, los Necroguardias se vieron empujados hacia atrás. Uno tras otro, demonios menores brotaron de la carne podrida del coloso, intentando rodear a Imhurek. Pero el Señor Supremo, sin una sola palabra, giró su guadaña en amplios arcos verdes que evaporaban carne y esencia demoníaca al contacto.

El Gran Inmundicia trató de aplastarlo con su panza pestilente, pero Imhurek esquivó con precisión imposible para un ser de su tamaño y clavó la hoja hiperfásica en el cuello hinchado del demonio. Con un segundo corte, lo decapitó, liberando una nube de miasma tan corrosiva que habría matado a cualquier ser vivo. La falange permaneció firme, cubierta por el fulgor protector de los campos de energía Lahuzar.

En menos de una hora, el campo quedó en silencio. El portal pestilente se cerró con un gemido agónico, y los restos demoníacos se evaporaron. Las filas Necron permanecían casi intactas, alineadas bajo el cielo sin vida.

Imhurek giró su mirada hacia el horizonte estéril y, con voz de eco sepulcral, pronunció:

—El mundo está limpio. La noche avanza.

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